Los buenos, no eran de Miura

Estoy dudando si llamarlo incongruencia, estupor o perplejidad. Pongamos un puñadito de cada cosa, vertámoslo en la sartén que ayer era la Plaza de La Ventas, lo sometemos al golpe de calor que ayer nos sirvió el sol desde el cielo de Madrid y tendremos servido el sofrito de una tarde de toros que se consumió ella solita, hasta que sus restos acabaron en la bolsa negra de la decepción.

Para empezar, un toquecito de incongruencia: A Dávila Miura se le obligó a saludar después del paseíllo, supongo que por aceptar la oferta de la empresa Plaza 1 de actuar en  la corrida de sus tíos, adjudicándole el papel de protagonista secundario, pero como un aliciente más. La ovación, compartida gentilmente con sus compañeros, sorprendió hasta al propio Dávila Miura, que ya dentro del callejón miraba aquí y allá para cerciorarse del destinatario de tan sonoro y contundente homenaje. ¿Es a mí?, pareció insinuar el torero. Pues, muchas gracias, aceptó ceremonioso. No hay de qué, sería la respuesta cortés y sincera.

Porque, en efecto, no había de qué acordarse en aquél momento, qué gesta se celebraba o qué triunfo reciente o pasado todavía estaba latente en el recuerdo, que es para lo que se inventaron esas sacadas al tercio con tumultuarios aplausos. Sea como fuere, el caso es que Eduardo Dávila Miura fue obligado a saludar montera en mano una gran ovación en Las Ventas de Madrid, y esa no hay quien se la quite.

El estupor apareció con la salida al ruedo del primer toro de la tarde, alto y largo, pero flaco, débil y escasamente armado. Un miurita, vamos. Se encrespa –y con razón--  parte de la afición porque el animalito sale claudicando del peto del caballo y no le pegan ni un sello de correos en el segundo encuentro; pero el miurita es noble y su buena casta le hace mantenerse en pie, mientras Rafaelillo se relaja y se gusta, hilvanando muletazos en redondo con la mano derecha, y, sin embargo, este gustarse a sí mismo no trasciende, no gusta demasiado al cónclave que casi llena la Plaza de Madrid. Se abstiene de entrar en el jaleo de la faena. Las series se van sucediendo, con Rafael sonriendo al público, pero todo se diluye cuando el toro decide echar el freno a su recorrido en pos de la muleta. Un miura que no tira una mala cornada es un descastado; es decir, que el miurita, además de flojo, es tontorroncillo, que es peor. Pinchazo hondo y dos descabellos… y a esperar. La espera nos llevó a otra decepción: otro toro terciado de Miura que no resiste más allá de los dos primeros tercios, y es devuelto cuando se cumplía el de banderillas.

Salió el cuarto y aquello pareció entrar en otra dimensión; de momento la dimensión del toro, largo, alto y redondo de carnes, con cinco años bien cumplidos y 606 kilos sobre los lomos, que ya son kilos. Un toro serio al que Rafael Rubio recibió genuflexo al hilo de las tablas y le endilgó un farol, antes de lancearlo aguerrido y laborioso con varios capotazos de complicada definición, con una, dos o ninguna de las rodillas en tierra. El toro –de miurita habíamos pasado a miurazo  en veinte minutos, mal contados—entró cuatro veces al caballo de picar y en todas ellas se piró sin el menor recato. Después acometió a la muleta de Rafael con embestida trotona, lo cual aprovechó el diestro murciano para, a zapatillazo y tente tieso, sacar algunos pases de mérito, pero más esforzados que lucidos. Miraba el miurazo al torero y se mascaba el encontronazo… hasta que llegó en forma de tantarantán, afortunadamente sin más lesiones con dos puntazos, en el muslo y la axila, que mermaron sensiblemente las facultades del murcianito, que es más valiente que un tejón. Adolorido y enclenque, todavía tuvo fuerzas para doblarse con el toro por bajo y desplantarse, marchoso y retador. Lo mató de media estocada y escuchó una ovación.

La tarde de mucho sol y alguna mosca habría hecho las delicias de Rafael el Guerra, pero no las de Rubén Pinar, a quien correspondió un lote desabrido. Su primero, tercero de la corrida, fue otro miura pequeñajo que se lidió en medio de un gran escándalo, porque, encima, aguanta en pie en un tente mientras cobro. La muleta –y la muñeca—de Rubén le dio fuerzas al toro, obligándole a tragarse tres o cuatro series con la mano derecha, sin que el animal consiguiera alcanzarle la tela. Faena muy meritoria, como aquellas que daban fama y prestigio a El Viti en este mismo ruedo. ¡Oh, que pedazo de torero es El Viti, que no ha dejado que el toro doblara las manos!, se oía decir a los conspicuos aficionados de entonces. Y El Viti les cortaba las orejas a estos toros, con la poderosa e infalible herramienta del temple, aquí, en Las Ventas; sí, en Madrid. A Pinar, sin embargo, apenas le dejaron torear porque estaba ante un inválido. Tenían razón en lo de la invalidez, pero no en el castigo de reventarle la faena al torero. La verdad es que torear a un merengue de Miura no deja de ser un trampantojo. Mimar a un toro de este hierro, para que no se venga al suelo va contra Natura. El escándalo solo se acalló cuando el toro dobló después de sufrir tres agresiones en el hueso y una estocada en los blandos.

