"Buscaplebes" iba de visita

Victorino buena

Buscaplebes, cuarto de la tarde, se arrancó al caballo de picar montado por Manuel Burgos hasta tres veces, y el público rugía de entusiasmo. Buscaplebes era el segundo toro del lote de Diego Urdiales, un victorino más cuajadito que el anterior del orden de lidia, ancho de sienes, ligeramente ensillado, cárdeno de pelo y paliabierto de cuerna, que ya había tomado un puyazo sin gran estridencia cuando fue colocado a unos veinte metros del dicho caballo y se arrancó sin titubeos hacia el tanque de picar. De inmediato, fue trasladado a otra distancia mayor (a unos treinta metros de la barrera, o sea desde los medios del ruedo) y de nuevo se fue para caballo y caballero con tranco alegre, cosa esta que desató poco menos que un éxtasis colectivo. Tres veces, tres, se fue galopando al lugar donde le hacían pupa. Insólito. ¡Ole por los toros bravos!, sería el lógico piropo a tan inusual demostración del impulso racial de la bravura.

Vayamos por partes. Esto del tentadero de machos en una plaza de toros y en corrida formal –las hay de concurso, expresamente ideadas para este tipo de exhibiciones--, merece una pequeña reflexión. Pero antes de que alguien pudiera pensar que aquí el firmante está en desacuerdo con el espectáculo magnífico de ver cómo un toro bravo se crece ante el castigo y vuelve una y otra vez, hasta tres, al centro de laceración que tanto le atormenta, me adelantaré a su yerro. Desbarra. No solo me complace, sino que me emociona esta pelea singular que protagoniza un animal dispuesto a acometer ciegamente, con ímpetu irrefrenable, sin reparar en que el obstáculo contra quien pelea es prácticamente inexpugnable, esto es, a sabiendas que tiene todas las de perder en tan brutal encuentro, me parece toda una exaltación a la función biológica del toro de lidia.

Ahora bien, ayer en Las Ventas, se vio claramente que ese toro de Victorino Martín fue un correcaminos alegre, voluntarioso y agradecido al cite, diligente y sumiso a la demanda, pero no beligerante con el citador y su montura. El buen aficionado debe saber que para calibrar el grado de respuesta del toro bravo  ante esta desigual pelea, lo importante no es la distancia a la que se arranca –puede hacerlo, incluso, por la atracción natural o adquirida de la querencia hacia ese terreno--, sino lo que hace cuando llega a su destino. Ayer, Buscaplebes, se arrancaba con un desparpajo primoroso y un impulso espectacular, pero al llegar al peto, se medio dormía y hacía sonar el estribo. No peleaba. Iba de visita, no de conquista. Buscaplebes, pues, no fue un toro esencialmente bravo, sino un espécimen de lidia promiscuo al visiteo. Buscaplebes, en suma, buscó el aplauso fácil de la plebe –dicho sea con todo respeto y solo por descomponer en dos tan apropiado nombre--, y lo encontró holgadamente.

Terminada esa operación estampida y el aquietamiento del toro en el caballo de picas, y traspasado un tercio de banderillas de sálvese quién pueda, ver el semblante de Diego Urdiales, era todo un ejercicio de paráfrasis del pensamiento del torero que ha querido se generoso con un toro y con el público,  a sabiendas de que la situación podía volverse, como un boomerang, contra él. Y así fue. Diego sabía que el toro no valía un ardite, que tenía media arrancada y que no buscaría pelea en la faena de muleta, como no la buscó con el piquero de turno. Y acertó. Tras un comienzo de torera danza para sacar al toro hacia las afueras del ruedo, y una primera tanda con la derecha, el tal Buscaplebes ya no quería entrar en combate. Iba y venía cansino, paradote, ayuno de casta y de interés por lo que en su entorno sucedía. Sin codicia y sin recorrido, no permitió al diestro arnedano  más que un pequeño intento de justificarse ante el público, el mismo público que se había enardecido con las galopadas infructuosas y que ahora reprobaba la actitud del torero, por demás justificada. Abúlico el toro. Descorazonado el torero. ¿Y ahora, qué? Podría murmurar Urdiales, cuando derribó al insulso toro de pinchazo y estocada. Ahora, nada. En Madrid y en este tipo de corridas, suelen suceder cosas como esta.

