El zasca de Rehuelga

Si hay algo que me fascina en el toro de lidia es el misterio que encierra. Te pasas años y años viendo toros en el campo y en la Plaza, analizando anatomías y linajes, estudiando comportamientos, valorando estampas o interpretando cruzas  y acabas por creértelo: el toro de lidia debe tener una serie de connotaciones genotípicas (rasgos propios de sus genes)  y fenotípicas (genotipo más ambiente) que respondan a los valores propios del árbol genealógico de que proceden, esto es, del encaste que se ha ido fraguando y consolidando a través de varias generaciones. De ahí extraemos una conclusión: el tipo. Los toros tienen su tipo, como los individuos de la raza humana se distinguen por unos rasgos anatómicos característicos, atendiendo ambos a su fehaciente diversidad. Y, en seguida, concluimos: si a los toros bravos los sacas de tipo, alteras de facto su carácter. La cuestión es de tan aplastante lógica que acaba por ser concluyente, definitiva e infalible. Craso error.

Ayer, en la Plaza de Las Ventas, una corrida cinqueña, casi al límite de la edad reglamentaria y al borde de hacer estallar la aguja de la báscula, nos ha quitado la razón a quienes, de buena fe, abogamos por el redimensionamiento del toro bravo, aligerando peso para facilitar movilidad y fuerza motriz y, de paso, evitar que algunos encastes llamados minoritarios, cuyo fenotipo responde a unos perfiles bien alejados de la desmesura, se vayan al garete, si es que aún están a tiempo de recuperarse, que lo dudo.

Tal es el caso del encaste creado por don Enrique Queralt, undécimo conde de Santa Coloma, con una parte de la vacada ibarreña, cruzada posteriormente con unos machos del marqués de Saltillo. Realmente, lo que hemos podido conocer la gente veterana en este asunto es el toro santacolomeño que fue naciendo y creciendo en las haciendas de Joaquín Buendía o en las de su socio,   Felipe Bartolomé. Es el toro cardenito, bajo de cruz, escaso de morillo, pezuña fina, cornicorto, de ardiente sangre brava y explosivas arrancadas, que tan bien entendieron los astros del toreo de los años 60, como Paco Camino, por ejemplo.

De entonces acá, los santacolomas han ido evolucionando en sentido negativo, perdiendo agresividad y ganando cuerpo, pero sobre todo perdiendo su principal valor biológico: la casta. Sacar de tipo un santacoloma es –era, a mi juicio—un pecado de lesa majestad.

Pues bien, ayer, repito, los descendientes de aquella celebérrima ganadería que repartió don Joaquín entre su numerosa prole –trece hijos, si no yerro--, llegaron a Las Ventas herrados con el anagrama de Rehuelga, que maneja una sociedad mercantil, supongo que dirigida por Rafael Buendía. Cinco toros, de los cuales, cuatro ofrecían su pelaje cárdeno y una respetable cornamenta, pero dos de ellos (cuarto y quinto) pesaban 608 y 647 kilos, respectivamente. Lees esto, y ves salir al ruedo aquellos camiones de viejo capitoné, con su badana hasta las rodillas bamboleándose pesadamente y su amplia barrigota de la que pende la funda de la verga, y dices: si estos santacolomas embisten, es un milagro. Pues, mire usted, resulta que embistieron, y mucho. No me duelen prendas al reconocerlo. Rehuelga nos ha dado un zasca en la cresta. Y no solo lo admito, sino que lo admiro. Definitivamente, el toro de lidia es un misterio. O, tal vez, un milagro. Y de misterios y milagros, que yo sepa, solo entendía el padre Astete.

Una vez asumida y justificada esta contrición, habré de apresurarme a decir que de los cinco toros lidiados por la ganadería titular, cuatro –repito, ¡cuatro!—sirvieron en bandeja, en mayor o menor medida, el triunfo a los toreros. Solo el primer cinqueño, jugado en segundo lugar, rebuscó al torero por el lado izquierdo, pero tuvo cierta boyantía por el derecho, empujó con fijeza en varas y fue tres veces al caballo desde distintas posiciones, cada vez más alejadas del caballo y su piquero. El tercero, aunque se quiso quitar el palo cuando a acudió de largo,  embistió con viaje templado  y largo recorrido, regalando a su matador un cheque en blanco para rehabilitar su vacilante carreta taurina. Gran toro, bravo, noble, codicioso, obediente, de enorme fijeza. El cuarto, fue el primer seiscientos de Rehuelga y también se arrancó a buena distancia al caballo de picar, aunque no peleó apenas, quedándose entretenido en hacer sonar el estribo. Después, embistió con docilidad, diríase que con mortecina nobleza, pero embistió sin hacer un mal gesto. El quinto fue el cachalote de los 647 kilos. Era, perdónenme, un buey; pero, amigos, ¡qué buey más bravo! Recibió tres varas empujando de veras, con la cabeza abajo y metiendo los riñones y solo se cansó de embestir cuando le faltó el fuelle tras la larga faena e  incluso se arrodilló, exhausto, un par de veces, cuando ya pesaba demasiado su tonelaje; pero fue un buen toro, bravo y repetidor, quizá pecando de excesiva docilidad. Le dieron un sin fin de pases y, a mi juicio, fue excesivo el premio de la vuelta al ruedo. El sexto fue uno de los toros más importantes de esta feria de San Isidro. Curiosamente lució un pelo poco santacolomeño, negro bragado, quizá por reminiscencias puras ibarreñas. Un toro, sencillamente, de bandera: sobrado de peso (577 kilos), pero también sobrado de casta para embestir incansablemente en todos los tercios. Empujó con todo –cabeza, tronco y extremidades-- en varas, se arrancó desde lugares lejanos, no paró de derrochar energías durante la lidia, galopó en banderillas con gran tranco y se fue tras la muleta como un poseso, enarcando los cuernos tras la franela y deslizándose hasta el más allá del trapo. ¡Pedazo de toro, oiga! Éste sí que era de vuelta al ruedo.

