¡Ay!

Cuando faltaba un cuarto para las seis de la tarde, Eugenio de Mora, engallado, arrogante y temerario, ensució de arena terrosa la blanca seda de su impoluto vestido bordado en oro a la altura de las rodillas, por la parte interior, esa que esconde los meniscos, que es como si dijéramos, la femoral de los […]