Cuando Adrián se cure...

Enciendo el ordenador a sabiendas de que otro incendio me abrasa las entrañas. Me devoro por dentro porque la mente me niega la manguera de la prudencia y el agua bendita del buen juicio. Estoy quemado. Mal asunto. Miro el blancor de la pantalla y la tableta cuadriculada del teclado y no acierto con el orto que encabe el asunto que está llenando espacios y páginas en los medios de comunicación. Cuando la indignación sobrepasa las cotas de una razonable vehemencia, de repente, te ves paralizado, aturdido, incrédulo ante el colmo que acaba de aparecer como nuevo ápice de la maledicencia humana: algunos ejemplares de nuestra misma especie desean la muerte a un niño enfermo de cáncer, por el mero hecho de manifestar su gusto por la tauromaquia. Qué quieren que les diga, no sé por donde empezar.

Sin embargo, a pesar de la quemazón, de la incandescencia de las brasas de la ira que me invade, paso a cumplir con el modesto imperativo de hacerme eco de la horripilante noticia que se ha convertido en asunto nuclear desde hace apenas cuarenta y ocho horas: unos hijos/as de mala madre atacan a la tauromaquia poniendo por diana a un pobre niño de ocho años, llamado Adrián, deseándole la muerte por hacer público su sueño de ser torero y porque un ramillete de los héroes contemporáneos que le fascinan le han hecho un emotivo homenaje en la plaza de toros de Valencia, brindándole sus faenas y destinando la recaudación del festejo a las arcas de la Fundación de Oncohematología Infantil, para contribuir a la investigación del remedio que pueda curar esta terrible enfermedad que se resiste a soltar la presa de la Humanidad, entrando sin recato incluso en el tierno campo de la inocencia.

Insisto: no sé por donde empezar; porque si reproduzco los comentarios que se han vomitado en las redes sociales –algunos, por increíble que parezca, superan la aberración más aberrante--, temo que pierda los papeles. No incidiré, por tanto, en descalificar la protervia de los desalmados/as, porque no encontraría la descalificación adecuada para tanta pecina acumulada en el cerebro de mis –lamentablemente-- congéneres. No se ha inventado el antídoto formal para semejante veneno.

Sí habré de abordar el tema del soporte que lo inocula, porque me temo que la legislación vigente aún no ha encontrado la punición adecuada para este tipo de delitos y, por consiguiente, los delincuentes malvados campan a sus anchas por estos vericuetos de la cibernética, manejando los resortes que les amparan, borrando cuentas, cerrando muros, alegando plagios… y en definitiva yéndose de rositas.

Los jurisconsultos se llaman a andana. No hay base jurídica que exprese cabalmente el castigo para estos delitos. No la hay, por muchas vueltas que den los políticos que, supuestamente, debieran ocuparse de estas cuestiones. Nos dan capotazos por aquí y por allá, pero los delincuentes, los perversos, los maledicentes que insultan, degradan, injurian y destrozan con el arma de chateo o el tuiteo a personas normales, decentes e inocentes, han encontrado una guarida formidable y una opacidad confortable en el abstruso campo de la Red de redes, y en último caso en la salvación de responsabilidades echando mano de una tabla llamada Libertad de Expresión, muy del gusto de la judicatura moderna, tan preocupada ella por expandir su democrático horror a castigar la palabra, aún en el caso de que ésta fuera causa de un objetivo y gravísimo perjuicio.

Tenemos dos problemas: uno, que en este momento algunos de estos pérfidos sujetos están ocupando cargos importantes en la Administración Pública y dos, que los encargados de investigar, juzgar y fallar en consecuencia están lastrados por su ideología política. ¿Qué juez puede resolver un caso de procacidad en las redes sociales con la imparcialidad que se le supone, cuando el interfecto es correligionario? No importa, si la Ley hay que interpretarla, ahí tienen el clavo al que agarrase: Libertad de Expresión. ¿Y qué juez se puede resistir a aplicar, si lo cree oportuno, tan facilona jurisprudencia?

En aras de esa sacrosanta Libertad tendría yo derecho ahora a expresarme como me pide el cuerpo; pero no lo haré, porque, afortunadamente, todavía me queda en el depósito del cerebro la reserva del mínimo antidetonante que debe tener el combustible del vehículo de la opinión: el respeto. Pero ello no obsta para que pida a voz en grito un Código Penal que castigue severamente a esta sarta de cobardes que se refugian en el anonimato, a esta plaga de malnacidos que utilizan la Libertad para usarla con desvergüenza y zaherir sin recato o injuriar sin pruebas con la mayor impunidad. Que sepan de una vez –y cuanto antes-- que estas barbaridades, esta bestial forma de comportarse, este atentado permanente contra la ética, tiene como respuesta una pena de máximo rigor –cárcel y fuerte sanción económica, tanto al actor como al escenario en que se apoya--, y que la expresión no puede ser libre si daña la moral y lesiona gravemente –gravísima y letalmente, a veces—la integridad y honorabilidad de la personas. Esto no puede seguir así.

A pesar de lo antedicho, tengo esperanza en que la Justicia se desperece en este país y tome medidas para mensurar la delincuencia en las redes sociales. No solo el raterismo o el timo en las transacciones que en ellas se producen sino, fundamentalmente, en lo concerniente a los delitos que se cometen mediante expresiones teledirigidas a grupos sociales y personas físicas, presentes o ausentes. Y no quiero abundar en la figura de un niño de ocho años, porque se me revuelven las tripas.

Cuando Adrián se cure --que se curará-- y dentro de unos años mantenga su sueño de ser torero --que lo será si las circunstancias le son propicias--, podrá descubrir hasta donde puede llegar la vileza del género humano. Espero que para entonces el ordenamiento jurídico haya extirpado esta plaga calamitosa que ahora nos invade. O, al menos, la haya perseguido con las armas legales adecuadas.

De momento, querido niño, quédate con este momento maravilloso, con las vivencias de Valencia, con el cariño de las gentes del toro y de todas las gentes de bien, que somos inmensísima mayoría. Y con el paseo en hombros que te regalan los toreros. Y con la amorosa mirada que rubrica la sonrisa de todos ellos. Y con tu sombrero de ala ancha entre las manos.

Estás guapísimo.