Entre la "pájara" y El Juli

No seré yo quien eche la culpa al empedrado cuando una corrida de relumbrón se queda a menos de la mitad del camino en lo que al resultado artístico se refiere. La mitad del camino, digo, por dimensionar las expectativas que siempre despierta un cartel de los llamados remataos, en lo que a toros y toreros se refiere y que la realidad lo deja más bien cortito, por debajo, incluso, de unas previsiones moderadamente optimistas.

El empedrado, en este caso, puede ser el rejonazo de la sofoquina que nos traumatizó durante más de dos horas y media, no por el berrinche que lleva aparejada toda decepción, sino por el tormento de aguantar los cuarenta y pico grados que pueden alcanzarse entre el poder calorífico del sol y la capacidad de la piedra berroqueña para almacenar tan incendiario como molestoso regalo, además del calor humano que desprende una plaza llena hasta el tejadillo y el calentón que generan las cosas que no salen como uno desea tan ferviente como honestamente. Me voy a los toros, a la corrida de Beneficencia, que viene el Rey y torean, El Juli, Manzanares y Talavante, con toros de Victoriano del Río, toda una garantía.

Cosas como estas se podían oír por los aledaños de la Plaza de Las Ventas unos minutos antes de que entraran en acción los inhibidores que desactivan la cobertura de los teléfonos móviles de la gente del común. Es el protocolo que se lleva a cabo cuando visita la Monumental la primera figura del Estado. Hoy, viene a los toros El Rey. Todo el mundo firmes.

Y firmes estuvimos largos minutos, enviando a su Majestad Felipe VI una de las ovaciones más largas, unánimes, emotivas y rotundas  que se hayan escuchado en esta plaza de toros. El Rey, en los toros. ¡Ya era hora!

Nunca es tarde, si la ocasión sirve para iniciar una imprescindible sintonía entre don Felipe y la gente del pueblo que gusta de ver las corridas de toros. De momento, la ovación larguísima, el himno nacional y la explosión jubilosa de la  muchedumbre, en torno al monarca -- mostrando sin fisuras su cariño y gratitud por su presencia en carne mortal al Palco de Honor de la Monumental de Madrid--, imponen a la Beneficencia de este año en Madrid carácter de acontecimiento.

Lo malo fue que, después, cuando entramos en el meollo del asunto, los toros de Victoriano del Río manifestaron una falta de fuerzas –y algunos, de casta—realmente preocupante. ¡Será el calor!, se oyó por ahí, sin que algunos captaran la ironía.  La ironía, a veces, no es fácil de interpretar. Dices que el calor –la caló—nos ha arruinado la tarde y te echan en cara que buscas paños calientes –nunca mejor empleada la frase—para lenitivizar  o tratar de encontrar las causas veniales de la decepción.¡Qué poco sentido del humos tienen algunos!

A pesar de todo, me mantengo en la idea de que este sofocante generador de sudores intempestivos, esta abrasión del cuerpo exageradamente temprana, nos  pilla con el pie cambiado. A todos. A los toros, porque estimula la fatiga y coarta los movimientos. A los toreros, porque les puede entrar una pájara que obnubile el pensamiento y trastorne las neuronas de la clarividencia; y, por supuesto, al público, que es sometido al gota-gota del martirio chino de la chicharrera, sin olerlo ni beberlo.

En puridad, la corrida que envió a Madrid Victoriano del Río debería haber embestido. Toda ella. Eran toros guapos, de variada pinta, que, en general, pelearon bien en varas –solo el primero salió coceando del peto, pero apretó después en el segundo encuentro--, aunque les falto fuerza, fondo y casta a la mayoría de ellos. Los más duros, tercero y sexto.

Dicho lo cual, se deduce que a Alejandro Talavante le correspondió el lote menos propicio para el lucimiento, aunque bien es verdad que Alejandro pareció coger una pájara ayer en Madrid, como las de los ciclistas cuando se empina la carretera en el Tour de Francia con los calores de julio. El tercer toro, con el hierro de Toros de Cortés, lucía una preciosa lámina zaina, con su cuarto delantero más desarrollado, morrillo encrespado sobre la parte de arriba del  cuello y una badana de considerables dimensiones. Fue un toro bello y revoltoso, que se arrancó con fuerza en varas y peleó con fijeza, antes de que pasara por las sedosas manos de Juan José Trujillo, que realizó una brega de muchos quilates. Después, con el toro engallado y agresivo, a Talavante le dio por comenzar la faena por estatuarios, dos de los cuales los tomó el animal como el ratero primerizo que burla la guardabarrera del paso fronterizo de Andorra: viniéndose arriba. Una serie con la derecha, con el toro subido a la chepa del torero y una rajadura clamorosa del cornúpeta pusieron punto final a una faena que pudo ser y no fue. ¿Qué hubiera pasado si Alejandro comienza la faena sometiendo por abajo, mostrándole al toro el camino a seguir? Jugar ahora con hipótesis es jugar con cartas marcadas. Igual se raja más pronto. El caso es que el torero se fue a por la espada, señaló un pinchazo feo y clavó una estocada eficaz. Apenas sonaron leves pitos, muy pocos, la verdad. Tampoco sonaron en el sexto, el más complicado del encierro de don Victoriano, un toro de bella lámina, castaño bragado, girón, axiblanco y gargantillo, bien armado y astifino. Lástima que fuera también flojeras, porque el animal tuvo gran movilidad. Sin embargo,  Talavante no se había desprendido de su pájara y lo pasó desangelado de muleta, para acabar de pinchazo y media trasera.

