Ferrera y el toreo virtual

Llevábamos disfrutando de una semana torista excepcional, como pocas veces se recuerda en este ciclo de toros que lleva nada menos que un cuarto de siglo estirándose sin parar, hasta rebasar este año la treintena de espectáculos taurinos, uno tras de otro.  Larga ristra, vive Dios, pero de intenso contenido, porque esta del 2017 será una de las ferias de San Isidro dónde más cosas importantes –interesantes, al menos—han sucedido, entre ellas, ya digo, la semana en la que el toro de bravo se somete a una inspección singular, un marcaje férreo, especialmente en el primer tercio de la lidia.

Se esperaba, por tanto, la corrida de Adolfo Martín con expectación singular. Adolfo suele competir en esta feria y en esta Plaza de forma especial con su primo Victorino, porque entrambos entran factores que van más allá de los estrictos valores de la competencia. Victorino, el pasado martes, salvó los muebles, después de que le rechazaran prácticamente toda la corrida presentada, de ahí que se empezara a atizar el brasero de la polémica, en la que Adolfo iba ganando por la mano, puesto que tenía preparada toda una señora corrida de toros. Impecable de trapío, con toros longilíneos, ensillados, musculados y bien armados. De momento, Adolfo Martín había cumplido con el primer deber del ganadero, y más en Madrid: presentar una corrida de toros como Dios manda.

Lo malo es que la corrida, en conjunto, decepcionó. Fue mala, inservible y frustrante en una cuestión que es fundamental para el aficionado cabal: la falta de casta. Los adolfos podrán salir mansurrones, problemáticos, incluso con la fortaleza menguada, pero nadie concibe un toro de este hierro descastado, atontolinado, embistiendo al paso, con un viaje mortecino a ninguna parte.

Así salieron la mayoría de los toros de este buen ganadero, uno de los preferidos de la afición de Madrid, y de otras muchas aficiones taurinas  del mundo. Ayer, sin embargo, fracasó, sin paliativos. Me duele escribirlo, pero lo palpable, lo obvio, no admite el capuchón de una beatífica tolerancia.

Si nos ponemos a desgranar el comportamiento de algunos toros que ayer salieron al ruedo de Las Ventas, podríamos llegar a establecer un debate sobre el muy  debatido concepto de la bravura del toro de lidia. Por ejemplo, se podrá mostrar la fotografía de un toro derribando de forma contundente, espectacular, al caballo de picar, echándoselo prácticamente a los lomos con un poderío que asusta. Ése fue el cuarto toro de la corrida, el mismo toro que, después de apretar en varas metiendo los riñones llegó a lo tercios siguientes con andares timoratos y la cara por las nubes, como pidiendo misericordia para los últimos instantes de su estancia en este perro mundo. Cómo sería la constatación de tal condición que Antonio Ferrera no quiso banderillearlo. Se fue después tras él hacia las tablas de los tendidos de sol para intentar rebañar alguna embestida, aprovechando el viaje hacia ningún sitio de un toro que había dejado la casta, toda ella, en el peto del caballo de picar.

Por tanto, se pudiera concluir que la casta del toro bravo –del toro nuestro, el de hoy mismo—tiene que conservarse hasta el final de su lidia, porque si así no fuere, es un toro de tiempo muy remoto, pero no el que demandan los aficionados y los profesionales del toreo contemporáneo.

El público de Madrid, torista desde tiempo inmemorial, quiere el toro encastado hasta el final, no solo en el tercio de varas. Ferrera, con ese cuarto de la tarde, hizo una faena de prestidigitador. Nada por aquí, nada por allá, y ¡hale-hop!, esto es un pase natural virtual, inventado, compuesta la figura y con el toro mirando a las Batuecas.  Aún así, el público se lo agradecía con oles estentóreos y cerradas ovaciones. El torero debió pensar cuán veleidoso es el público de toros, en especial el de esta Plaza, tan duro, tan injusto tantas veces con él en momentos de gran riesgo y meritorias actuaciones frente a toros correosos y encastados, y ahora, con un marmolillo de tres al cuarto, se le entrega sin reservas. Hay quien piensa, incluso, que si llega a meter la espada corta oreja. No sé que decir…

Otrosí digo, que ni ganadero ni toreros pueden estar satisfechos con el lote de hermosos toros que ayer salieron por chiqueros y entraron en el desolladero con más pena que gloria. Digo, también, que sí, que hubo un toro noblón, tontorrón y sumiso, que salió en quinto lugar y otro, el segundo, que levantó en vilo al caballo de Puchano y se dejó pegar a lo bestia bajo el peto, entrando con docilidad a la muleta del torero. El torero fue Juan Bautista, que tuvo, por tanto, el lote más pastueño de adolfos, pero de una pastueñez empalagosa, que más parecían sansirolés que toros bravos. Y eso no le va al arte del toreo de cualquier tiempo, presente o pasado, ni al Bautista ni al Sursum Corda.

Así, pues, de la corrida se salvan algunos aspectos: la pelea en la suerte de varas de los dos toros referidos y el toreo virtual de Antonio Ferrera. Y para que no se me pueda acusar de estar practicando la racanería, habré de consignar que los tres  diestros hicieron todo lo posible –faltaría más—por sacar leche del botijo de aquellos bellos corpachones de pieles cárdenas y cuernos afilados. Y que Manuel Escribano se lució por su gallarda forma de colocar las banderillas, con precisión y ajuste. Lo demás fue una pelea entre el pundonor de los humanos y la abulia mostrenca de los bóvidos. Adolfo Martín debe estar cavilando en qué rincón de Los Alijares se dejaron la casta brava aquellos toros de tan laureado linaje.

Final obligado: todos los toros murieron con la boca cerrada. Y todos –o casi—los espectadores salieron de la Plaza con la boca abierta. No de admiración. De aburrimiento. Que cada cual saque sus conclusiones.