¡Ay, las espadas de Roca Rey!...

Lo que no puede ser es hacerse inquilino del hule cada dos por tres. Lo que no puede ser es acostumbrar a los públicos a contemplar la estampa de esa procesión presurosa, nerviosamente dinámica, de llevar a un torero herido camino de la puerta chica enfermería, cuando lo que pretende el susodicho herido –y méritos le sobran para ello—es salir en hombros por la Puerta Grande. Y,  para remate, lo que no puede ser es que se salga de una para entrar en otra por culpa de la fragilidad de una espada, que no del espadachín.

 

Ayer, reaparecía en Pamplona, Andrés Roca Rey, procedente de la enfermería de la Plaza de Badajoz, donde hacía dieciocho días que fue herido de bastante consideración, al entrar a matar al sexto toro de la corrida. Con solo enchufar la moviola de ambas tardes, se puede apreciar que el argumento, nudo y desenlace de la obra que protagoniza el torero peruano es la misma: cuadra al último toro de la corrida para entrar a matar, entra a volapié, se parte el acero del estoque a medio clavar y cae de bruces sobre los pitones del animal, que lo voltea y cornea a placer. La misma película en dos escenarios diferentes. Otra vez al hule, por culpa de un estoque que se rompe. ¿Pero, dónde se ha visto eso?

 

El caso es que la tarde tuvo fases de alto interés, especialmente, antes, durante y después de la lidia del tercer toro de la corrida. Fue éste un jandilla bravo y encastado, ante el que Roca Rey se echó al capote a la espalda para saludar su presencia en el ruedo y, después del segundo puyazo –tremendo, por cierto—bordarle un quite por ajustadas caleserinas y aditamentos varios del surtido y florido toreo capotero de allende la mar. Comenzó la faena de rodillas, pero no con trapazos aguerridos, sino con  muletazos acompasados y templados, ciñéndose con el toro una barbaridad. Ya de pie, Roca demostró que sabe torear con relajada compostura, corriendo la mano con la figura erguida en dos series en redondo jaleadas… todo lo que se puede jalear en una Plaza que es un fragor indescifrable. Sobresalió, sobre todo, una soberbia serie de pases naturales limpios, largos, templados y ajustados, rematados con un magnífico pase de pecho. Después vinieron los alardes de dosantinas, luqesinas (¿se dice así, Daniel Luque?), arrucinas y demás inas que con tanto desparpajo –y tanto riesgo—ejecuta este joven torero, con todo lo cual, había puesto la Plaza literalmente del revés. Tenía las dos orejas a punto de caramelo, pero pinchó antes de la estocada de tardío efecto, por lo cual sonó un aviso y el premio se redujo a un solo trofeo. Las espadas, como diría el tópico tan usado en casos como éste, estaban en alto. ¡Ay, las espadas de Roca Rey!

 

Salió el sexto toro, un jabonero grandón, pero de armónicas hechuras, cinqueño, alto de cruz y de bien conformada arboladura, con sus casi seiscientos quilos a cuestas que pareció mostrar cierta debilidad en los primeros escarceos de la lidia, motivo por el cual se le midió extremadamente en varas: dos puyazos, de cordaje metido, pero sin apretar. Suficiente para que llegara con buen tranco al quite de R.R., que lo tomó por saltilleras de toma por aquí, pero se la cambio por allí. De infarto. En la muleta, el jabonero manifestó  un áspero carácter, defendiéndose a la salida de los muletazos, pero ello no fue cortapisa para que Roca se enrocara con él en una faena de riesgo permanente, apretándose en los pases al corpachón del animal y no cediendo ni un milímetro cuadrado de terreno. Faena de mérito, de mostrar su clara intención de dejar huella en esta feria de San Fermín, con pasajes de alto voltaje, por la incertidumbre que presentaba la embestida del toro. Llegó la hora final, la de la verdad, la que certifica la obra bien hecha con la firma y rúbrica del acero y… más de lo mismo. Otra vez salta por los aires la hoja del estoque, quedando la empuñadura y un cuarto de espada brillando en la arena y el resto envasado en el cuerpo del geniudo jandilla, mientras el torero se zambullía sin querer en la cuna del animal, siendo volteado, derribado y corneado a placer. Otra vez al hule. Lo de menos es que el público pidiera y obtuviera la oreja del toro para el torero, lo importante y lo insólito es el tropezón dos veces seguidas en la misma piedra. Alguien debería haber averiguado el por qué de la extraña fragilidad que presenta el arma mortífera que maneja el torero que es máxima novedad y atractivo primero en los carteles de esta temporada. ¡Ay, las espadas de Roca Rey!           

