En la tarde soleada, apareció Aguado

La tarde, espléndida, invitaba a ir a los toros; pero los madrileños hace ya muchos años que le han dado la espalda a esta feria que se monta cuando la temporada agoniza y con carteles de escaso tirón en taquillas. Las figuras le hacen fú a la feria de Otoño, porque venir a Madrid por estas calendas les pilla con el cuerpo atorado y el ánimo ya muy apaleado, tras zambullirse en el fragor de los ciclos taurinos (ya con el metraje muy cercenado) que se agolpan en la hoja de septiembre. Madrid es siempre una apuesta que exige grandes esfuerzos, y la torería que pisa moqueta no está para meterse al final del curso en el tremedal de Las Ventas.

No crean que la renuencia a vestirse el chispeante en el otoño madrileño es cosa de los toreros de este tiempo. Las grandes figuras, de don Livinio para acá, se concentraban en mayo por san Isidro y sanseacabó. Casos puntuales ha habido, qué duda cabe, pero díganme cuántos han repetido la experiencia. En fin, que las figuras rutilantes no están por la labor de ponerse de luces por estas fechas en la capital del Reino. Y uno se acuerda del anuncio de un comercio de la calle Narváez, creo recordar, propiedad de los padres del que luego sería el Buitre madridista, una tienda de ropa que publicitaba así la mercancía: Para otoño madrileño, gabardinas Butragueño. Era el sonsonete de las radios de aquéllos años, los 50 largos y 60 cortos, que competía con el cola-cao desayuno y merienda ideal…

Pues bien, ayer a nadie se le ocurrió ir a Las Ventas con la gabardina colgada del antebrazo izquierdo, que es como se cuelgan el capote de paseo los toreros antes de liárselo al hombro. Maravilla de tarde. Sol radiante. En el frescor del patio de cuadrillas, tres novilleros que se trian cosas, como decía Eugenio Nöel que se traían a las talanqueras de Cabaranchel unos jovencitos, carne de capeas, que soñaban con la gloria taurina.

Es bien sabido, por tantas veces repetido, que me encantan las novilladas. Apetece ver a los que se colocan en la ruleta del ruedo y apostar por ellos. O no. En ambos casos, el fallo –del verbo fallar—suele ser clamoroso; pero, ¿y si sí, como diría José Mota?

A juzgar por lo visto en la tarde de ayer, si de apostar se trata, yo pondría monedas en la casilla de Pablo Aguado. Me parece un torero muy cuajado, con ese sello inconfundible que impregna en algunos de sus artistas la tierra de María Santísima: donaire, apostura y finura de movimientos, tres gracias que se resumen en un solo vocablo: pinturería. Item más, este joven diestro sevillano posee un valor sereno, consciente, el valor que no se enseña a la gente en la urna de arena para ganar votos, y un concepto clásico y ampuloso del arte del toreo. No le ayudaron demasiado los novillos que llevó a Madrid Joselito, con los dos hierros de su casa ganadera, el primero de su lote fue tan flojo que volvió a los corrales y se lidió en su lugar el reseñado como quinto, al que Pablo toreó de capa con gracejo y soltura a la verónica y muy asentado con la muleta, tanto en las series en redondo por el pitón derecho como al natural. Fue este novillo, quizá, el de más claro viaje del lote que se embarcó en San Juan de Piedrasalbas, si bien perdió fuelle al final de faena, un final de precioso trazo, con ayudados por alto y por bajo que tuvieron enjundia y desbordante torería. La espada cayó trasera, es verdad, pero creo que el muchacho mereció mucho más que la ovación que saludó desde el tercio.

Se puso de rodillas en el entro del ruedo para recibir al sobrero de la ganadería de Ave María. ¡Madre de Dios! Qué mal rato pasamos. Tras un farol de rodillas y una incompleta larga, el novillo prendió, volteó y buscó con saña al novillero en el suelo, tirándole cornadas a las distintas partes de su anatomía, aunque por fortuna el pitón se quedó sin hacer carne. Adolorido por el palizón, el muchacho volvió a la palestra y realizó un magnífico comienzo de faena, con muletazos largos, templados y ceñidos, ejecutados por abajo, con la pierna flexionada que despertaron los oles más candentes de la tarde. Después su labor tuvo altibajos, en buena parte por la palmaria merma de facultades del torero y también por la parquedad que mostraba el novillo en la embestida y su claudicación, si se le obligaba a terminar el viaje humillado. Lo cierto es que Pablo realizó un esfuerzo titánico porque eran evidentes las secuelas del tremendo palizón. Después de clavar una estocada, saludó otra ovación y acabó pasando por la enfermería.

