En Pamplona, las orejas de los toros penden de un hilo

Cuando el reloj empezaba a tomar la ruta de las nueve de la tardenoche, y los toreros López Simón y Ginés Marín fueron izados a hombros y sacados al enésimo estruendo de las calles de Pamplona, se me acerca un aficionado pamplonés para confidenciarme: la mejor de la feria, ¡cinco orejas!

 

Según y cómo. Las orejas de los toros de lidia, también tienen denominación de origen. Como los propios toros. El llamado toro de Pamplona, que desde el año 59 del pasado siglo da nombre a la celebérrima feria de San Fermín, trae hasta esta vieja ciudad fortificada una peculiaridad anatómica que los distingue de los que, con el mismo marchamo, viajan a otros puntos de nuestra geografía taurina: sus orejas llevan pendiente, pero un pendiente especial que no cuelga del lóbulo del cartílago, sino al revés; es la oreja la que pende del feble soporte de un hilo. Así, pues, a nada que se les zarandee en la Plaza durante el transcurso de la lidia, ¡zas!, la oreja cae por su propio peso.

 

No hace falta, pues, cuajar faenas antológicas ni volapiés soberanos –que también se da el caso, afortunadamnete-- para que la oreja se desprenda bajo el zodete del cuerno del toro y vaya a caer, a su vez, en manos del torero de turno. Basta con que el hombre el chispeante sepa la forma de llamar la atención del público de toros más heterogéneo, más explosivo y más generoso del mundo. Algunos toreros lo saben bien. Vienen a torear a Pamplona un toro de gran trapío –este año, no tanto--, pero también un toro que trae sus orejas a punto de caramelo, de esa golosina especial que se cuece en el horno de su ruedo a base de rodillazos, desplantes y gestos machunos varios. Esa es, digamos, la madre del dulce. Después se le pueden añadir verónicas de alhelí, naturales armoniosos y remates primorosos, incluso  estocadas en la yema de la más pura ortodoxia. Todo cuenta; pero, desengañémonos, aquí, en Pamplona, si todo eso no lo envuelve el punto sabrosón de la algarabía, cuenta menos.

 

Decía que algunos toreros lo saben bien; incluso hay especialistas en este público, ídolos creados y arropados por el benéfico manto del peñismo. Sea como fuere,  lo cierto es que, de unos años para acá --quizá desde Ordóñez y El Viti en adelante--, las orejas en Pamplona se las llevan los fogosos arriscados, más que los artistas.

 

Ayer, en efecto, se cortaron cinco orejas. Y pudieron ser siete, si Ginés Marín no se eterniza con la espada, pinchando más de la cuenta. Hubieran sido estas, las del tercer toro de la corrida, las más formales, justas y cabales de toda la feria. Era un toro de Victoriano del Río, primero del lote de Ginés, el único ligerito de carnes de la corrida que envió a Pamplona el ganadero madrileño, toda ella cinqueña. Toro cornipaso de cuerna, al que saludo el joven torero, nuevo en esta Plaza, con elegantes verónicas. Nuevo, pero no lego en la cuestión de darle gusto al personal que abarrota los tendidos, por tanto, se aplicó en seguida al piadoso ejercicio de torear de rodillas, y así comenzó la faena, entre el general regocijo. Después, se asoció perfectamente con la embestida del animal, aprovechando su noble bravura y la fijeza de su recorrido para prenderlo en los vuelos de la muleta e ir tejiendo series en redondo de plástica composición, a más de un par de tandas de naturales de trazo curvilíneo que fueron una preciosidad. Gustó a la gente este toreo, pero no despertó el entusiasmo que su autor esperaba, así que volvió a arrodillarse para torear por naturales y… ahora sí, ahora las palmas echaban humo, como decían las crónicas de antaño. Pena que pinchara malamente hasta en tres ocasiones, porque en el momento de montar la espada por primera vez el hilo del que pendían las orejas el toro estaba a punto de romperse. No obstante, Ginés dio una muy aplaudida y musicada vuelta al ruedo.