 

Antes de todo esto, Cayetano se había apoderado del abigarrado ambiente pamplonica, con una actuación tan inteligente como entregada. Supo leer perfectamente los gustos del sector dominante del público de esta Plaza, y se puso de rodillas  para cambiar la embestida del toro colorado con el que debutaba en Pamplona (debutar con cuarenta tacos tiene su aquél) y torear después a la verónica con suavidad y buen juego de brazos, metiéndose al personal jaranero y al más conspicuo en el bolsillo con un comienzo de faena, también arrodillado. Fue este toro el más terciadito de la corrida de Borja Domecq, pero fue bravo, empujó de lo lindo en varas y llegó a la muleta pidiendo guerra. Se sucedieron las series a derecha e izquierda, con reposo y templanza, especialmente una tanda de naturales sencillamente magnífica. Después de los circulares finales, más desafinados, por cierto, e interpretando perfectamente las querencias del animal, terminó por llevárselo a los medios y recetar una estocada hasta la mano que desató el delirio en los tendidos. ¿Dos orejas? En ello estaba el público, que agitaba frenéticamente los pañuelos rojos y blancos pero la tardanza en doblar del toro debió enfriar el ánimo del presidente (del asesor, más bien) y Cayetano solo paseó una oreja, con abrumadora petición de la segunda.  Quiso rematar su exitoso debut en Pamplona en el quinto toro, un bravo y noble jandilla,  tirando de repertorio más refinado, más pulcro, menos rodillero, y desde los lances con pretendido acento ordoñista hasta las series  muleteras por ambos pitones tuvieron, digamos, tanta corrección como ausencia de ajuste. Dióse cuenta Cayetano de que este menú no apetecía demasiado al cónclave que se había medido entre pecho y espalda una pantagruélica merienda, y volvió a echar las rodillas al suelo, terminando por tirar los trastos y dar la espalda a la noble cara del animal. O sea, que empezó en Ordóñez y terminó en Litri. No obstante, y a pesar de que la espada entró solo la mitad y muy tendida, precisando el uso del verduguillo hasta en dos ocasiones y de que sonara un aviso, el gentío exigió al presidente que se le concediera la oreja…  que le negara en el toro anterior. A tenor de lo expuesto, puede decirse que Cayetano cayó de pie en Pamplona. Buen debut.  Nunca es tarde...

 

El toro que abrió la corrida llevaba el hierro de Vegahermosa, que es la otra ganadería de Borja Domecq, con idéntico encaste. Fue el peor. Remiso a embestir y bajo de raza, apenas dio opciones de lucimiento a Miguel Ángel Perera. El cuarto, en cambio, fue el mejor del lote de jandillas. Un colorado bravo, noble, encastado, de largo recorrido. En otra Plaza, la actuación de Perera hubiera sido seguida con gran atención y, probablemente, también con gran entusiasmo, pero aquí en Pamplona, el cuarto toro arrostra un hándicap: es el toro de la digestión. Durante su lidia la inmensa mayoría del público (el de sombra, también) está dando buena cuenta de las cuantiosas viandas que han traído de casa: Se están poniendo morados de comer y beber. Así las cosas, y en buena ley, puede decirse que la faena de Miguel Ángel Perera fue la más importante de la tarde, por su ajuste, su mando y el temple con que llevó la brava embestida del animal. Ni un ole. Eso sí, se oían perfectamente las notas de la Pamplonesa, que es la banda de música oficial de esta monumental plaza de toros. Lo demás, eran ruidos opacos y extraños de mordiscos y tragos largos de los envases más diversos. ¡Qué difícil, y qué frustrante debe ser torear para un bocadillo de ajoarriero con langosta!  Por tanto, quede aquí constancia de que ni el ajoarriero, ni la langosta desmigada, ni el variado surtido de víveres que se consumen y de líquidos que se trasiegan  saben una palabra de toros, y que los muletazos pereristas fueron los más notables de la tarde, a pesar de que el animal se acabara rajado y Miguel hubiera de recurrir a los riesgosos encimismos que tan bien resuelve. Es verdad que pinchó hondo y que sonó un aviso, pero la ovación se antoja escaso premio a los méritos del torero.

 

Quede constancia, también, de la soberbia actuación en la brega y en banderillas de Iván García, el subalterno de moda esta temporada. Es una gran figura, entre los de su clase.

 

Cayetano se fue en hombros, Perera, probablemente, cabizbajo, mientras  Roca Rey se quedaba en la enfermería, donde le operaron de una cornada de 15 centímetros en el muslo. Cuando despertara de la anestesia, seguro que se acordaría de las espadas de acero toledano o de la Tizona de El Cid Campeador, o de los estoques de Luna, que  pasan por ser los mejores y más templados del toreo. En las espadas, como en el toreo, el temple, es cosa fundamental.