Las palmas, para Adrián

Domingo de Ramos, el que no estrena nada no tiene manos, dice un refrán de mi tierra; pues bien, éste del año 17 de nuestro nuevo siglo estrenó empresa de la Plaza de Las Ventas y regaló al aficionado un día primaveral, de sol espléndido, sin viento perturbador y un cartel atractivo para quien sepa de qué va la vaina: toros del ganadero más famoso de todos los tiempos y tres matadores con hojas de servicio bien diferentes, pero interesantes todas ellas. Ambientazo. Ganas de ver toros y toreros en Madrid, solamente enturbiadas por la triste noticia del fallecimiento del niño Adrián Hinojosa, en la tardenoche del día anterior. El minuto de imponente silencio y la ovación no menos imponente fue un preámbulo sobrecogedor, en tarde de expectativas. Las primeras palmas, pues, de este domingo tan palmero que precede a la Semana de Pasión, fueron para él.

Unas expectativas que se fueron difuminando conforme discurría la corrida, unas veces porque los toros se pusieron a la contra y otras porque los toreros no terminaron de dar el paso definitivo, de cruzar ese rubicón que, a veces, es difícil de vadear, pero que ofrece una confortante recompensa cuando se alcanza la otra orilla.

Cierto es que el joven Gómez del Pilar se tiró de cabeza al agua de la incertidumbre nada más deshacerse el paseíllo, yéndose a porta gayola para saludar al primer victorino de su lote. Esto de la portagayola, ya saben, no deja de ser una declaración de intenciones, pero también un albur innecesario. Las intenciones –el afán de triunfo–, como el valor en el soldado, se le suponen al torero. El toro apareció en el ruedo y el muchacho salió medio decentemente del trance, librándose de un percance de verdadero milagro. Comprendo que estos toreros que tienen hambre de triunfo han de aferrarse a cualquier circunstancia que pueda depararles el favor del público, pero como decía el célebre cómico: si hay que ir, se va; pero, ir pa ná es tontería.

Otra tontería que suele aparecer en este tipo de corridas, llamadas toristas, es el empeño de un grupo de espectadores en que se coloque al toro en la suerte de varas a una considerable distancia del caballo en el primer puyazo. Eso no se hace ni en los tentaderos. Primero, hay que comprobar el celo y el empuje del toro, y después, se le va alejando del cite, cuantas veces fuere necesario, incluso utilizando el regatón de la vara, para no abundar demasiado en el castigo. Esa es la cuestión; pero en esta Plaza se ha creado un estado de opinión absolutamente desnortado, como el de aplaudir desaforadamente el recruzamiento del toreo ante la cara del toro, plas, plas, plas, plas…sin que todavía el toro haya entrado en la jurisdicción del torero para ejecutar la suerte. En Madrid, por lo visto, se ovacionan atronadoramente los pasos, y no los pases. Ver para creer.

En esta tesitura nos encontramos en el primer toro de la corrida, con el tostonazo de contemplar cómo el cornúpeta miraba de lejos al piquero y su caballo, mientras el hombre se desgañitaba y no encontraba respuesta alguna del burel. Más de cinco minutos duró aquél bienintencionado intento. El toro debió pensar también en lo del célebre cómico aludido: ¿Ir, pa qué? Menuda pesadez.

Por lo demás, lo mejor de la corrida de Victorino fue la presencia del cuarto toro, un galán con toda la barba, cinqueño, de cuello y testuz rizosos, cornivuelto, con 631 kilos bien apretados en su prominente musculatura. Un torazo. Bosquimano, se llamaba. Ofreció una emocionante pelea en varas y Jarocho le puso dos pares de banderillas a cual mejor. Lo malo fue que el toro fue perdiendo celo y fijeza y que a Fandiño le descompuso un tanto aquella mole, porque solo se confió en algunos muletazos con la mano diestra, ya que el tal Bosquimano se le vino por dentro al primer cite al natural y el torero tiró la toalla para el resto de la faena. Y como tampoco encontró la medida y el busilis en el segundo de la tarde, que fue muy noble por el pitón izquierdo, pues habremos de decir con pesar que al torero vasco se le fue la tarde con esa hiriente insulsez que envuelve a los toreros en Madrid cuando no pasa nada y podría haber pasado.