La verdad es que Diego Urdiales tuvo un lote pésimo, así, sin paliativos. Si el correcaminos descrito no le permitió más que insinuar su capacidad lidiadora, el primero de la corrida –un galafate cinqueño de casi 600 kilos—no tuvo ni un pase. Lo vio muy pronto Diego, porque tras unos pases por bajo y algún pequeño conato de pasar al toro en redondo, éste, el toro, se negó en redondo a embestir. Así que le pinchó reiteradamente, antes de clavar una estocada honda y recetar un par de descabellos. Fue la primera bronca de la tarde; pero ¿qué más se podía hacer con aquél gayumbo?

La segunda bronca no fue tal, sino meros chisporroteos de protesta cuando apareció en el ruedo el segundo toro, una auténtico chivete. Se oyeron no más de media docena de voces discretamente discrepantes. El becerrón de Victorino arreó estopa en varas y tomó dos de mucha dureza, lo que permitió un quite por gaoneras de Ureña, si no brillante sí de lo más ceñido. Poco a poco, aquél cardenito se fue revelando como un toro bravo y noble, embistiendo con gran templanza, al estilo de los saltillos mexicanos de San Mateo. Al temple del toro en su embestida añadió Alejandro Talavante la templanza de sus muñecas, dirigiendo con ellas varias tandas por ambos pitones que desataron un clamor en los tendidos. Bravo, muy bravo el toro, embistiendo con tal lentitud que exige un pulso especial para trazar las suertes, especialmente bellas y logradas la interpretadas con la mano izquierda. Faena de altos vuelos, solo deslucida por las dimensiones corporales del animalito. Eso sí, el trapío lo llevaba dentro, tan dentro que no quiso abrir la boca para que no se le escapara, ni siquiera cuando el Tala enterró el acero en su morrillo gris un cuando le cercenó la médula con un golpe certero de verduguillo. Oreja de peso, como se dice ahora. Oreja bien ganada. Y van tres en esta feria.

El quinto fue un toro feo y malo, abierto de cuerna y con el depósito de la  casta marcando la reserva. Descompensado de hechuras, se dejó pegar en dos entradas y tomó la muleta de Talavante con resignados andares, bobalicón y sin pinta de codicia. El torero tampoco se quiso dar coba y se lo quitó de en medio de media trasera, dos pinchazos y estocada eficaz. Le pitaron levemente.

El tercer toro de la tarde llevó la emoción –y la angustia-- a los tendidos—Fue, por prestaciones y por su desbordante bravura, el toro de la corrida. Encastadísimo y fiero, no permitía la más leve flaqueza al torero. Casi desmonta de la silla a Pedro Iturralde del primer empellón, y metió la cabeza debajo del peto, empujando con una fuerza descomunal.  A su arrogante embestida dio réplica Paco Ureña, en una faena que no podía tener reposo por la velocidad con que el toro repetía las embestidas. Un toro que se engallaba al comienzo de las tandas, pidiendo guerra. Hasta que llegó Paco, el torero, con la rebaja de su muleta y le bajó los humos al victorino en cuatro tandas con la derecha y dos al natural que encendieron de nuevo la Plaza de entusiasmo. Se tiró a matar o morir y enterró el acero hasta los gavilanes en el morrillo del toro. El público empezó a sacar pañuelos para conseguir, supongo, las dos orejas del encastado animal al más encastado todavía torero murciano, pero hete aquí que este ejemplar de la raza bovina es una rara especie, que se traga lo que haga falta –la muerte, incluso—con tal de no claudicar. Así que con la boca cerrada se rindió después de que sonaran dos avisos. La ovación al toro en el arrastre,  fue justa y clamorosa, como clamorosa fue también la vuelta al ruedo del torero.

El último de la corrida fue el más duro de la victorinada. Apretó en dos varas fuertes y consiguió que los banderilleros de Ureña dieran un verdadero mitin con los palos. Un mundo les costó colocar los cuatro reglamentario, eso sí, de uno en uno. Paco brindó al banderillero Valentín Luján y se fajó con el toro en una faena de gran exposición y poco premio. Cuanto más paquete tragaba el torero, más brusco y buscón se ponía el victorino, que terminó frenando las embestidas. Aquello acabó en tablas, con un  nuevo aviso y con media estocada caída y dos descabellos.

Decir por último que se puso el cartel de No Hay Billetes, con celebridades taurinas, del espectáculo  la política y el deporte repartidas por tendidos, barreras y burladeros del callejón. Victorino Martín tiene todavía mucho glamour y mucho tirón en la taquilla. Como ocurrió con Juan Pedro Domecq, no lidió la corrida que quería, pero salvó los muebles con un toro encastadísimo y otro de gran nobleza. Ah, y con un correcaminos que destapó su falta de casta en la muleta de un afligido torero, el pagafantas de la historia del tentadero mal entendida; es decir, de un malentendido. Así es la vida.

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