El toro que cerraba la corrida fue, con diferencia, el más complicado de los lidiados con este hierro titular. También fue protestado por flojo, y en verdad, si hubiera habido un nuevo pañuelo verde no se habría perdido nada, tal como iban saliendo las cosas, tirando de la despensa de outlets en que se han convertido los corrales de Las Ventas. Fue un miura de viaje corto y mirada larga, rebrincado y leñador, por los hachazos que tiraba a cuanto le rodeaba. Rubén Pinar se lo quitó de en medio de una estocada en la yema y dos descabellos. Lote imposible. Dos meses pensado en esta corrida, soñando con un triunfo que impulsara la temporada… y le sale esto. Habrá que esperar. Y no desesperar.

Retomamos el protagonismo que adquirió Eduardo Dávila al comprometerse a matar en Madrid  dos toros de su segundo apellido: Miura. Pues bien, no mató ninguno de la ganadería de su familia, sino uno de Buenavista y otro de El Ventorrillo. Dos toros, por cierto, que fueron los mejores de la corrida, uno bravo y noble y otro, sencillamente extraordinario. Es como si Dávila se hubiera preparado para comer un cocido maragato y le ponen en su lugar dos platos de angulas de Aguinaga. Perplejidad.

La cosa fue así:

Devueltos los dos miuras de su lote por manifiesta invalidez, a Eduardo le salió en primer lugar un cinqueño de Buenavista, castaño y serio, que salió husmeando la arena para en seguida tomar bien los capotes y acudir con prontitud al caballo de picar, donde le dieron leña por un tubo. Bravo, con su puntito de casta, el toro embistió por derecho a la muleta de Dávila Miura, que anduvo tratando de encontrar su sitio y perdiéndose en algunos enganchones, hasta que consiguió hilvanar dos tandas con la mano diestra, bien construidas y mejor rematadas. Buen toro y estimable faena, aunque apenas les hicieron caso ni a toro ni a torero. En la tarde de ayer, todo lo que no se le hiciera a miuras, miuritas o miurazos, no valía la pena entrar en detalles.

Otro tanto ocurrió con el quinto-bis, un toro sobrero con el hierro de El Ventorrillo de preciosa lámina y cromática pinta, colorado, bragado, gargantillo y axiblanco, con dos cuernos respetables y arremangados, que embistió por derecho que era una bendición. Antes, había recibido dos largos y buenos  puyazos de Alfonso Doblado y sometido al temple del capote primoroso de Miguel Martín. Algo tuvieron que ver estos subalternos en el comportamiento del toro, porque fue uno de los de más alta nota de la feria de San Isidro que ayer concluyó. En puridad: Eduardo lo toreó con temple y ritmo, sobre todo en varias series con la mano derecha y otra al natural, la última, con la muleta sin ayuda de la espada, para finalizar con ayudados majestuosos, de buen porte. Faena que, en otro momento y en otras circunstancias hubiera tenido premio, a pesar del pinchazo que preludió la estocada de efectos fulminantes. Balance de esta actuación: Ovación y fuertes pitos, a partes iguales.

La pregunta, es: ¿a qué se debe tanta inquina, tanta reprobación, tan injusto trato a un torero que fue recibido con un torrente de aplausos, antes de ponerse a torear? ¿Tan mal lo hizo, si se escucharon rotundos oles en muchas fases de la faena? Perplejidad.

Pensándolo bien, puede que el público, ante el desastre de los toros anunciados, y al no encontrar diana más cercana y accesible para lanzar los dardos de su decepción por el fracaso del ganadero,  encontró en Eduardo Dávila el chivo expiatorio en quién estrellar su ira, pasándole la factura de los platos rotos de esta revuelta de cocina, fraguada en la última tarde de toros de la feria. Desde luego, era el Miura que tenían más a tiro…. Y le tiraron a tenazón.

Eduardo, que es hombre sencillo e instruido y buen torero, se debió quedar con el  íntimo placer de haber toreado un toro –el quinto—como ni siquiera lo había soñado en la duermevela de las vísperas de esta operación relámpago, de hola y adiós a la Plaza de Madrid. Lo malo es que el toro no era de Miura. Lo bueno, quiero decir.