El zambombo llega a Sevilla

Desde el punto de vista morfológico el toro de lidia se divide en dos: el proporcionado y el desproporcionado. O lo que es lo mismo, el armónico y el desafinado, el de bellas hechuras y el deforme grandullón. Dícese que del vistazo echado por los supuestamente expertos en el escaparate natural del campo o en el de los corrales instalados al efecto en las Plazas donde habrá de lidiarse, se puede inferir el comportamiento del toro en el ruedo; es decir, que a la vista de su estampa (su tipo), se puede predecir su juego, lo cual es mucho decir, o mejor, mucho predecir; pero la gente del toro es (somos) así, temeraria en el pronóstico, presuntuosa en el saber. Vemos un toro bien conformado, peso acorde con su delineamiento corporal, bajo de agujas, de rizosa cabeza y brillante piel, fino de cabos, luenga cola, razonablemente bien armado y, además, de noble expresión –es decir, lo que los libros de biología animal definen como tipología esencial y prioritaria de un animal de esta naturaleza– y nos apresuramos a sentenciar: este no falla. Y resulta que falla, ¡vaya si falla! Después sale al ruedo y vemos, con dolor, cómo la bienintencionada predicción se precipita por las alcantarillas de la decepción. Y viceversa, contemplamos un toro de desmesuradas carnes, cuellicorto, patilargo y pezuñón , cornalón hasta decir basta, y protestamos: ¿Quién ha traído ese adefesio? Y, horas más tarde, va el adefesio y no se cansa de embestir. El toro de lidia, señores, es –afortunadamente—un misterio.

Dicho lo cual, hay que apresurarse a decir que, en ambos casos, la inmensa mayoría de las veces, la teoría suele sintonizar con la práctica. En la jerga taurina, se llama zambombo a ese toro que ha desbordado los parámetros de su linaje, del encaste de referencia. Pues bien, el toro zambombo también cumple la definición que se aplica a los zambombos humanos: es torpe de movimientos, zafio y vulgar. Se le podrá lidiar –bregar con él– en el ruedo o echar a las calles para divertimento del pueblo, pero no es apto para el arte del toreo.

Ayer, en Sevilla, los toros de Garcigrande arruinaron una corrida de máxima expectación. Tres de ellos, empujaron la aguja de la báscula por encima de los 600 kilos. Este es, desde hace ya muchos años, el toro que en carteles de relumbrón, no falla… ¡en los corrales! a la hora del reconocimiento. La empresa de la Maestranza hace tiempo que adoptó la medida de invitar al campo –a gastos pagados, por supuesto—a la autoridad supuestamente competente para elegir el ganado que cumpliera las exigencias de una Plaza de esta categoría. Así se evitaba el berrinche de los rechazos sistemáticos de toros en el corral, con baile permanente de camiones por la carretera. Toros para acá, toros para allá, hasta que por fin encontraron la solución: el zambombo.

Y ahora nos quejamos del disparate. Ahora la emprendemos con la empresa, los toreros, el ganadero, los veedores…, pero ¿saben ustedes cómo les llaman algunos conspicuos aficionados –y algunas plumas de medios de comunicación importantes– a los toros de la ganadería salmantina que ayer se anunció en Sevilla?: Garcichicos. En esas estamos.

Menos mal que El Juli supo aprovechar las primeras embestidas de sus toros y bordó el toreo a la verónica con una plasticidad y una cadencia pocas veces vista en este torero. Tomaban los garcigrandes la capa con viaje lento, andandito, y Julián les bajaba las manos y empujaba con el cuerpo para conducir la acometida y arrancar los oles más sinceros y unánimes del público. Lo repitió en los quites, y pareció que se iba a reventar en llevar la tarde de calle. Lamentablemente, su primer toro entregó pronto la cuchara y le costaba un mundo seguir el señuelo de la muleta; pero el quinto, largo y más vareado –555 kilos– picado lo justo pero impecablemente por José María Barroso tuvo más brío en los primeros compases de la faena, principada con unos dominadores doblones rodilla en tierra, de rancio sabor y notable eficacia. El toro no siempre respondió a los cites con prontitud y repetición, pero El Juli le entendió a la perfección, logrando de cuando en vez muletazos de bella expresión y largo recorrido. Se extendió demasiado en la faena –se veía su afán por desorejar al toro—y después de un estoconazo entregándose, el animal se amorcilló junto a las tablas, demorando el certero golpe con el verduguillo. Sonó un aviso, pero ello no impidió que se le concediera la oreja, pedida por indiscutible mayoría. Un premio que hacía justicia a su capacidad lidiadora, su entrega y al recital capotero que ayer regaló al público que abarrotaba la Maestranza, soportando y pertinaz y molestísimo aguacero.

Morante, con dos zambombos enlotados hizo lo que buenamente pudo, esto es, intentar torear lo que le permitieran los bóvidos de amorfas embestidas que tenía delante.   A la salida de la Plaza una señora comentó. Morante no ha hecho nada. ¿Y qué iba a hacer? ¿Arrimarse con pundonor? Morante no es un torero pundonoroso, un profesional de la Tauromaquia. Morante es un artista de pincel exquisito. No le va la brocha gorda.

Tampoco Talavante pudo responder a las expectativas. Se puso en seguida a torear en redondo al tercer toro para aprovechar el raquítico caudal de embestidas que prometía su comportamiento. Y así fue. Tres o cuatro tandas, con el animal perdiendo recorrido y a matar. Peor el sexto, que no tuvo un pase.

Resumen: los zambombos no embisten. No suelen embestir, vamos. A ver si a fuerza de repetir esta sintomatología que marca ruina se enteran los aficionados de que el trapío del toro bravo es independiente del tonelaje. A Sevilla le han acabado metiendo el buey en los corrales y en los chiqueros. Lo triste es que no faltará quien jalee tan lamentable contingencia. Convénzanse: habrá zambombos que sean un dechado de bravura y embistan por derecho, pero son excepción.

También en el cuento de la Bella y la Bestia, este último era buena gente. A primera vista, nadie lo hubiera dicho.