De tan variada calidad fue el material que salió de la cocina de chiqueros  y servido en el plato redondo y caliente del ruedo de Las Ventas. De comensales, tres toreros que, teóricamente, demandan más atención. De ellos, Fernando Robleño fue el único que degustó –es un decir—el plato menos digerible, el único cuatreño de la corrida, que se jugó en primer lugar, con el hierro de San Martín. Un toro descastado que llevó siempre la cara alta, acudiendo a los cites con ritmo trotón y cansino, sin celo ni codicia. Robleño se esforzó por sacarle pases, hasta que la evidencia le motivó para irse por la espada y rematar a este remiendo de dos pinchazos y estocada. El cuarto, en cambio, le permitió hilvanar varias tandas de muletazos, a pesar de que la acometida estaba bien lejos de estar adobada con el picante de los legendarios santacolomas. Este era simplemente un santovarón, que apenas pudo trasladar emociones a los miles de gentes que ocupaban los dos tercios del graderío de la Monumental.  Una estocada y cinco descabellos propiciaron el envío de un aviso. Robleño se llevó dos silencios para casa. Fue el menos favorecido en el sorteo.

El primer cinqueño de Rehuelga fue el menos bueno de los cinco. Cortó en banderillas y solo se dejó torear por el pitón derecho. Alberto Aguilar lo aprovechó como buenamente pudo, que tampoco fue mucho, sobre todo por el pitón izquierdo, por el cual el toro buscaba el bulto con insistencia. Pinchazo y más de media estocada. Silencio en la sala. En cambio el quinto fue el camión de Rehuelga por el que cualquier profesional del mundo taurino no hubiera apostado ni una antigua perra chica. Aquélla mole no podría embestir. ¿No podía? Pues no se hartó de hacerlo, con el morro por el suelo y los pitones haciendo el avión, como bien puede verse en el documento gráfico que encabeza esta reseña. Alberto le hizo una faena larguísima, en la que hubo de todo, muletazos buenos y templados junto a otros más apresurados, excelentes pases de pecho y unos ayudados por bajo finales llenos de torería. Lo mató tarde y mal, de una estocada demasiado baja, por lo que la petición de oreja fue insuficiente y el premio se limitó a una ovación.

Pérez Mota debe estar a estas horas cavilando acerca de la oportunidad que perdió hace unas horas en Madrid. Debo confesar que tenía depositada fe en este torero, a raíz de que me causara muy grata impresión de novillero, pero ayer se le fueron dos toros de triunfo, especialmente el que cerró la corrida, que fue de los que invitan a poner una Plaza boca abajo. Cómo duele decir esto de un torero que tiene tan pocas ocasiones de encontrar el día y la hora claves para salir con fuerza al exterior y abandonar ese lóbrego lugar en que habitan los mal llamados modestos. ¿Qué le ocurrió a Pérez Mota para acortar tanto las series en el tercer toro? ¿Se conformaba solo con tratar de capturar una oreja?  El caso es que el toro de Rehuelga, bravo y noble, se fue para el desolladero con una buena ración de pases por consumir, y los que le dieron en el ruedo fueron ejecutados con demasiada premura y aliviados de inmediato con el consabido pase de pecho. ¿Faltó ambición? ¿Estímulo? ¿Preparación? ¡Quién lo sabe! Eso sí, después de pinchar dos veces, hundió la espada con rabia en el morrillo del toro, saliendo rebotado del embroque y buscado en el suelo con insistencia. ¿Resultado?: ovación grande para el toro en el arrastre y silencio, grande también, para el torero.

El sexto fue el toro de la corrida y, repito, uno de los grandes toros de esta feria. Un toro de nombre Coquinero, hermano de camada de los anteriores y, por tanto, cinqueño, astifino de cuerna y fino de cabos, que empujó en el peto con enorme  fijeza y se vino al caballo de largo, con tranco ágil y expresivo. Raúl Caricol le colocó dos grandes pares de banderillas y llegó a la muleta con una embestida suave, templada, de amplio recorrido e incansable repetición. Un toro para bordarlo. Pérez Mota se percató de ello, pero de nuevo hizo un alarde de incomprensible conformismo, yéndose a por la espada de acero cuando todavía el toro tenía media faena por consumir y estaba pidiendo a gritos más muleta a la que perseguir y una obra artística acorde con sus excepcionales cualidades. El público se dio cuenta de ello y recriminó al torero con tal fuerza que se vio obligado a dar dos tandas más en redondo. Y a matar. Pinchazo y estocada. Ovación enorme para el toro –escaso premio--  y pitos para el torero. Con eso está dicho todo.

Todo, no. Habrá que consignar también el acierto de César del Puerto y Juan Contreras en banderillas y la buena brega de Jesús Romero. Pero, principalmente, incidir en la rebelión de un hierro ganadero contra los vaticinios –mea culpa-- que prejuician al toro en función de su fisonomía y tomando como principal argumento el sobrepeso. Visto lo visto, con el toro de lidia --por exceso o por defecto-- te puedes columpiar en cualquier momento. El zasca de Rehuelga nos deja con el culo al aire.