De cómo encabronar una tarde de toros

Desde que la Fiesta comenzó a interesar vivamente a los españoles (osea, desde los tiempos de Maricastaña), las tardes de toros se podían trastornar, revirar o malrotar por el mal empeño de sus dos integrantes principales: el toro y el torero. Los toros mansos, cobardes o arteros, que rehuían la lucha (lid, lidia) y los toreros timoratos, cagones o imperitos, que declinaban jugarse un alamar, arruinaban la fiesta (¿) y se llevaban una colosal ración de la iracundia de una  marabunta que poblaba los tendidos o tablados, naranjazos incluidos. Grandes alborotos, grandes disturbios, incluso alteraciones de orden público, algunos de ellos con piromanía adicional, se hicieron célebres en la historia del toreo, como la tarde de Cagancho en Almagro, en el año 27, que sirve de belicoso ejemplo para grandes fracasos, en general.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, en las plazas de toros de mayor preponderancia, incluso en las de otro orden menor, existe un elemento desestabilizador, ubicado en uno de los palcos principales de la Plaza, capaz de mandar al garete una tarde de toros por el sencillo hecho de encabronar al público. Ese elemento, es, naturalmente, el presidente del festejo o Juez de Plaza, un instrumento legal que tiene forma humana y está dotado de todas las competencias reglamentarias para garantizar el buen desarrollo del espectáculo y, por supuesto, el orden público. Aquí, en Madrid, este elemento que tiene forma humana suele ser un destacado jerarca del Cuerpo Superior de Policía, que por tradición es designado para el cargo por la autoridad superior competente.

Ayer, el elemento con forma humana que presidió la corrida vigésimo novena de la feria de San Isidro, estuvo a punto de provocar una seria alteración de orden público, efecto pernicioso que, precisamente, está obligado a evitar en su condición de máxima autoridad en la Plaza y miembro de rango de un Cuerpo de Seguridad del Estado. Dicho en plata: un poli que provoca un escándalo público, en forma de monumental algarada es, por decirlo de forma suave, un anacronismo antológico.

Eso fue, precisamente, lo que ocurrió ayer en la Plaza de Las Ventas, a eso de las ocho y pico de la tarde: un escándalo monumental, fomentado por la actitud intransigente e irreverente del presidente de la corrida, negando la concesión de las dos orejas del toro a un torero llamado Juan del Álamo, trofeos solicitados por aclamación popular.

La cosa sucedió de la siguiente manera: el tercer toro de la tarde, de nombre Licenciado, de capa colorada y cuernos abiertos, se frenó en seco ante el capote del torero. Fueron varios frenazos seguidos, negándose a tomar la tela carmesí y saliendo zumbando hacia terrenos menos comprometidos. ¡Qué toro más manso! ¡Qué toro más malo!, se oía gritar por doquier a los espectadores menos avezados en cuestión de encastes y caracteres de las reses de lidia. Los toros de Alcurrucén, a veces, salen haciendo estas cosas, hasta que, poco a poco, se van calentando y estirando los viajes, terminando por entregarse totalmente en la última parte de la lidia. Esto es lo que suelen hacer los que tienen un fondo de bravura, de casta, en un rincón del alma (si alma tuvieren), y la verdad es que el tal Licenciado no hacía más que tirar coces a los caballos de picar y tomar a regañadientes la tela que generosamente le ofrecía el peón Jarocho. ¡Qué toro más manso! ¡Qué toro más malo!, se volvía a escuchar. Paciencia, paciencia… vamos a darle tiempo, rumiaba uno por lo bajini.

Y tiempo se le dio. Después de algunos refilonazos que perdonaron las banderillas negras, el toro se fue a las tablas, adonde fue a buscarle Juan del Álamo para ofrecerle la golosina de su muleta en varios pases por bajo –de castigo, se llamaban antes—para conseguir dos cosas: ahormar su alborotada embestida, y darle confianza para perseguir con largueza la roja tela de franela.

Fueron unos muletazos bellísimos, cargados de cargazón de la suerte, y eficaces como el lenitivo más contundente contra la bravuconería manifiesta. Juan se llevó al toro a los medios y, una vez allí, el animal se paró, miró fijamente al torero y comenzó a embestir como el mejor toro de una ganadería brava. ¿Dónde está ese toro manso? ¿Dónde está ese toro malo? Qué cuidado hay que tener con la palabra manso. Licenciado fue, a partir de ese momento no un graduado en licenciatura de la bravura, sino un doctor en la materia. La réplica del torero, antológica, inolvidable. A mi juicio, la faena más emocionante y de más enjundia de la feria de San Isidro. Emocionante, por lo que supuso de sorpresa para la inmensa mayoría del público, y enjundiosa,  por la pasión y la entrega que puso el torero en cada fase de la faena. Una faena de desbordante torería, trayéndose al toro toreado desde allá hasta acá, en trazos curvilíneos que pasaban por la faja roja del torero, donde habrá encontrado su mozo de espadas  algunos restos de pelambre colorada del toro de Alcurrucén.  Las series de naturales, largas de contenido, magníficas de ejecución, templadas y mandonas, con remates de pecho de pitón a rabo; los pases en redondo con la mano derecha, no menos logrados y espléndidamente rematados.  Faena de cante grande sobre la arena de la Monumental de Madrid, de las que se clavan en el alma, como los fandangos de Farina. Faena realizada por un joven salmantino que quiere ser figura del toreo, terminada con un precioso fajo de pases por bajo, rodilla en tierra, y rematada con una estocada hasta la mano, de la que el toro salió muerto de los vuelos de la muleta. Muerto, sí, pero no derrumbado, porque el de Alcurrucén murió de pie, en los medios, como dicen que mueren los toros bravos de verdad, y tardó lo suyo. ¿Quién se acuerda ahora de aquellos frenazos y aquellas coces? ¡Qué bello, que extraño y qué misterioso es el toro de lidia!

