El Planeta, se mascotiza...

Leo en el suplemento semanal del diario El País que convivimos con más de ¡mil millones! de mascotas. Entro a desmenuzar la información y me encuentro con un entramado, una red industrial, que se está convirtiendo en un negocio en expansión de proporciones imposibles de predecir, dado el auge exponencial que experimenta. Cada vez hay más y más y más empresas que se dedican a la crianza y venta de animales para que el hombre (y la mujer) pueda solazarse con su cercanía, hasta convertirlos en un elemento integrador de la familia. Y al tal elemento, le han bautizado –todavía no por la Iglesia, que se sepa—con un nombre genérico y, también, integrador: Mascota.

Pero, en puridad, ¿qué es una mascota?

De toda la vida, con el nombre de mascota era conocido el artilugio o amuleto que se metía en el bolsillo o se colgaba al cuello para que ejerciera de beatífico sortilegio, de instrumento neutralizante que espantara supuestos maleficios, como los brebajes del chamán o las invocaciones del vudú. Aquí, el de la firma, ha conocido gentes en mi pueblo que llevaban a buen recaudo un pequeño astrágalo o taba de rumiante que le protegía de todo mal, o un pedazo de raíz de no sé qué árbol milagroso que curaba las almorranas. Y, al parecer, ¡funcionaban! También se identifica con la mascota, el chacó de ala flexible que se tocaba chulescamente hacia un lado de la frente el usuario habitual, verbigracia Ignacio Sánchez Mejías. Pues, bien, ambas definiciones han quedado obsoletas.

De un tiempo a esta parte ha sido tal la proliferación del término mascota, que el diccionario de la RAE no ha tenido más remedio que incorporarle una nueva acepción: animal de compañía. Lo ha incorporado porque las gentes del común –y los del negocio referido-- así lo han querido. (En la RAE manda –a mi juicio de forma intolerablemente excesiva—lo que se dice mal por ahí, más que lo que se debiera decir bien, al punto de doblegarse ante la amóndiga de Belén Esteban).

Reconozcámoslo: el mundo está invadido por las mascotas. Se podía hacer de ello una película, pero con los animales como gozosos compañeros de viaje, no en plan mal agüero, como Los Pájaros de Hitchcock. Ya apuntó maneras Walt Disney, cuando nos hizo creer a los niños (y no tan niños) lo simpático que era el leoncito y lo amoroso y tierno que era el osito, ocultándonos arteramente la cruda realidad: el interés de aquél por la inocente gacela, para comérsela, y del abrazo del este al excursionista montaraz, para quebrantarle los huesos antes de meterle el diente. Una ocultación que deparó al bueno de Disney una fabulosa rentabilidad.

Sin embargo, fíjense, a mí no me importa que las cosas agrias del mundo, la ingratitud de la vida, se pasen por alto, se obvien a la vista de un niño. No hay nada que más me emocione que el extasío de la inocencia. La fábula y la fantasía deben ser ingredientes que ocupen y ayuden a desarrollar la imaginación infantil, el mundo paradisíaco en que se desenvuelven. Ya tendrán tiempo –la crueldad innata de la vida-- de darse cuenta de su irrealidad.

Por tanto, me parece estupendo que existan lugares como Eurodisney o Disneylandia. Y que los niños sigan acudiendo a ellos de forma masiva, antes de sufrir, por sí mismos, el desencanto de tan dulce superchería. Pero lo que me parece peligrosamente expansivo es la galopante proliferación del mascotismo, esto es, la utilización de los animales como suprema referencia del bien-hacer de la Humanidad, al punto de llegar a poner por delante su atención para con ellos sobre cualquier horrible calamidad que aceche a los humanos.

La diana favorita para vindicar este desaforado animalismo es la Tauromaquia. No voy a entrar ahora en argumentos que traten de sofocar el permanente ataque incendiario a que se está viendo sometida. No vale la pena, porque el agua del caldero se convierte en gasolina para la militancia antitaurina, tal es la paranoia virulenta y el barbarismo con que a veces contraatacan. Es tiempo perdido Para probar que no exagero, baste recordar el comentario registrado en twitter, hace poco más de un mes, en el cual una pájara de cuentas le mandaba un mensaje horripilante a un niño de ocho años, enfermo de cáncer e ilusionado con ser torero. Se lo recuerdo: Que se muera, que se muera ya. Un niño que quiere curarse para matar a herbívoros inocentes y sanos que también quieren vivir. Anda yaaaaa! Adrián, vas a morir. No es la única parrafada de similar jaez que se acurruca en la covacha multiusos de las redes sociales, muy al fondo, en el muladar donde la cobardía brujulea en busca de la impunidad. En esta ocasión, no la ha encontrado, porque la Guardia Civil ha detenido a dos de estas bestias tuiteras, una de ellas, probablemente, la firmante de la iniquidad referida. Y continúan las pesquisas para castigar –ojalá severa y ejemplarmente—a los integrantes de esta plaga que hace dudar de su condición de seres racionales.

Volviendo al asunto: parecer ser que los americanos han gastado en un año más de cincuenta mil millones de dólares en mantener sus mascotas. ¡Cincuenta mil millones! Pues me parecen pocos, teniendo en cuenta que la mascota se está convirtiendo en la unidad familiar que precisa mayor atención, a saber: alimentación específica, control médico-veterinario frecuente, paseos periódicos y constantes, vestimenta ad hoc, manicura, peluquería, baño y masaje, limpieza dental…

Se ha llegado el caso de recomendar la tenencia de una mascota porque el contacto con ella favorece la creación de bastiones defensivos en el organismo de los niños, mediante el trasvase de microbios específicos de los animales para crear anticuerpos –así, es posible que los niños, angelitos míos, se hagan resistentes a las garrapatas—y crean hábitos para combatir la obesidad, mediante los paseos con ellos –los animales-- diarios y habituales. Lo recomienda, naturalmente un Consorcio constituido en Fundación, en el que están involucradas empresas que fabrican alimentos específicos para mascotas.

Y, digo yo, ¿no estaremos traspasando las líneas rojas de un comportamiento razonablemente correcto con los animales domésticos? ¿No habremos entrado en un trastorno bipolar de paranoia incontenible? ¿No hay otras cosas en el mundo que precisen una atención solidaria y perentoria? ¿Nos estamos volviendo locos, o qué?

Hace unos pocos años, en la conferencia que pronuncié en la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, alerté del tema con una frase que ha hecho fortuna –la ha repetido recientemente Victorino Martín--: estamos humanizando a los animales y animalizando a los humanos. No quiero hacer ciencia-ficción con una cuestión que tanta preocupación debe generar, pero quién sabe si en un futuro más o menos lejano los animales habrán conseguido algún puesto importante en Consejos de Administración, prebendas en la Seguridad Social y el derecho al voto. De momento, se está trabajando en la personalización del perro, antes de comenzar la perrunización del hombre. Todo se andará.

Para entonces, quizá, la Tauromaquia seguirá vigente si los que la entendemos y la amamos no nos empeñamos en inmolarnos desde dentro. La mascotización del Planeta es una marea imparable. Increíble por insólita y vergonzante por disparatada. Pero imparable. Qué vida ésta, Dios…