Una de amor y miedo

El mano a mano de ayer entre Curro Díaz y José Garrido resultó ser una película de extraño argumento, a caballo entre el relámpago del arte y el trueno del sobresalto, un insólito largometraje en el que la caricia marida con el sopapo o la complacencia con el soponcio. Son dos fases antagónicas las que convergen. Una de amor y miedo, que es cosa bien rara en las artes escénicas, y por ende, en las tardes de toros.

Ciertamente, este hipotético encuentro en la cumbre y sobre un escenario de máxima categoría entre un torero que tiene bien ganado su alto cartel en Madrid y uno de los más sólidos valores de la torería actual, despertó gran expectación, al punto de que la mayoría de los tendidos de Las Ventas se llenaran hasta los topes, dejando las habituales y llamativas calvas del cinco y el seis. A Curro le obligaron a saludar los aficionados nada más deshacerse el paseíllo, y a Garrido le dijeron que se tapara… lo cual no solo es una descortesía (aunque estaba claro quién era el destinatario de la gratificante salva de aplausos), sino una previa declaración de intenciones: Con el de Linares, estamos; pero contigo, príncipe impaciente, nos las tendremos tiesas, pareció ser el mensaje que enviaban los más habituales del belicoso reducto que se asienta junto a la Puerta de Madrid.

Con estos precedentes, salió al ruedo el primer toro del Puerto de San Lorenzo, el menos toro de los seis embarcados en las tierras salmantinas de Lorenzo Fraile y, curiosamente, el que mejor se comportó en el tercio de varas, aunque de inmediato cortó el viaje a los banderilleros. No obstante, el comienzo de faena de Curro Díaz fue, sencillamente, deslumbrante, con muletazos de trinchera y de la firma que firmaría el mismísimo Cagancho. ¡qué arte, por Dios! A tan brillante prólogo siguieron dos series breves y bellas de pases en redondo con la mano derecha, alguno de los cuales fueron trazados con ese tempo, ese abandono del cuerpo que Belmonte recomendaba para torear al dictado de la inspiración o esa rítmica pereza que se halla en el verso de Gerardo Diego. Ocurría todo esto en la fase amorosa del encuentro entre el hombre y la bestia. Y, de pronto, ¡zas!, el toro se orienta y empieza a buscar pieza de carne, tirando gañafones a diestro y siniestro. Sobre todo, al diestro, al torero. Ya hemos entrado en la fase del sobresalto. De ahí en adelante, la obra se trueca en una esgrima a la defensiva, ayuna de arte. Las precauciones se adueñan del ruedo y el miedo del graderío.

Otro tanto ocurrió en los dos toros restantes del lote de Curro. El que salió en tercer lugar no hizo nada de bravo en los primeros tercios, pero de pronto arrancó a embestir con viaje humillado y el de Linares lo bordó, con algunos muletazos de hondo, largo y bello trazado. Y, de nuevo, ¡cataplum! El del Puerto lo prende, voltea y busca con saña en el suelo hasta en dos ocasiones, sembrando el acíbar de la angustia por doquier, hasta que de nuevo el arte resucita en un final de faena primoroso. Un agridulce sabor que se va perdiendo en una interminable serie de agresiones con la espada.

Cuando el quinto toro se hizo presente en la arena, debió pensar que su aridez precisaba una buena dosis de fertilizante, de modo que levantó el rabo, abrió el esfínter y fue dejando sobre la candente una apreciable porción de humeantes excrementos, un ejercicio orgánico muy saludable que el animal realizó con beatífica parsimonia, como si se refocilara al escenificar un escatológico deseo: ¡Yo me cago en esta Plaza…! Más aún, no contento con la abundante defecación, se puso a husmear en las rayas de picar, rastreando con el hocico una de las rayas de cal, con un inequívoco gesto de consumado practicante del acto de esnifar. Alguien de mis cercanías, sentenció: ¡Lo que nos faltaba, un toro cagón y cocainómano!…

Pues bien, aquél sorprendente ejemplar, cachazudo, insolente y desvergonzado, al que sujetó magistralmente con la capa José Manuel Montoliú, antes de que saliera de naja cuando le hurgaron el morrillo con la puya, se acabó ahormado tras la suerte de varas, de tal modo, que llegó a la muleta hecho un bendito, propiciando otro pequeño, pero intenso recital, de pases señoriales y lentísimos de Curro Díaz, bien que enjaretados de forma intermitente. Tampoco a esta tercera faena le faltaron los sobresaltos puntuales, pero pudo ser la que, de haber atinado con los aceros hubiera redondeado una muy notable actuación. A pesar de tanta contrariedad, de que no pudo cortar orejas y de que salió a torear en este toro con un tremendo palizón sobre las costillas y otras variadas zonas de su anatomía, Curro Díaz dejó la impronta de su enorme calidad, de su valor sereno, de su temple exquisito. Otro que oposita a lugares preeminentes.