La pañolada fue espectacular, el griterío ensordecedor, la emoción se abanicaba con el ritmo pendular de los propios pañuelos… Y en esto, el tipo del palco se deja querer, aguanta mecha hasta que llegan las mulillas junto al toro yacente en la arena y, entones, solo entonces, saca su pañuelo blanco una sola vez, evitando así que el público siga pidiendo el segundo trofeo. No es listo ni nada, el tipo. Eso cree él. Es más tonto que una mata de habas. Pero su tontuna, su desfachatez, puede matar la ilusión de un joven diestro, obturar toda una temporada, y quién sabe si el futuro de un torero y su cuadrilla, además de encabronar toda una tarde de toros.

Y eso fue lo que pasó. A partir de ese momento,  el público obligó a Juan del Álamo a dar dos lentas y clamorosas vueltas al ruedo, con el pírrico trofeo que se le otorgó. Pero el público hizo más: se juramentó íntimamente para empujar a Juan de Álamo hacia la Puerta Grande, a nada que se prestara al lucimiento el segundo toro de su lote. Y, ciertamente, a casi nada se prestó, por que este alcurrucén fue busco y manso, aunque derribara de un arreón el caballo de Juan Francisco Peña, y de esa forma se comportó en el tercio final. Juan le había toreado a la verónica con suavidad y  trató de someterlo en los medios, pero el toro no rompió a embestir como su hermano de camada. La faena de Del Álamo fue de rompe y rasga, vibrante, aunque no podía ser de triunfo claro. Daba igual, cuando logró la estocada, los pañuelos salieron a relucir y la otra oreja cayó, y con ella la apertura de la Puerta Grande, robada y restituida por un ladrón de poca monta. Alguien a mi espalda comentó: menos mal, la estocada le ha salvado la tarde al presidente. ¿Le ha salvado, de qué? ¿De otra bronca? Bastante le importan sus broncas a Juan del Álamo, que ayer fue víctima de una expoliación indecente. Por mi cuenta, hago resumen telegráfico de la actuación de Juan del Álamo, ayer en Madrid: en su primero, dos orejas y triunfal vuelta al ruedo; en el segundo ovación. Salió en hombros por la Puerta Grande, con  todo merecimiento. Eso fue lo que debiera haber ocurrido, en el más estricto justiprecio.  

El precedente al hecho primordial de la tarde estuvo protagonizado por un toro escaso de raza, abanto y medio dormido, que rompió Plaza, con el que El Cid acabó logrando algunos muletazos estimables por el pitón derecho y otro más noblón, con el que Joselito Adame se estiró en varias series con ambas manos, de académico diseño, pero escasa profundidad. Tampoco el toro era la alegría de la huerta. La faena fue larga y las espadas lentas, por lo que eschuchó un aviso. Y, después otro buen toro de Alcurrucén, bravo y noble, de viaje humillado y extraordinaria fijeza, con el que Manuel Jesús, El Cid trató de volver por sus fueros ante el público de Madrid. Trató, pero se quedó a medias. Era tan bueno el toro, que había que hacerle cosas extraordinarias para que el público se decantara por el torero. Manuel lo toreó con buen ritmo por la derecha y más enganchado por la izquierda, y además lo pinchó, antes de la estocada trasera. En este toro, la Plaza estaba en pleno proceso de regurgitar el encabronamiento; por eso casi se olvidan de que El Cid merecía saludar una ovación. 

El quinto huyó en varas y derribó de un topetazo al picador de turno. Juan del Álamo le realizó un quite templado a la verónica y Joselito Adame comenzó su faena por estatuarios, para continuar sacándose al toro para las afueras, con desparpajo y donaire, para en seguida tratar de conducir una embestida de cara por arriba y nada codiciosa, en una larga faena que remató malamente con la espada, escuchando un aviso. Daba igual, el público ya estaba pendiente de cómo se las arreglaría para sacar a Juan del Álamo por la Puerta Grande. Y lo sacó, faltaría más.