El torero animoso y el toro-cacho-de-pan

Calculo que llevaríamos una hora larga de corrida cuando levantamos cabeza. No es que recuperáramos el ánimo, la esperanza por ver al toro bravo presente en el ruedo y a las figuras del toreo cincelar obras magistrales, es que por encima del tejadillo de la andanada comenzaron a merodear una escuadrilla de globos aerostáticos, con su panza de colorines, sus quemadores de gas en pleno ajetreo y su tripulación dirigiendo miradas curiosas desde la contera de la barquilla. ¿Cómo se verá una corrida de toros desde el observatorio bamboleante y cenital de un globo?

Sea como fuere, el caso es que el personal que llenaba –al menos aparentemente—la plaza de toros de Valladolid se quedó encandilado con lo que ocurría allá arriba, porque lo de abajo, sinceramente, daba grima. ¡Qué corrida más soporífera! ¡Qué lote de toros de El Pilar más ful, válgame el cielo! Iban saliendo por la puerta de chiqueros con su cerviguillo empinado, su lomo estirado y sus patas largas, pegaban las primeras carreras por la arena del ruedo y, ¡zas!, ya empezaban a flaquear de adelante y de atrás, como los pasos de la yenka. Los que no claudicaban a las primeras de cambio, amenazaban alarmantemente con irse al suelo en el transcurso de la lidia, y los toreros, avezados en este tipo de contingencias, oficiaban de cuidadores a domicilio, como los miles de enfermeros de urgencia que tienen preparados los Departamentos de Asistencia Social de ese ramo tan afligido y mal retribuido por el Erario Público que conocemos como Dependencia. No me cabe duda: los del globo podían haber orientado los quemadores hacia abajo, a ver si insuflaban una pizca de gas a esos remedos de toros bravos que deambulaban cansinos y tullidos por la blanda arena de coso del paseo de Zorrilla.

A mayores, algunos toros ofrecían la imagen del toro-buenagente, esto es, el que no molesta, el que pasa como pidiendo el protocolario ¿da-usté-su-permiso? Y el toreo, naturalmente se lo da, a la vez que trata de animarle en el breve trayecto que dista del cite al remate: ¡vamos tooooooro!…, y es entonces cuando el público aplaude el esfuerzo del torero animoso y del toro, que es un cacho de pan.

Lo malo de estos toros-cacho-de-pan es que, en cualquier momento, sin que nadie acierte a discernir por qué, se ponen duros, hechos un rebojo… y te dan un disgusto, que es algo que no espera ni el más enigmático y agorero de los espectadores. Lo que hace el torero animoso con el toro cacho-de-pan parece sencillo, pero no lo es. Tiene que estar obligando constantemente al animal a cumplir con su empírico cometido de comportarse como bravo, de enseñar el riesgo; pero el pobre toro –éste de ayer, en Valladolid– es un ente irracional, bueno, bondadoso, gentil y boyante por naturaleza, es decir, la antítesis del toro bravo y fuerte, con casta poder y pies, que es la trilogía del toro de lidia ideal propuesta por José Ortega y Gasset.

Nada de esto tuvieron ayer en Valladolid los toros salmantinos de El Pilar. Haciendo un ejercicio de magnanimidad, se puede salvar el tercero, por su movilidad atolondrada, pero el resto, más que miedo, daban pena, penita, pena, que es el colmo de la indignidad para un toro bravo. El Juli, tiró de oficio y solvencia en el que abría el festejo, aunque se desgañitó con lo de ¡vamos, tooooooro!…, por lo que le costó un triunfo sacar apenas una docena de muletazos, más o menos limpios, consiguiendo que aquel mulo zanquilargo siguiera resignado el rojo faldón de franela que se agitaba ante sus ojos.

Algo parecido sucedió con David Mora, que cubrió la obligada baja en el cartel de Andrés Roca Rey. Debutaba en Valladolid y estaba más contento que unas pascuas, viendo la plaza llena hasta las tejas y la tarde confortada por una templanza veraniega. Menos mal que le correspondió el único pilar que tenía contenido donde medio agarrarse: un correteo de cara baja por el lendel de la una noria que tenía por brocal la figura del torero. Así consiguió montar series en redondo de periférico trazo que el público recibió con beneplácito, casi con ansiedad, como el beduino que se tira de bruces sobre el agua del oasis, sin echarle cuentas a la potabilidad del contenido.

El resto de la corrida fue un auténtico dolor. Dolor por este tipo de toro, endeble y sin atisbo de casta brava. Dolor en el aficionado. Dolor –créanme—en los toreros, porque ninguno sale al ruedo de una Plaza a ser cómplice de una pantomima. Y ustedes me dirán: ¡Pues ellos son los que piden estos toros, derrengados y ayunos de casta! Permítanme que lo dude. Hasta donde yo conozco, ninguno quiere el toro por los suelos, sino el que embiste con bravura y permite la creación de la obra de arte…, también en la medida que ellos puedan y sepan.

Ayer, en Valladolid, Juli y Mora cortaron oreja en los toros primero y tercero, y con ella dieron su correspondiente vuelta al ruedo; pero –al menos en el caso de Juli— fue una vuelta protocolaria, de limitada y resignada gratitud.

La tarde se fue consumiendo arropada por el sopor, con un toro, el segundo de lidia ordinaria, flacón e inútil devuelto a los corrales y la clamorosa petición de que siguiera el mismo itinerario el sustituto, también de El Pilar. Ni éste sobrero ni el quinto, que también fue protestado, se merecieron los buenos deseos de Talavante, empeñado en justificar su segunda presencia en el ruedo vallisoletano. ¡Es su deber, como profesional que es!, decían por allí. Discrepo. No me gustan los toreros que son calificados de buenos profesionales, como si formaran parte de una cuadrilla de operarios que acude al destajo. El torero es un artista privilegiado, un tipo extraordinario. Y el toro de lidia debe imponer respeto y manifestar su disposición de vender caras las últimas horas de su regalada vida.

Un torero animoso y un toro cacho-de-pan forman la pareja del esperpento de Valle Inclán, esto es, una visión deformada de la realidad; por tanto, ustedes me permitirán que no les cuente los pasos y los pases, los pinchazos, estocadas, descabellos y demás menudencias de lo que, a mi juicio fue una corrida infumable.

Menos mal que llegaron los globos.