La faena de lo-lo-lo-lo-lo-lo...

Algo pasa en Zahariche que escapa del control de los hermanos Miura. Algo inaprensible e incomprensible, porque a ver cómo se explica que unos toros de tan emblemático hierro lleven ya dos rapapolvos consecutivos en Plazas no menos emblemáticas, como Madrid y Pamplona. Ayer, de buena mañana, salían los toros de Miura hermanados, apiñados contra la cansina autoridad del cabestraje y raudos como centellas, para hacer el recorrido Santo Domingo-Avenida de Hemingway de Pamplona como si hicieran en el metro de la capital del Reino el trayecto Manuel Becerra-Ventas: en un plis-plas; y sin embargo, al cabo de diez horas mal contadas, salieron al ruedo de la Monumental pamplonesa y daba grima ver cómo  aquellas centellas cornudas que mantenían alta la gaita y dura la pezuña por la angostura de Estafeta se iban al suelo sin contemplaciones. Era, desde luego, un cuadro surralista, como si descubriéramos de pronto que los cíclopes mitológicos de las viejas leyendas no eran sino meros comparsas de los gigantes y cabezudos que desfilan durante las fiestas sanfermineras por las calles de la capital navarra: estaban hechos de cartón piedra.

 

Lo cierto es que Pamplona en julio --como Sevilla, en abril-- tiene a gala cerrar su ciclo de toros de julio con la clásica de Miura. Una corrida de toros esperada por la afición como agua de mayo, ya que estamos manejando meses del calendario. Llegan los miuras a Pamplona, y se está hablando del tema desde que se encierran los toros en los corrales hasta que se abre el portón de chiqueros.

 

Sale el primero y pronto se vio que le temblaban los cuartos traseros, como el remate acaramelado de un flan; sale el segundo y también le temblequean las patas; el tercero es un inválido con pinta de vaca vieja: barrigudo, de pitones largos y acapachados, hocico afilado y derrengado del todo; el cuarto es un tren rabilargo que manifiesta su invalidez sin ningún rubor y se defiende a cabezazos; el quinto ya promete mayor movilidad, aunque repone terreno con arteras mañas y pone en serios aprietos al torero. Y, por fin, el sexto: este sí que mantuvo en alto el pabellón miurista. Fue un toro paliabierto, que empujó en varas y embistió con nobleza en todos los tercios, aunque le ayudó lo suyo una muleta templada y un torero que sabe lo que se trae entre manos.

 

A tenor de lo dicho, y habida cuenta de que en la tarde se cortaron ¡cuatro orejas!, a ver quien le lleva la contraria al ganadero si, de pronto, alguien le pregunta por su corrida y contesta: le han cortado cuatro orejas, pero pudieron ser cinco. Y no le faltará razón. Es lo malo que tiene lo que en lenguaje financiero se llama cuenta de resultados, que puede llevar a equívocos si no se le  abre un pequeño margen a la reflexión.

 

Cuatro orejas de los toros de Miura pasearon ayer por el ruedo de Pamplona los toreros, sí, señor. Dos (una y una) Rafaelillo, y una por coleta Javier Castaño y Rubén Pinar. Este es un dato incuestionable. Otra cosa son las circunstancias que propiciaron tal cortaduría.

 

Y no es que se quiera quitar mérito a la labor de los toreros, líbreme Dios. Pero habrá que consignar que la primera oreja la consiguió Rafael Rubio, Rafaelillo,  por un confiado y afanoso trasteo al primer toro de la tarde, en el que, entre la larga de rodillas y los alardes finales con desplantes y tal, intercaló muletazos de corto trazo, ejecutados con rabiosa voluntad de triunfo. Le pegó un estoconazo que tiró sin puntilla y la oreja se veía venir… y vino. En este marco y en este ambiente, la cosa se comprende. Se comprende menos lo del cuarto, el torazo rabilargo que pegaba cabezazos a diestro y siniestro (especialmente a la muleta y después a quien la manejaba), ante el cual el valeroso Rafael no volvió jamás la cara, ni siquiera después de una espectacular voltereta, que le dejó desmanganillado. Pinchazo y estocada. Empiezan a asomar pañuelos. Rafaelillo estimula con gestos la petición… y cae la oreja del hilo que la protegía. Total, Puerta Grande. A ver quién es el guapo que trata de desmerecer el toma y daca que mantuvo este torero ante dos grandones toros de Miura en el ruedo de Pamplona y le duele todo el cuerpo por el palizón recibido. A ver, que levante  la mano…