 

La apoteosis llegó en el sexto, un toro grande que se fue del tercio de varas sin apenas castigo, por apuntar cierta flojedad. Le faltó al toro raza y codicia, pero le sobraron al torero garbo y torería para aprovechar hasta el último hálito del animal. Faena larga, bien estructurada, medida y pausada, donde sobresalieron, otra vez, los pases naturales. Este Marín –¡qué apellido torero más navarro!—oriundo de Jerez de la Frontera y recriado en Extremadura, torea al natural como los ángeles, pero sabía que el triunfo gordo dependía de la eficacia de su espada y se volcó sobre el morrillo, envasando en él una estocada hasta la taza. Dos orejas, naturalmente. A estas horas, estará eligiendo el vestido que lucirá por la tarde, porque torea de nuevo en Pamplona, sustituyendo a Roca Rey.

 

Hubo otro torero que salió también en hombros de la Plaza: López Simón. Salió en hombros, pero por otras circunstancias. Principalmente, porque hubo de enfrentarse a un toro viejo y fiero, uno de los tres que don Victoriano (éste con el hierro de Cortés) trajo a Pamplona con el carné de su lidia a punto de caducar. Le faltaba apenas un mes para cumplir la edad tope de seis años. Toro, por otra parte, de precioso pelaje (castaño bragado, axiblanco y gargantillo), que se arrancó como un tren a la mole de picar que coronaba Tito Sandoval, derribando con estrépito a caballo y caballero. Después empujó con poder y bravura en el peto, llegando al tercio final con pujante embestida. Con él, Alberto López Simón mantuvo una pugna emocionante, hasta que el toro se sintió vencido por la fatigante lidia y, también, por el atosigamiento del torero, que exhibió esa hambruna de triunfo, tan habitual en él. Se tiró a matar o morir, y sufrió un volteretón espeluznante, del cual el torero pareció salir malherido, a juzgar por la expresión del rostro y su vacilante verticalidad. Se deshizo del los brazos de quienes querían llevarlo a la enfermería, y pronto se vio que estaba prácticamente ileso del percance. Cayó la oreja de su hilo. Una oreja es, a veces, el mejor lenitivo para los toreros.

 

Y cayó otra del quinto, un toro con el hierro de la ganadería titular que fue ancho (de sienes), alto (de cruz) y largo (de lomo), se fue suelto del primer puyazo y embistió anodino y mansurrón, dejándose torear sin emoción alguna. López Simón se mostró afanoso, espigando en su repertorio el método a emplear para  obtener un segundo trofeo y, por ende, la apertura de la Puerta Grande. Ciertamente, lo veíamos casi imposible, pero, amigos, en esta Plaza anida muy en el fondo de su permanente algarada, un poso de ternura, y, digo yo, que esa sería la razón por la cual, después de una estocada tendida y desprendida, cayó una nueva oreja en el esportón del torero, y con ella, López dio una vuelta al ruedo gratificado, emocionado y agradecido.

 

Para Sebastián Castella la moneda de la fortuna cayó de cara en el toro que abrió el festejo, un enrazado y bravo victoriano, al que apenas sangraron en varas, con las que el monsieur de la France taurine estuvo francamente magnífico. Castella construyó una bella faena, abierta con estatuarios solemnes y proseguida con series en redondo, a derechas e izquierdas. Faena de alto y caro contenido, que, como es habitual, no tuvo el calado que merecía. Estocada trasera y oreja cabal. De las que no penden de un hilo, sino que dependen de la calidad de la obra ejecutada.

 

Lo del cuarto fue otro cantar. Un cantar desafinado, como alguno de los cánticos que a diario provienen del tendido, por las adversas condiciones del toro, malo donde los haya. Tremendo de presencia, con una percha astifina y desaforada y los seis años a punto de caer. Toro mentiroso que pareció apuntar cierta docilidad, pero no era suni un ardid que ocultaba las zunas acumuladas en su dilatada existencia. Se hacía el distraído, embistiendo a empellones y poniendo en serios aprietos al torero, cada vez que pasaba por delante de sus muslos. Al final, se rajó descaradamente y Castella acabó recibiendo dos avisos, porque el toro era un tunante y sabía que le iban a dar para el pelo en cualquier momento. No se fue a los corrales de milagro. ¡Menudo pájaro!

 

Salimos a la calle y, después de que el aficionado aquél nos transmitiera su gozo por las cinco orejas, ¡cinco!, que se habían cortado en la corrida, echamos una ojeada a la bocana de la Puerta Grande, por la que por la mañana entran los toros y los mozos que corren en el encierro y por la tarde salen los toreros que triunfan en el ruedo. Salían en volandas López Simón y Ginés Marín, pero sus semblantes eran diferentes, como diferentes fueron los hilos que cedieron para entregarles las orejas que cortaron. Los toreros no son tontos.