Victorino, mi amigo

A Victorino le han premiado, una vez más. A Victorino le han reconocido su valiosísimo aporte a la Tauromaquia con la concesión del Premio Nacional por su excepcional temporada de este 2016 que agoniza, taurinamente hablando. Victorino es, sin duda, el icono más preclaro –tácitamente así reconocido, incluso, por sus propios compañeros de fatigas–, el punto de inflexión elevado a perpetuidad, en la sacrificada tarea de criar toros de lidia, que es tanto como decir el magistral voleador de la semilla que hace brotar en el surco de la dehesa, entre encinas, olivos, fresnos y alcornoques, la espiga fuerte y galana de la casta brava, esto es, el pan del que se nutre –sustancia vital– la fiesta de los toros.

A Victorino le conocí hace un porrón de años, cuando me afanaba por sacar adelante mi titulación de arquitectura técnica y hacía mis pinitos en la información taurina. Era entonces Victorino un tipo simpático, un espécimen rural con vocación transgresora que platicaba con verborrea incontenible sobre la configuración del tipo de toro que necesitaba la Fiesta para ejercer de revulsivo vindicatorio de su grandeza. El tipo de toro era, naturalmente, el suyo, aquél   toro que despertó en mi cuerpo flaco y juvenil los livores del miedo cuando lo tuve a tiro de piedra en su finquita de Galapagar. Aquéllos toros anchos y redondos de grupa, hocico afilado, ensillados de lomo, de mirada agresiva y penetrante, pieles cárdenas y cuernos agrisados y buidos espantaban a cualquiera, y Victorino se los ofrecía a la empresa de la Plaza de Madrid, para quien quisiera algo con ellos, a precio de saldo. O incluso, en un ejercicio de temeraria seguridad en su esplendoroso juego, gratis, si falta hiciere.

En aquél tiempo, ambos íbamos por Madrid, cada cual con su hatillo al hombro: el uno, con la mercancía de sus feroces toros, el otro con la inconcreta vaciedad de una carga de ilusiones en los primeros pasos de mis letras taurinas. Nació entonces entrambos una especie de comunión fraternal, una sólida amistad que fue anudando la voluntad de dos aventureros a quienes la notable y notoria escala de la edad no pudo empecer la cristalización y limpidez de sus ideales.

Por estas y otras muchas cosas que el correr de los años –y el Destino– ha querido mantener y potenciar, dentro de dos actividades bien distintas, pero ejercidas en el mismo campo de acción, me produce una inmensa satisfacción que mi muy querido amigo Victorino Martín Andrés haya sido galardonado con el Premio que a nivel nacional concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, por su incomparable trayectoria como ganadero de reses bravas y, también, por la protección del valiosísimo patrimonio ecológico que encierra la Tauromaquia.

Esto último, lo del patrimonio ecológico, me parece de suma importancia, porque ya va siendo hora de que se reconozca pública y oficialmente la ingente, sacrificada e injustamente valorada labor de los ganaderos de bravo españoles. ¡Cuánta injusticia y cuánta vileza se derrama sobre ellos! ¡Qué más quisieran los ganaderos, que sus toros salieran fuertes, bravos y poderosos, encastados y nobles! ¡Qué más quisieran! El laureado profesor Cesáreo Sanz Egaña sentenció hace ochenta años que el toro de lidia es la aportación más importante que han hecho los ganaderos de este país a la zootecnia universal.

Ahora bien, a Victorino, como a sus toros, hay que echarle de comer aparte, con perdón. Victorino lo ha tenido claro desde el primer momento: ha sido fiel a sí mismo, a su filosofía y a su concepto del toro de lidia. Ante todo, mantener la tipología del encaste Albaserrada, sin preocuparse de las modas o de las exigencias de la torería andante. El toro, su toro, tiene que tener, ante todo, personalidad, en presencia y en esencia. Y así, manteniendo una línea imperturbable, una derechura pétrea de conceptos, y una capacidad de aguante increíble, ha creado una ganadería emblemática, envidiada y codiciada por sus colegas, respetada por los toreros y demandada por los aficionados. ¿Qué más se puede pedir?

Es bien cierto que, en una trayectoria tan increíblemente exitosa, tan plagada de triunfos resonantes, tan esplendorosa y tan dilatada, ha jugado un papel fundamental su hijo, el Victorino más refinado, más culto, más preparado académicamente, pero no menos trabajador y menos enamorado del campo bravo y de sus toros. En esos temas, padre e hijo andan a la par; pero el vástago ha aportado al arte de criar reses bravas –arte, es, no lo duden—el estudio de un proceso alimenticio peculiar, genuino, no transferible –lo mantiene en secreto—y un manejo excepcional del ganado. Era, con toda seguridad, lo que necesitaba el viejo Victorino para culminar su obra magistral.

En mi libro Los Toros Contados con Sencillez, al tratar el tema  del toro de lidia, dediqué a Victorino Martín un capítulo especial, declarando sin ambages que es el mejor ganadero del siglo XX. Añado ahora: y también del XXI, si nadie lo remedia, con lo cual resuelvo que es el mejor criador de toros bravos de la Historia de la Tauromaquia.

Me complace evocar ahora los felices días vividos junto a aquél tipo socarrón con quien recorría las tascas de Los Madriles de finales de los años 60, por las calles de La Victoria, La Cruz o del Príncipe, tapeando y chateando, sintiendo de cerca el vigor con que defendía un proyecto ganadero que marcaba ruina, el centelleo del diente de oro de su sonrisa y las mil y una anécdotas que adornaban sus vivencias de lechería, sus andanzas por los pueblos de la sierra de Madrid aledaños a Galapagar, el periplo que recorría para llevar el ganado por majadas y veredas, atravesando el Prado del Rey –donde después se levantó el edificio de la primera televisión española—para llegar a las cancelas de La Muñoza… Era todo un personaje, lleno de vitalidad.

Aquélla vitalidad de mi amigo Victorino ha ido mermándose, paulatinamente. La vida es así de cruel. Hace unos meses, en Valladolid, me pareció detectar que no me reconocía con el afecto de siempre, pero de inmediato recobró su energía habitual y me estuvo dando palique un buen rato.

Lamento que estos reconocimientos –hace un par de años, creo, también recogió la Medalla al Mérito en las Bellas Artes—no se hayan producido cuando el galardonado estaba en plenitud de facultades, para que pudiera comprobar en su justa dimensión la gratitud y la ovación atronadora que le dispensa toda la afición taurina, y la pleitesía que le rinden todos los estamentos de la fiesta de los toros. En el fondo, no importa, porque la palmaria realiada es que  Victorino, mi amigo, acabó siendo el mejor de todos los tiempos.

Que sus legatarios, hijos, nietas y biznietas, tengan bien claro que tienen en sus manos un patrimonio inconmensurable. El tesoro del más grande entre los grandes. Per saecula saeculorum. Amén.