Adolfos diabéticos

Siguen despertando expectación en Madrid los albaserradas de Adolfo Martín. La afición les espera, les recibe con agrado y les tolera deficiencias y claudicaciones como a ninguna otra ganadería, la de Cuadri incluida. El comportamiento de este exigente público, encocorado a veces hasta alcanzar el rigorismo extremo, se dulcifica con este hierro ganadero y, por emplear un término taurino, se vuelve pastueño y noble, dicho sea con todos los respetos. Solo así se entiende que no se amotinara contra la desgalichada figura del tercer toro, una raspita de generosa cuerna que hubiera propiciado la general repulsa, pero especialmente del grupo oficial que se ofrece en  rebeldía permanente. Y, sin embargo, solo se oyeron algunas protestas, puntuales y tímidas, hasta consumar el indulto del infamante puntillazo en los corrales, dejando en el ruedo a un  inválido sin chicha ni limoná. Esta vez, los inquisidores habituales no dijeron ni mú. Como el pobre toro, que murió de dos inocentes pinchazos, sin decir esta boca es mía. Las cosas, como son: ni el encrespamiento premeditado ni el pasotismo servil. Ni tanto, ni tan calvo.

A los adolfos son tenidos por toros duros de pelar, de encastada bravura y nervio desatado. La casta brava que encoge el ánimo de los toreros y enerva el de los aficionados, la que genera apasionadas emociones. La esencia del toro de lidia, vamos. Ayer, sin embargo, ofrecieron un carácter tan bonancible que era pura bendición para los toreros. Ni un regate, ni un tornillazo, ni una picardía. Algunos apretaron con fijeza en varas, incluso fueron discretamente de largo, y se dejaron pegar sin aspavientos; pero, amigos, que boyantía, qué nobleza, qué recorrido, lento y humillado, tan dulce, tan dulce, tan empalagosamente dulce, que si les hacen una analítica en el reconocimiento post-mortem, probablemente encontrarían en la sangre un excesivo aumento de glucosa. ¿Serían diabéticos, los adolfos de ayer?

Sea como fuere, los toreros debieron agradecerlo, porque tanto Rafaelillo como El Cid, hasta se pusieron bonitos para ver pasar aquellas golosinas cárdenas en pos de sus muletas.

El murciano, Rafael, realizó un preciosista comienzo de faena por bajo al serio toro que abrió la corrida, arrastrando la tela por la arena y conduciendo el noble y entregado viaje hasta completar un largo trayecto. Después, lo toreó en redondo con reposo y jactancia, deleitándose, a veces, con el dulzor de este melón de final de temporada. Algo parecido ocurrió en el cuarto. A Rafaeillo debió parecerle insólito que el toro pasara y pasara por delante de él a paso lento, pero con la mirada fija en el engaño. Los pases fluían también a ese ritmo, pero la cosa no acababa de trasmitir emociones, a pesar de que el torero, al rematar las series, se volvía hacia el tendido y gritaba ¡eh!..., como solicitando bendición y aquiescencia para su labor muletera. Y entonces el público dejaba las charleta o el teléfono móvil y se ponía a aplaudir. Esta fue la tónica que se vivió en la Plaza durante la actuación de este menudo torero, valiente a carta cabal, que le mete el diente a los todos los hierros ganaderos, sin preguntar procedencia. Ayer, en Madrid, le sirvieron un postre placentero de primero y segundo plato.

El Cid tiene pendiente una reivindicación en esta Plaza. Su Plaza, por antonomasia, por mucho que ame y venere –que lo hace, vaya que sí-- a la Maestranza de Sevilla. Manuel es un torero de categoría contrastada que ha saboreado el triunfo en los más grandes escenarios del mundo; pero está –y lo sabe—en horas bajas. En un bache. Los baches en el toreo no son fáciles de salvar. Esta temporada la tiene medio enderezada, pero le falta el aldabonazo definitivo, el demarraje que posibilite su escalada a los puestos de arriba. Ayer podía ser el día. Si me embistieran los adolfos…, rumiaría el torero los días previos a la corrida. ¿Embestir? Ya lo creo. Con nobleza, ritmo y recorrido. ¿Cómo toreó El Cid? Pues con templanza, mando y empaque. ¿Y cómo mató? Con resolución, pero sin contundencia. Algunos muletazos por el pitón derecho fueron realmente espléndidos y, por momentos, pareció tener un triunfo gordo en el bolsillo; pero entre que en el segundo toro no se acopló con la mano izquierda y la espada quedó muy atrás, y que el quinto –el mejor de la corrida—se desfondó a mitad de faena, lo cierto es que la reivindicación está de nuevo en periodo de tregua. Dos fuertes ovaciones del público de Madrid confortan, pero…

Morenito de Aranda se las vio con el torillo inválido que el público quiso mantener en el ruedo y su actuación, poco a poco, se fue convirtiendo en un tostón. El bichejo de amuermada nobleza, pareció entregarse sumiso a una muerte digna y Morenito, vistas así las cosas, no tardo mucho en intentarlo. No precisó ni meter la espada. Tras dos leves agresiones, aquél cardenito entregó su alma bovina al dios Tauro doblando las manos, como un bendito. Con el sexto ocurrió algo parecido, con la salvedad de que fue el mejor presentado la corrida. Ahora bien, ¡que sosería de toro! ¡qué insulsez de embestida con la cara por encima del estaquillador! Morenito quiso componer la figura para ejecutar los pases, pero era tal el absurdo de intentar torear a un adormecido tontorrón, que el de Aranda, con buen criterio, desistió.

De todo lo dicho se deduce que los toros no siempre desarrollan lo que impone su árbol genealógico. A veces los granos del café salen ya descafeinados del cafetal, como los adolfos de ayer salieron de los prados cacereños de Escurial. ¿O eran diabéticos?

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. Cuarta y última de feria. Ganadería: Adolfo Martín: Corrida de irregular presentación, con dos cinqueños (3º y 5º); toros bajos de cruz, de carnes apretadas y rematadas, que en conjunto no presentaron graves dificultades, al contrario, la mayoría ofreció gran nobleza en el tercio final. El tercero, de impresentable presencia, fue un inválido y el sexto se mostró ayuno de casta. Bravos primero y cuarto, pastueño el segundo y bravo y encastado el quinto hasta que concluyó la primera parte de la faena, después, como la mayoría, fue desfondándose. Espadas: Rafael Rubio, Rafaelillo (de azul cobalto y oro), estocada al encuentro y descabello (aplausos) y pinchazo y gran estocada (ovación), Manuel Jesús, El Cid (de verde botella y oro), estocada trasera (Ovación) y pinchazo, casi entera y descabello (aviso y ovación) y Jesús Martínez, Morenito de Aranda (de berenjena y azabache), dos pinchazos (silencio) y dos pinchazos y estocada (silencio). Entrada: Más de tres cuartos. Cuadrillas: Destacó bregando Alcalareño, en banderillas Pascual Mellinas y picando Juan Bernal. Incidencias. Tarde otoñal, de agradable temperatura.