 

Ahora entra en liza Javier Castaño y se encuentra con otro toro muy flojito, pero de buena voluntad y noble, que se arranca de largo y permite algunas tandas de naturales de correcto trazo, si bien muy pronto comienza a defenderse porque le cuesta un mundo mantener una continuidad en la embestida. No puede con su alma. Meritoria, la labor de Javier, rematada con una estocada que tira al miura sin puntilla. ¿Otra oreja? Sí, señor, otra.  Y otra más pudo llevarse del quinto, un cinqueño de generosa cuerna que empezó moviéndose en los primeros tercios, lo cual incitó a Castaño a pedir una silla y empezar la faena apoyando las nalgas en su asiento de anea. Aquello sorprendió al personal, aunque no a todo, porque aquí ya lo realizaba el navarro de Cintruénigo Sergio Sánchez, y con bastante más éxito que el bueno de Javier. A este toro le pegaron fuerte en varas y se tragó el referido comienzo de faena, pero la silla quedó en el ruedo durante un trasteo en el que destacamos un par de series con la mano derecha aceptables. Y poco más, porque el miura comenzó a medir distancias para echarse carne sobre los lomos, cosa que afortunadamente, no logró. Pinchó Castaño, antes de lograr la estocada y no descabelló al toro hasta el quinto intento. Se esfumó la oreja (la hubiera cortado, no lo duden) y le enviaron un aviso, antes de saludar una ovación.

 

Lo mejor, con diferencia, de la tarde, tiene como protagonista a Rubén Pinar: También es cierto que le correspondió el mejor toro de la corrida, un toro colorado, paliabierto y bravo, que tomó un largo primer puyazo, empujando con fijeza y fue el único que tuvo fuerza para embestir  hasta el final de su lidia;  pero de las manos y las muñecas de este diestro albaceteño, de Tobarra,  surgieron los pasajes más toreros, más templados  y más rítmicos del festejo. Toreó Pinar con una pulcritud exquisita y con una envidiable clarividencia para aprovechar las buenas arrancadas del animal. Faena larga, con momentos de toreo de alta calidad, que fue coreada --¡asómbrense!—con una largo lo-lo-lo-lo-lo-lo… futbolero y una ola humana, en la que acabaron participando todos los tendidos de la Plaza. Ver a Pinar citando con la muleta en la mano izquierda, oías el lo-lo-lo-lo-lo-lo…de fondo y a la gente levantándose  de sus asientos, brazos en alto, haciendo la ola, y se te caía el alma a los pies. Se tiró el torero a matar con rectitud y fe absoluta, clavó una estocada arriba y solo empezaron a aparecer tímidamente algunos pañuelos, hasta que un amplio sector del público se percató de la injusticia y consiguió que el presidente le concediera un trofeo. ¿Uno solo? Pues, sí, uno. No hay comparanza posible con otras orejas.

 

Cuatro orejas, cuatro. Y pudieron ser cinco. O más. Si los ganaderos utilizan este argumento para soslayar la invalidez –en todos los sentidos—de la mayoría de los toros de su hierro que ayer se lidiaron en el ruedo pamplonés, otorgarán veracidad a ese refrán castellano que dice: un grano, no hace granero, pero ayuda al compañero. O lo que es lo mismo: un toro no puede salvar el fracaso del resto de la corrida, pero ayuda  a paliar el desastre de sus hermanos. Esto es algo consuetudinario entre los ganaderos de reses bravas.

 

Y menos mal que se logró ese último trofeo, porque si a Rubén Pinar le llega a tocar en suerte --¿suerte?—otro pájaro como el tercero, que pegaba camballadas y soltaba tornillazos al tun-tun, se va de la feria de San Fermín con la derrota a cuestas, y sus compañeros felices y triunfantes. Y no hubiera sido justo. Como tampoco lo fue el ambiente en que se desarrolló la única labor artística de la tarde. La faena del lo-lo-lo-lo-lo-lo… que se tragó la ola, casi deja sin premio a lo mejor de la tarde. Estas cosas solo pueden ocurrir en Pamplona.