Pablo Aguado se llama. De Sevilla. Hoy, en este momento, apuesto por él. Después, Dios y la Suerte dirán…

También me gustó el venezolano Manolo Vanegas. En otra onda, desde luego. El novillo que abrió Plaza, quizá el más terciadito del lote joselitista, salió abanto, pero fue noble hasta que las fuerzas le abandonaron. Entre tanto, Vanegas lo toreó con apostura y firmeza, dejando entrever lo que en la jerigonza taurina se conoce como buenas maneras. Se superó con creces en el cuarto, un jabonero más temperamental que sus hermanos de camada, al que saludo de capa con dos faroles escalofriantes pegado a tablas antes de interpretar unos lances de arrebatado trazo. El novillo llegó al tercio final probón, y cuando se arrancaba lo hacía con tranco rebrincado… pero a Vanegas le importó un pimiento esta circunstancia y corrió la mano con gran serenidad, anclado en la arena del ruedo, cuajando series de gran mérito, aunque llegaran con poco eco a unos tendidos, ciertamente desvalijados de aficionados. Prolongó la faena hasta la extenuación del que llevaba el hierro de La Reina –por puro azar, puesto que el encaste es el mismo que el del Tajo--, y acabó con unas luquinas en las que el novillo acarició con la pala del pitón los muslos del novillero. La estocada cobrada a matar o morir, superó al estoconazo del primero de la tarde. ¡Cómo mata este tío!

El menos afortunado fue Rafael Serna. El año pasado 12 de junio debutó en Las Ventas y se llevó una grave cornada, pero el doctor García Padrós le curó pronto y bien, con su proverbial sabiduría y eficacia. En primer lugar lidió un novillo jabonero escaso de raza y flojo, que no le permitió grandes lucimientos y el sexto un castaño que se desfondó muy pronto. Un torero vestido de plomo y un toro aplomado convergen en una labor plomiza. Además lo mató mal.

Dos consideraciones, para finalizar:

El orden de los sobreros se reseña para que salgan al ruedo en el lugar de los ejemplares que vuelven a los corrales. Lo de correr turno es una artimaña que tiene difícil justificación. La suerte debe tener en esta Fiesta una presencia permanente. Para eso se sortean los toros y se elige la secuencia de su salida. Alterarla por capricho de los toreros me parece una perturbación innecesaria que puede ocasionar algún que otro despiste entre los espectadores o aficionados menos avezados.

Y la salida al ruedo por la boca del burladero de personajes o personalidades de paisano, para recibir el brindis de los toreros se me antoja una invasión irrespetuosa. Durante la lidia, el ruedo solo lo deben pisar quienes se enfrentan o se enfrentaron en su día al toro. Todos los demás, somos advenedizos. Por tal motivo –desde el respeto, la admiración y el cariño que le tengo—me parece improcedente la salida por la boca del burladero del doctor García Padrós para recibir la montera de Rafael Serna. ¿No basta con tomarla desde el callejón?

Estas y otras cosas sucedieron ayer en Las Ventas, en el día que la fortuna nos invitó a asomarnos al balcón del futuro. El día otoñal que San Miguel quiso revertirlo a veraniego. Sol sin moscas, cielo azul y sin agua. ¡Qué delicia de tarde! ¡Y eso que toreaba Aguado!…

 

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. 1ª de feria. Ganaderías: Tajo y la Reina: Una novillada de buena presencia, noble en general, pero baja de fuerza, de casta y de fondo. El segundo fue devuelto por flojo y sustituido por otro de Ave María, lidiado en quinto lugar, que pareció más encastado, pero acabó claudicando a media faena. Espadas: Manolo Vanegas (de burdeos y oro), estoconazo (leves palmas) y estocada entregándose (ovación), Pablo Aguado (de verde botella y oro), estocada trasera (aviso y ovación) y estocada (aviso y ovación) y Rafael Serna (de gris plomo y oro), pinchazo y estocada (silencio) y metisaca, dos pinchazos, estocada y descabello (silencio). Cuadrillas: Se lució en la brega Christopher Fourcart y en banderillas Ángel Gómez y Rafael González. Entrada: Un tercio. Incidencias: Rafael Serna brindó al doctor García Padrós la faena del tercer novillo. Tarde otoñal, soledad y de templada temperatura y sin viento.