Qué suerte he tenido!...

Parece ser que en el pensamiento de Juan Belmonte fue anidando, poco a poco, la idea de que el toreo es, ante todo, un ejercicio de orden espiritual; porque parece ser, también, que el único mortal que osó entrar de lleno en tan insondable y arcano reducto –el del pensamiento de un genio—fue el magnífico escritor y periodista Manuel Chaves Nogales, que tuvo a bien recopilar, y afortunadamente expandir, la profunda filosofía de quien marcó la pauta del futuro del arte de enfrentarse al toro: cuando toreas, olvídate del cuerpo.

Como la mayoría de quienes tienen la paciencia de leer lo que periódicamente voy pergeñando en el improvisado, pero sólido, ruedo de este Blog que revolotea por las redes sociales, hago frecuentes referencias a la América taurina, la América más hispana de cuantas se dan en el mundo, la que más españolea –con excepción de los inevitables radicalismos--, la que más disfruta y se emociona con el toreo, la que en un tiempo ya demasiado lueñe fue el foco de atención de los aficionados a la fiesta de los toros cuando por acá empezaba a dejarse sentir la friura de las canales.

Suele ocurrir que las noticias taurinas que llegan acá, procedentes de allá, son recibidas con cierto escepticismo por quienes no han tenido la fortuna de presenciar in situ lo que ocurre en los ruedos hispanoamericanos. Para los opinadores de lo desconocido, por lo general, los triunfos de los toreros a tantos miles de kilómetros de distancia invitan a la reticencia. Toman el lejano plato del suceso con notable precaución, con el retintín del lego, y enseguida se guardan para sí, el rebojo de pan de la incredulidad. Que si el público, que si el toro… Hacen revivir la España noventayochista de Antonio Machado, esa que desprecia cuanto ignora.

Antaño, cuando las noticias de América llegaban con varios días de retraso –acaso semanas--, se comentaban los acontecimientos taurinos, para bien o para mal, con parecido énfasis al empleado durante la temporada española. Recuerdo el fracaso de   Manuel Benítez El Cordobés en la plaza de El Toreo mexicano y su apoteosis posterior en La México. O los aldabonazos de Paco Camino en ambos escenarios y su episodio –con cárcel incluída-- en Lima, donde era idolatrado como pocos, o la consagración del Niño de la Capea, cuando se hizo consentido del público mexicano. Y tantos y tantos toreros que fueron protagonistas invernales al otro lado del Atlántico, que es mucho lado, por cierto. Todo esto, lo pude leer en la revista El Ruedo, o las más cercanas para mí, Fiesta Española y El Burladero. Todo esto no eran sino referencias que nos habíamos de creer, sí o sí, las gentes de buena fe, tal y tan fuerte era el rumor que producían sus lecturas. Nos hacían creer de oídas

Las cosas han cambiado notablemente, en todos los sentidos. Ahora, me puedo quedar hasta las tantas de la madrugada y pegarme una panzada nocturna de toreo. Entro en Internet y veo la corrida. Así de sencillo. Hasta la puedo ver en el Smartphone, que es, en este momento, el sumun de la tecnología audiovisual. Los toros vistos y oídos en el teléfono. Cosa del diablo, sin duda.

Por unos u otros procedimientos, hemos tenido cabal conocimiento –la noticia en vivo y en directo—de lo que ha ocurrido en Lima y México D.F., recientemente. Hemos podido apreciar el elegante señorío de Ponce en plena sazón de su magisterio, la explosividad del arte despacioso de José María Manzanares, la insultante intrepidez, desparpajo y torería de Roca Rey…, en fin, lo que se cuece y discurre, para bien o para mal, por el cotarro taurino en aquella América de la que me enamoré hace más de veinte años.

En este momento, hace nada, acabo de ver torear a Morante en La México, y me van a permitir que me deje llevar por la melancolía.

Hace unos pocos días un aficionado colgó en su cuenta de twitter algunos párrafos que escribí de un mocosuelo de la Puebla del Río, cuando lo vi torear por primera vez en las Colombinas de Huelva. Desde aquello, han pasado veinte años. Entonces me cautivó, y tuve la osadía de decir que toreaba como los ángeles, aquellos ángeles que, según Rafael Duyos, le hacían palmas a Pepe Luis Vázquez. Vaticiné que sería figura del toreo ¿Cabe mayor riesgo, mayor desafío a los avatares de este difícil – a veces impenetrable— juego de vida y muerte y, por tanto, mayor abocamiento al batacazo?

He tenido suerte. No la suerte de acertar, sino la suerte de vivir de cerca la evolución de un torero de privilegiadas condiciones para extasiar con su concepto del arte a quien tenga la capacidad de asimilarlo o simplemente a quien tenga unos gramos de sensibilidad. Morante torea desde dentro, haciendo extroversión de lo que siente, como el cantaor que se rompe en la intimidad del cuarto. Interpreta al dictado de la inspiración. No tiene partitura, ni cánones, ni reglas ni formulismos atadores y atávicos que impidan que su expresiva forma de torear se transubstancie en joyel. Le he visto recibir al toro junto a las tablas, entablando con él un minué por chicuelinas, o sacarlo a los terrenos de afuera con una danza genial, andándole al toro con la batuta de su muleta, como dicen que toreaba Domingo Ortega, pero no a palo seco, como aquél labrantín de Borox, sino con música, la música callada que Bergamín aplicó a Rafael de Paula. He visto cómo toreaba en redondo, y me recordaba lo que me contaron en México que hizo Silverio Pérez con el toro Tanguito de Pastejé. He visto cómo remataba las series con molinetes de piernas encorvadas o volatines de la tela roja sobre el testuz del toro, como hizo Rafael el Gallo con el toro que le brindó a la Guerrero en la Maestranza de Sevilla. He visto cómo se congeniaba con un toro de Teófilo Gómez hasta fundirse con él, como los amantes en el tálamo al borde del orgasmo. Y he podido oír el genuino clamoreo del público mexicano cuando se entrega sin reservas. Ninguno como él para ofrecer pleitesía a sus ídolos. El morantismo ha echado raíces en Insurgentes. Los aficionados de aquél maravilloso país –excelentes y vehementes aficionados— se han rendido al arte indescifrable de Morante de la Puebla, un torero que torea sin el cuerpo. Torea con el alma. He ahí su misterio Por eso está descatalogado.

Todo esto lo he visto esta madrugada, gracias a las ondas espaciales de la cibernética de nuestro tiempo. Todavía permanecen mis ojos espetellados. No tengo sueño y me he puesto a escribir, también al margen del cuerpo. Las crónicas dirán que Morante ha cortado dos orejas. Me importa un rábano que no le dieran el rabo, pedido clamorosamente.

Me importa, sobre todo, poder constatar, una vez más, la ventura de haber sido aventurado premonitor y notario verbal de un artista singular, un genio del que quedé prendido y prendado hace veinte años.

¡Qué suerte he tenido!