Dicho queda que a José Garrido le pusieron las peras a cuarto desde el principio. Madrid es así. Es costumbre atizar a los que llegan a su palenque taurino con aureola de valores consolidados, con tufos de figura. Es algo tan injusto como innecesario, pero ¡a ver quién lo cambia! El caso es que Garrido apenas pudo esgrimir, por ejemplo, sus argumentos capoteros, porque es uno de los que mejor interpreta el toreo a la verónica. Pero, ¡Señor, qué lote! En el primero, solo conectó --y medianamente—con el público en los estatuarios de comienzo de faena y cuando recetó una impecable estocada. En el cuarto de lidia ordinaria, dejó entrever su solvencia y facilidad para ligar y rematar los pases en la fase amorosa del toro, cuando mostró cierta boyantía, pero, en seguida el del Puerto tornó a bronco, cercando al torero a base de cabezazos y hachazos a su muleta, antes de rajarse clamorosamente y de cerrarle a José la salida en la ejecución de la estocada. No había forma de salir por el costillar, porque el toro conocía el trayecto y esperaba al matador, sin dejarle cruzar hacia el costillar. Fueron dos cogidas seguidas, dos alcances horripilantes, en los que el muchacho voló por los aires, fue recogido en el suelo y vuelto a lanzar a las alturas, con persecución a los subalternos, al huir estos hacia las tablas, la querencia natural del toro; incluso el torero volvió a ser arrollado en su escapada hacia el olivo después del tercer pinchazo, revolcado y masacrado entre las patas y las cercanías del estribo de la barrera. Un horror. Le dieron dos avisos mientras se lo llevaban a la enfermería, pero es muy posible que, en esas condicione físicas, no hubiera podido matar a tan agresivo y astuto animal. Lo descabelló Curro Díaz.

Cuando se abrieron las puertas para dar suelta al último toro, el torilero no se percató de que desde el burladero de cuadrillas le hacían señales de que aguantase el tirón tan solo unos pocos minutos, hasta que el torero saliera de la enfermería, donde los médicos se apresuraban a dar las últimas puntadas a su intervención. Salió Garrido, en efecto, cuando ya se habían hecho notar las voces de los voceros, los intransigentes, los insensibles. Uno de ellos conminó al torero –después de haber sido atendido de una conmoción cerebral y múltiples contusiones y traumatismos--, a que ¡se pusiera la montera! en ese afán tan propio de esta Plaza por anatemizar a todo lo que se mueve vestido de luces, sin caer en la cuenta de que, en este caso, muy probablemente habría sido recomendación del personal sanitario. Se movió el toro y apenas el torero, sensiblemente mermado de facultades y especialmente dañada su muñeca derecha, aparatosamente vendada, lo que le impidió ejecutar como sabe y puede la suerte suprema. Por poco le echan al torero el toro al corral.

De todo ello se deduce que Garrido fue el protagonista principal del reparto de miedo por los tendidos y su película es de las que quitan el hipo y obligan al espectador a taparse los ojos con los dedos, y Curro Díaz el que asumió el papel de alternar los placeres de la obra bien hecha con la angustia que provoca el peligro inevitable.

Los toros del Puerto de San Lorenzo propiciaron algunos pasajes venturosos y otros –la mayoría—desventurados. Los seis se fueron para el arrastre acompañados por la ominosa respuesta del público, pero dejaron sobre la arena a dos buenos toreros tullidos, desvencijados. Pero no derrotados.

El amor y el miedo, cuando se embridan, pueden engendrar hechos insólitos y ser causa de grandes contrasentidos.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. Tercera de feria. Ganadería: Puerto de San Lorenzo: Corrida bien presentada, con abundante romana y seria arboladura, pero mansa, con tendencia a moruchada; el primero fue de los pocos que apretaron en varas, pero llegó al tercio final a la defensiva y tirando gañafones; segundo, manso, de embestidas fluctuantes y sin ritmo, muy deslucido; tercero, abanto y mansito al principio rompió a embestir por abajo, aunque en cuanto pudo cazó al torero; cuarto, cumplidor en varas, llegó bronco a la muleta y rajado en tablas; quinto, espantadizo en el caballo pero de acometidas humilladas, se dejó torear sin entregarse, y sexto, con movilidad pero sin codicia. Espadas: Curro Díaz (de sangre de toro y oro), estocada con escandaloso derrame (ovación), cinco pinchazos y descabello (ovación) y pinchazo, estocada contraria y dos descabello (ovación) y José Garrido (de obispo y oro), buena estocada (silencio), dos pinchazos saliendo rebotado y revolcado, pasando a la enfermería (dos avisos) y tres pinchazos y descabello (dos avisos y palmas de despedida). Entrada: más de tres cuartos. Cuadrillas: destacó Montoliú en la brega con el quinto y en banderillas Algabeño y Antonio Chacón. Incidencias: en la enfermería fue atendido Curro Díaz de politraumatismo y José Garrido, de un puntazo de 10 centímetros en el glúteo y contusiones múltiples, ambos con pronóstico reservado. Tarde soleada con ligero viento.