Recuerdo con agrado la tarde del triunfo de Gómez del Pilar en su etapa de novillero en esta Plaza. Menudo lío formó el mozo. Un mozo con agallas y con aptitudes que, como tantos otros, tuvo que salir del solar patrio a buscarse los garbanzos por otras latitudes. Una corrida de Victorino en Illescas –creo– le proporcionó nuevo crédito, y aquí, en Madrid, se presentó ayer de nuevo, protagonizando la portagayoa descrita. Su primer toro, fue el más desaborío de la corrida, embistiendo cansino y artero, para buscar el tobillo a la salida de los pases, y el quinto, un victorino agalgado, fino de línea y de cuerna (protestado por comparación con el tremendo toro que le precedió) fue un toro desconcertante que tan pronto iba haciéndose el tonto como buscaba por allí algo que echarse a los lomos, tampoco le ofreció oportunidad para recordar pasados laureles. Habrá que esperar.

Lo mejor de la corrida de Victorino –¡qué cosas!—llegó con el sobrero de San Martín, un toro largo, arremangado de pitones, negro entrepelado, al que le quedaba menos de un mes para ser carne de matadero, por sobrepasar la edad reglamentaria para la lidia. Fue un almacén de nobleza, con dos garfios por pitones. Alberto Aguilar, que había tenido que tragar los arreones del victorino que hizo tercero sin apenas sacar nada en limpio, se confió en este toro, que nada más salir al ruedo despertó el interés de todos los presentes. Hasta una urraca remolona, entreplumada ella, le pasó revista con varias pasadas a ras de tendidos y de barrera, antes de darse el piro por las alturas. Y es que pronto se vio la templanza de su embestida, noble, dulce, larga, pausada, de las que recuerdan el viejo proceder de los saltillos mexicanos. Una embestida que hay que saber esperar y conducir con no menos templanza. Aguilar lo consiguió a ráfagas, empapándolo de trapo por ambos pitones y consiguiendo algunos muletazos de bello trazo, especialmente, los naturales, de uno en uno, con que finalizó el largo trasteo, tan largo que cuando pinchó le enviaron un aviso. Se tiró a matar o morir en el segundo intento y el toro le cogió de lleno, sin aparentes consecuencias, pero como hubo de descabellar, y le avisaron de nuevo.

Y así transcurrió la primera corrida que organiza la nueva empresa Plaza 1, título que parece reconocer y propalar la primacía de Las Ventas sobre las restantes. Bien está. Ahora, a esperar acontecimientos taurinos venideros. Amén.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas .Domingo de Ramos, primera corrida de toros de la temporada. Ganadería: Victorino Martín: Corrida bien presentada en conjunto, de desiguales hechuras, fiel al encaste, seria, musculada, bien armada, con dos cinqueños, jugados en cuarto y sexto lugar. Éste último, devuelto a los corrales por su manifiesta invalidez y sustituido por otro de San Martín, a punto de cumplir los seis años, largo y bien armado. De los “victorinos”, destacó el cuarto, que peleó con bravura en varas, aunque fue perdiendo celo y fijeza en el tercio final; difícil y avisado el primero, noble por el izquierdo el segundo, brusco y de intermitente acometida el tercero, incierto y sin codicia el quinto. El sobrero de San Martín, embistió con excelente son por los dos pitones. Espadas: Iván Fandiño (de espuma de mar y oro), estocada trasera y caída (Silencio) y pinchazo y estocada trasera (Pitos), Alberto Aguilar (de azul marino y oro), media estocada (Silencio) y pinchazo, estocada y dos descabellos (dos avisos y palmas) y Gómez del Pilar, que confirmaba alternativa (de azul turquesa y oro), casi entera tendida (Palmas) y pinchazo, otro hondo y estocada (Aviso y silencio). Cuadrillas: Destacaron picando El Patilla y Juan Melgar, y con las banderillas, Raúl Martí y Jarocho. Entrada: Más de tres cuartos. Incidencias: Se guardó un emotivo minuto de silencio por el fallecimiento del niño Adrián Hinojosa, en cuya memoria brindaron al cielo los tres matadores. Se cambió el turno entre el quinto y el sexto, por encontrarse Aguilar en la enfermería, aquejado de una lesión de costillas. Gómez del Pilar brindó a sus padres el segundo toro de su lote. Tarde primaveral, de excelente temperatura.