Tampoco Manzanares salió bien parado de esta su última comparecencia en Madrid, donde el año pasado, en similar evento, cuajó una faena, sencillamente, memorable. Echaron al corral a su primer toro, de cromático pelaje y ancho de sienes, y toreó un sobrero de Domingo Hernández, bravo y noble, que peleó bravamente en varas y picó muy bien Chocolate, hijo. En principio, no se empleó con los capotes y cortó en banderillas,  pero en la muleta rompió para adelante y permitió a Manzanares escenificar un bello comienzo de faena y una buena tanda en redondo, por el pitón derecho. Fue, más o menos, lo que el toro aportó en el último trance de su vida: una docena mal contada de embestidas. La estocada llevaba cierta tendencia y el toro tardó en doblar, por lo que le enviaron un aviso al torero. El quinto fue un buen toro, al que saludó José Mari con un fajo de buenas y elegantes verónicas, además de trazar una larga afarolada de pie en los medios y un galleo por chicuelinas que causó impacto en el público. Fue éste otro toro blando, de poco fondo, con su puntito de falta de casta.   A pesar de la buena brega de Rafael Rosa, Manzanares apenas pudo esbozar un par de tandas con la derecha y una al natural; pero todas tan académico, tan sin fuerza expresiva, que nos quedamos con las ganas de ver siquiera una aproximación a la histórica faena del  año anterior. A este toro lo mató de una estocada caída, sin duda por trastabillearse.

Lo mejor de la corrida fue protagonizado por El Juli. No tiene Julián buen feeling con este público, ya es sabido; pero esta vez supo abstraerse de lo que salía de los tendidos, centrándose –concentrándose, más bien—en lo que el toro pedía en el ruedo. De esta forma pudo sacar unos pases correctos al primer toro, un guapo rabilargo, que salió coceando de la primera vara y apretó de lo lindo en la segunda. A la muleta llegó con escaso recorrido, doliéndose –más bien inquietándose—de las banderillas que le colocó José María Soler, prácticamente en el pescuezo. Al animal le molestaba que aparecieran por encima del testuz los palos emperifollados para la ocasión –a corrida de lujo, banderillas de lujo—y los trataba de cornear furiosamente. Ve esto un popular gurú de los años 70 y sentencia: Se dolió en banderillas, ¡manso!  Lo mató de pinchazo y estocada aliviándose.

Más y mejor fue lo del quinto. Un toraco de 633 kilos y dos vielgos arremangados que daban miedo: le llegaban los pitones al torero a la altura del flequillo; pero fue un buen toro, bravo, esencialmente. Juli lo toreó de capa con vistosidad, el toro peleó mucho y bien en la suerte de varas, luciéndose en ella Salvador Núñez, y El Juli le realizó un quite precioso, rematado con una cordobina, que puso a media Plaza en pie.  Después, Julián lo pasó de muleta con convicción. Con autoridad, mejor. Especialmente brillante –y efectivo—el comienzo de faena, por bajo y mostrando el camino, pero tres tandas en redondo con la mano derecha, abajo, muy abajo y mandonas, y dos de naturales obraron el milagro de que los oles rotundos callaran a las voces beligerantes. Cuando el toro se apagó –se asfixió--, El Juli se metió entre los pitones, asustando al miedo, con suprema serenidad y dominio de la situación: estoconazo  y oreja, bien  ganada.

¿Ah, que no se ponía en el sitio? ¡Qué cosas tiene usted, señor Aquilino! Ahí lo dejo.

Fue la tarde del aficionado cocido al sol y la figura del Rey en el Palco de Honor de Las Ventas. Y, también, la tarde de toros de la pájara y la vindicación de El Juli. Entrambas discurrió la que siempre se anunció como Gran Corrida Extraordinaria de Beneficencia. Menos lobos.

Hoy viene  Morante, con Cayetano y Ginés Marín. ¡Mira que si les diera a los cuvillos por embestir!...