Corazón de torero

Cabalgando sobre la espléndida pluma de Chaves Nogales, aseguraba Juan Belmonte que el día que se torea crece más la barba. El miedo, es el culpable de tan insólita alteración del normal crecimiento de pelo en el rostro varonil. Debe ser verdad tan curioso aserto, porque así lo confirman cuantos toreos fueron preguntados acerca de esta cuestión.

Sea como fuere, lo cierto es que las constantes sicosomáticas de quienes van a jugarse la vida en plena juventud tantas veces a una hora determinada, deben alterarse de forma fluctuante y galopante, por mucha serenidad que aparente ese espécimen humano que es el torero. Y es que registrar y administrar un aluvión de emociones a la vez y en tan corto espacio de tiempo debe ser una dosis brutal para las constantes vitales del cuerpo, por muy jóvenes, también, que sean los órganos que las producen; por tanto los efectos de ese desgaste, de esa erosión permanente que –imagino—supone la ventolera que levanta la continua cercanía de la muerte, y el acoso a que se ve sometido por el público de toros –ese dragón veleidoso, que decía El Tío Caniyitas— tarde o temprano terminan por manifestarse de forma visible, incluso tangible.

A este respecto, hay un dato que corrobora –que certifica– lo fehaciente del trauma que soportan quienes se enfrentan al toro en la Plaza: los toreros encanecen muy pronto, la mayoría cuando apenas han llegado a la cuarentena. El dato me lo reveló Sebastián Palomo Linares en el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Valladolid, en una feria de San Mateo de finales de los años 70, cuando le acerqué aquellos armatostes que manejábamos los periodistas incipientes para grabar las entrevistas a los protagonistas de la corrida y pregunté, sorprendido por la blancura de su abundante cabellera:

–¿A qué se deban esas canas tan prematuras, Sebastián?, inquirí sin ánimo de ofender, pero sin cortarme un pelo.

Es el miedo, amigo mío: a los toreros el miedo nos pone el pelo a punto de nieve, me respondió Palomo, sin echar cuentas de mi involuntaria impertinencia.

Sin embargo, tengo para mí que lo de las canas no deja de ser anecdótico; lo que deber ser terrible es el trabajo, el esfuerzo, que ha de soportar el corazón de los toreros en días de corrida. Un corazón de torero no puede ser un corazón normal. Tiene que tener pericardio de doble cuerpo, aurículas y ventrículos de generosa amplitud y, en general, una masa muscular bien respetable. Ya lo dijo el músico que compuso el pasodoble al torero alcalaíno de Madrid Luis Gómez El Estudiante: Con ese corazón de torero que tiene usted…, encontrando, sin quererlo, el lema de la animosa partitura.

A un torero de mi generación, Sebastián Palomo Linares, le ha fallado estrepitosamente el suyo: su corazón de torero. Varios infartos, anginas de pecho o como diantres se llamen los fallos cardíacos en la jerga enrevesada de quienes practican la medicina de nuestro tiempo, han llevado al quirófano a este Palomo que tan alto voló en plena juventud… para sucumbir en esa jaula que forma el enjambre del multicableado de la UCI, tras la cirugía invasiva de una operación de no menos alto riesgo.

Ha muerto Palomo. Así, sin anestesia, se nos comunicó la noticia cuando el sol de abril calentaba desde lo más alto la media mañana del mes de abril. Noticia medio falsa, porque, en realidad, era una muerte anunciada, pero no certificada hasta la mediatarde. La premura que acelera la ansiedad por capturar la primicia en el periodismo, suele deparar estos revolcones a los devotos de un estúpido primicismo. Palomo, lo diga quien lo diga, murió cuando los médicos que le asistieron certificaron formalmente la fatal noticia. Ni antes ni después.

Ahora vendrán los practicantes del elogio póstumo a improvisar obituarios envueltos en un falso plañiderismo. Probablemente, aquellos que se apuntaron al acoso y derribo del torero que hizo historia al cortar el último rabo concedido hasta el momento en la Plaza de Las Ventas. ¡Cómo recuerdo aquella efeméride! Aquél crespón en la delantera de andanada, aquéllas diatribas del desalmado de turno, aquella visceralidad hacia un premio que se había otorgado a las grandes figuras de épocas pasadas, principiando por el que paseó el novillero Pepe Valencia de un utrero –¿o era cuatreño?—de Pablo Romero y acabando por el rabo que se ganó Curro Caro; o el que entre medias cortó Alfredito Corrochano, el torero contertulio favorito de mi compañero Andrés Amorós. Un montón de rabos se cortaron en Madrid, sin que nadie dude la gloria de sus ilustres cortadores: Belmonte, Marcial, Manolo Bienvenida, Lorenzo Garza o El Soldado y algunos más que podrán buscar ustedes en ese espabilaburros de la moderna cibernética llamado Google. ¿Acaso temblaron los cimientos de la Plaza de la Carretera de Aragón o la de Las Ventas?   Pues, en el caso del rabo que Palomo Linares paseó del toro Cigarrón de Atanasio Fernández, se desató un tsunami de tales proporciones que, al parecer, aceleró la muerte del presidente de aquella corrida memorable, el señor Pangua, que en paz descanse.

Sebastián Palomo Linares fue paradigma de lo que pudiéramos llamar torero de raza. No se dejó ganar la pelea jamás, ni dentro ni fuera del ruedo, siendo capaz de disputar el triunfo en el ruedo a la baraja de toreros más importante del siglo XX –Viti, Puerta, Camino, El Cordobés– y de engallarse con uno de ellos, en directo, ante millones de espectadores en uno de los programa más célebres de la Televisión Española.

Conocí a Palomo en plena ascensión al triunfo, con su flequillo rebelde de mozuelo que no quiere perder la hierba de su boca. Lo traté de cerca. Jugué con él al mus en Alameda de la Sagra y acabé compartiendo partido de golf, juego en el que ambos no pasábamos de cortar una orejilla ratera. Pero no puede decirse que fuéramos amigos, porque nuestra relación, desde su primera etapa como matador de toros hasta el otro día que coincidimos en una cena, era tan afectiva como puntual.

Me duele su muerte, porque la muerte cuando es sorprendente y traumática te pega un calambrazo difícil de neutralizar. Le ha fallado su corazón de torero enrazado, de jaque en guardia permanente que defiende la fama y el prestigio que tanto le costó alcanzar. Y la gloria, a la que se ha ido derechito, con la mochila de su leyenda bien cargada y afirmada a la espalda.