¡Qué tarde de toros!

Entre la más o menos menguada tropa de grandes toreros que cubren un dilatado pedazo de su etapa en activo, enrolados en el muy aleatorio catálogo de figuras del momento, hay que reconocer el rango superior que ostentan aquellos que han tenido la capacidad de hacer rancho aparte: los que aportan en sus credenciales la categoría de toreros de tirón. ¿Qué es un torero de tirón? Pues, simplemente, el que arrastra a las masas de aficionados hacia ese reducto de las fachadas de las Plazas, ese rincón tan codiciado por los empresarios y, en colateral consecuencia, por todos aquellos que se apuntan al usufructo que reporta: la taquilla.  

Casos hubo en que un torero de tirón fue denostado por los alabarderos que se forman con un selecto grupo de aficionados –y alguna facción de la crítica– que se erigen en gratuitos guardianes de un tipo de tauromaquia convencional, pero todos ellos, tarde o temprano, acaban siendo pasto de la llama implacable de su avasallador impacto. El torero de tirón, tira del carro de la Fiesta, provoca polémica, desata pasiones… y llena las Plazas. Loores por siempre, pues, al torero de tirón.

No hace falta dar nombres. Para simplificar, diremos que el torero de tirón es aquél que hace exclamar a los aficionados y público en general: venimos a ver a…, y de paso a su distinguido acompañamiento. Ayer, en Valladolid, se formaban corrillos con las gentes que venían a ver a José Tomás. Solo a él. Y él, el torero, se justificó con creces, colmó expectativas y, si acaso fuera, ganó adeptos.

No lo tenía fácil, porque el pasado domingo José Tomás hubo de aguantar la rebelión de una parte importante del generalato que le acompaña en la primera fila de las figuras del toreo, y a fe que hicieron claudicar a los que venían con el ojo enfocado exclusivamente en su figura misteriosa y enjuta. Porque los toreros de tirón han de vencer al toro, a las banderías de público y a la capacidad, calidad, valor y categoría de sus más directos rivales. De estos últimos, para bien de la Fiesta, el de Galapagar tiene unos cuantos.

Por ejemplo José María Manzanares, que el domingo salió mustio y adolorido por dentro, porque hubo de apechugar con el único toro esaborío de los seis escogidos con primoroso esmero que lidiaron sus compañeros de cartel. Ayer, en el mismo ruedo, sencillamente bordó el toreo, recordándonos su tarde gloriosa del último sanisidro de Madrid. Los oles rotundos, sinceros, de clamor auténtico que ayer se oyeron por el entorno del paseo de Zorrilla donde se ubica esta plaza de toros sonaron a gloria, a pasión repartida y consensuada. Fue durante su actuación en el tercer toro de la corrida, un cuvillo noble, apenas castigado en varas, de codicioso viaje y clara embestida. Manzanares lo toreó a placer, para placer del público, que enronqueció en su clamor cuando bordó tres tandas de toreo al natural de majestuosa elegancia. ¡Qué belleza! Y qué forma de ejecutar la suerte de matar recibiendo, colocando la bola de la empuñadura de la espada asomando por lo alto del morrillo. Y el toro, patas arriba. Y el público, enloquecido. Y las dos orejas que hubieran sido impepinables en cualquier Plaza (en cualquiera) de las de máxima categoría. Manzanares, se redimía, se reivindicaba más bien, en Valladolid y, de momento, le mojaba la oreja al torero de tirón, al artífice de aquél llenazo, al que habían venido a ver.

Solo de momento, porque cuando Tomás entró en su segundo turno, y se acopló con su segundo cuvillo, al que dejó crudito en varas, formó un lío monumental. De las mejores veces que he visto torear a José Tomás: variado y templado con la capa, en verónicas de fino trazo y en un quite por caleserinas rematado con la fantasía de una serpentina y majestuoso con la muleta. Mayestático, concentrado en su mismidad, toreó a placer con la derecha y con la izquierda, improvisando una nueva versión de su granadina, a la que añadió afarolados y trincherillas, provocando el éxtasis colectivo al cuajar dos circulares con la mano derecha, citando de espaldas, que le salieron bordados. Si no llega a investir al toro de guardia municipal, antes de la estocada definitiva, le piden el rabo, con toda seguridad, tal había sido el alboroto y la convulsión que reinaba en el graderío.

Esto fue lo verdaderamente excepcional de una tarde de toros de máximo atractivo, de desbordante expectación. Antes, José Tomás había tenido que tragar paquete con un cuvillo sobrero (el titular se pegó un tremendo testarazo contra el burladero y un volatín lesivo a la salida de un capotazo que activaron la precipitación del presidente al enseñar el pañuelo verde), enjaretando series de muletazos con toques precisos, porque el toro era incierto en la embestida. Se quedó en la cara del toro en la estocada mortal, de la que salió rebotado y perseguido, aunque el torero se defendió con celeridad corriendo para atrás, a escasos centímetros de los pitones, para no perder la cara del toro ni siquiera en esos momentos de incertidumbre. Todo ello le valió para pasear la primera oreja de la tarde. La última, la consiguió Manzanares con el toro que cerraba la corrida, un cuvillo bajo de casta, de embestida inconsistente, con el que no obstante, logró dibujar lances y muletazos de buen porte.

Entre medias, dos toros para rejones de Luis Terrón que fueron una calamidad. Salieron al ruedo mirando el panorama, como si quisieran contar, uno a uno, los espectadores que abarrotaban los tendidos. Ni una embestida seria, ni un viaje medio aprovechable, para que el joven Leonardo Hernández mostrara sus indudables dotes de excelente torero a caballo. Una condena de lote que hizo pesadísimos los entreactos de la corrida.

En el lado positivo, las excelentes actuaciones de los subalternos de Manzanares, especialmente de la cuadrilla de a pie, Rosa, Suso y Blázquez, que hubieron de saludar en los tercios de banderillas.

En cuanto al meollo de la tarde, empate a orejas (tres por barba) para dos grandes figuras del toreo. Es lo de menos. Lo importante, lo que pesa de verdad, es el recuerdo de la feliz simbiosis de lo majestuoso y lo apasionado, la entrega sin reservas de un torero de tirón y la respuesta, magnífica y libre de aspavientos, de un torero de una pieza. Todo eso se reflejaba en los gestos y el esbozo de toreo de salón que se marcaban algunos aficionados después de la corrida por el paseo de Zorrilla.

Entre ellos, siempre habrá quien eche en falta un mayor empuje y agresividad en el ganado, y no les faltará razón; pero, amigos: ¡Que tarde de toros!