Esplá, renovarse o…

Cuando culminaba la feria taurina de Valladolid, la más exitosa, concurrida y propalada de los últimos tiempos, he podido ver y disfrutar –aunque haya tenido que recurrir al servidor de urgencia que monta guardia en las redes sociales—con la fugaz vuelta a los ruedos de Luis Francisco Esplá. ¡Genial, Esplá! ¡Insólito Esplá! Diferente a todos los toreros que he conocido, dentro y fuera de las plazas de toros. Esplá accedió al ruego de Juan Bautista, empresario y actor a la vez de Les Arènes d’Arles, su ciudad natal, y diseñó algunas escenas taurinas en la cartelería y la decoración del piso del monumental y más que milenario coliseo, para darle color y originalidad a la corrida goyesca que andaba organizando el torero del Midi francés para aperturar la llamada Feria del Arroz de esta comarca camarguesa, taurina cien por cien, rodeada por las tierras que serpentea el Ródano, las tierras lacustres que fueran espejo de inspiración para la impresionante e impresionista paleta de Vincent van Gogh.

Juan Bautista no solo convenció al siempre sorprendente Bambino para pintar, sino que logró arrancarle el compromiso de protagonizar activamente el acontecimiento, para lo cual el torero alicantino acabó vistiendo un traje de la época de Goya y toreando dos toros de Zalduendo. Y Esplá se colocó los ropajes de seda bordada por rica cordonería, su blanca redecilla para sujetar el hipotético moño protector de la nuca, colocó banderillas, tomó capote y muleta y toreó magistralmente, incluso después de ser volteado aparatosamente y lastimado, aunque por fortuna no de gravedad.

La feliz noticia del retorno esporádico de un gran torero no solo estuvo adornada por el abigarrado encanto de su diseño gráfico sobre la candente arena, sino por la novedosa incorporación a la muy solemne y magnífica banda de música que ameniza las funciones taurinas de Arles de un instrumento musical no habitual entre sus componentes: el violín. Claro está que un violín –a veces un solo de violín—solo puede oírse con nitidez en recintos ocupados por un público respetuoso y dotados de muy buena acústica –los coliseos romanos son paradigmáticos en esta última cuestión–, pero más que el resultado me interesa resaltar la novedad, la búsqueda de otras sensaciones, de atractivos aditamentos.  

Soy un ferviente partidario de la música en los toros. Es más, me gustaría que la Monumental de Madrid contara con una orquesta sinfónica para amenizar las faenas verdaderamente excepcionales de los toreros, pero soy consciente de que tal acaso resulta poco menos que una temeridad, porque se encontraría con la frontal oposición y repulsa sonora de esa otra orquesta disfónica que emana cada tarde de los tendidos de Las Ventas. En otras Plazas –no muchas, la verdad–, la música suena a gloria en una tarde de toros, pero en otras, la mayoría, la charanga las estropea. No obstante, a mi juicio, es indudable que si el bello Arte de la Música es complemento ideal para adornar el bello y dinámico arte del toreo, sería bueno que cuando interviene en el acto formal de la corrida entrara de una vez por todas en el túnel de la renovación. Con todos los respetos a su inmarcesible trayectoria y a sus referentes históricos, que sigan sonando en las plazas de toros pasodobles dedicados a toreros de la ya muy remota antigüedad, me parece anacrónico; y en el colmo de los colmos, sin remontarnos al clásico Gallito, que algunos aficionados muy veteranos tarareen por lo bajini eso de Marcial, eres el más grande, o Domingo Ortega, torero de maravilla, Manolete, Manolete, si no sabes torear a qué te metes…me huele a la más rancia naftalina. Aquello fue grandioso, desde luego, pero se me antoja que a estas cosas es menester darles una pasada por la garlopa de la contemporaneidad. Hay que ponerse al día, ajustar las claves del pentagrama del toreo a los tiempos que vivimos y engrasar la imaginación, si bien es justo reconocer que algunos temas musicales actuales –los de más reciente creación– que se oyen en las Plazas son piezas de ajustado compás y aflamencado ritmo, bien alejadas del clásico chunda-chunda que protagoniza los pasacalles festeros.

Desde hace un año –quizá dos–, en el coso del Bibio de Gijón se oye El Concierto de Aranjuezu oberturas de ópera –creo haber entendido– mientras torean algunos toreros, lo cual no deja de ser una forma explícita y bellamente sonora de calificar estilos, conceptos del toreo. Y si alguno me replica que también estas composiciones creadas por verdaderos genios de la Música, son arcaicas, me guardaré, por mero pudor, la respuesta.

Pregunten a los toreros si, mientras citan para torear al natural, prefieren escuchar un pasodoble resobado o una sinfonía clásica.

En Arles no se ha pretendido otra cosa que dotar de originalidad, compostura y ornato artístico al desarrollo de una corrida de toros; en suma, aportar alicientes para que el público acuda a ver un espectáculo ya singular en sí mismo, pero, como ya ocurrió en épocas anteriores, demasiado anclado en el pretérito por un enquistamiento endémico que le impide mirar al futuro sin prejuicios. La fiesta de los toros necesita moverse, tomar iniciativas, exponer ideas, modernizarse, en definitiva. Todo ello con el compromiso irrenunciable de mantener su esencia: la emoción del toro bravo, encastado e íntegro.

Algo de esto ocurrió el pasado sábado en Arles cuando Luis Francisco Esplá, Morante y Juan Bautista cruzaron las arenas del ruedo sobre una alegoría de la función de toros y el escenario en que se desarrolla, el cuadro de vivos colores que un torero veterano creó, para sorpresa y regocijo de miles de espectadores. El artista del pincel y del grabado se fajó después con dos toros y acabó con el rostro ensangrentado. Pero victorioso, después de demostrar la empatía que se produce entre una performance debidamente estudiada y la evidencia del riesgo.

Esplá es uno de los pocos toreros que se ha cultivado en otras Artes. A lo largo de su larga y prolífica trayectoria, Luis Francisco se ha preocupado por rescatar las esencias de viejas tauromaquias, en lo que se refiere a la ropa de torear y a las suertes del toreo, principalmente; pero sabe bien que la evolución razonable y periódica, la cíclica adecuación que piden las épocas, es indispensable para vivificar la fiesta de los toros.

La original puesta en escena de Arles y la aportación de nuevos instrumentos musicales a la espléndida Banda de Música de su colosal Coliseo, han sido complemento ideal para una gran tarde de toros. Una tarde para el recuerdo, pero también para que recuerden los productores y principales actores que intervienen en la puesta en escena del no menos colosal espectáculo taurino que han de ponerse a trabajar, a ponerle el turbo al magín para crear nuevas expectativas.

Estoy convencido de que Esplá, el mayor apóstol taurino de todo lo añejo que se considere digno de rescate, también lo tiene muy claro: Renovarse o…