El yuyo de López Simón

lopez simon

 

En Bilbao, el torero Alberto López Simón se ha desmayado. O casi. Según las informaciones que llegaban de la enfermería, ha sido atacado por una crisis de ansiedad, un aparatoso bajón anímico que afecta a sus constantes vitales y, por tanto, ha tenido que abandonar las tareas de la lidia. En lenguaje coloquial y de andar por casa, le ha dado un yuyo, que es como, aquí en España, se suele denominar al síncope, esparaván, epilepsia u otros zamarrazos que le dejan a uno desmoronado en un santiamén. Como si, de pronto, se hubiera tragado una mala hierba, de las que abundan en Hispanoámerica.

El desencadenante de la crisis anímica y la alcalosis respiratoria que los médicos advirtieron en Alberto fue la sonora pita que el público le dedicó, tanto a él como a su compañero de ocasión, José Garrido, por haberse quedado solos en el cartel, tras la forzosa baja de Andrés Roca Rey, todavía convaleciente del palizón que le propinó un toro en La Malagueta. Un vis a vis urdido entre bastidores que, se mire por donde se quiera, no tiene justificación alguna, ni el más mínimo interés para el aficionado a los toros, si acaso, el interés derivado del aumento de capital en el apartado de honorarios para los toreros y las colaterales bonificaciones de sus adláteres correspondientes, motivo por el cual, el público montó en cólera y abucheó a los cabeza de turco que tenía más a mano: los toreros del mano a mano.

El tema de los carteles duales forzados y esperpénticos ya lo he tratado en otras ocasiones, con la irritabilidad que corresponde. No se puede tolerar que se siga repartiendo el pastel de los ingresos de una corrida de toros en la mesa camilla que rodean los organizadores del festejo y los apoderados (a veces, una misma persona o ente “de razón”) de algunos toreros en cuanto se produce la menor contingencia o se barruntan conveniencias de estricta rentabilidad. Por fortuna, aquellos mano a mano que últimamente se prodigaban entre dos figuras sin el menor atisbo de rivalidad parece que iban remitiendo; pero en Bilbao, se ha vuelvo a reproducir el hecho, supongo que atendiendo al supuesto relanzamiento de dos jóvenes emergentes. Y la Junta Administrativa, traga.

Ellos, los miembros de la Junta Administrativa, debieron ser los destinatarios de la silba atronadora. Ellos, los de esa entidad apoltronada y respaldada por el Ayuntamiento de la ciudad, pero plenipotenciaria en el asunto taurino, son quienes debieron impedir que la ausencia forzosa de un torero nuevo, máximo atractivo de esta temporada, se restañara a la baja y no al alza, como en otros añorados tiempos. Porque antes, cuando un cartel cojeaba por la causa que fuere, el empresario lo reforzaba, no lo mutilaba. Así nacieron las corridas de ocho toros que tanto proliferaron hace algunas décadas.

Mira que lo tenían fácil: se cae del cartel su máximo atractivo, pues se cubre el hueco con otros jóvenes que tienen mucho que decir… y no les dejan. Qué cara habrán puesto, por ejemplo, Javier Jiménez o Román, que acaban de pegar un serio aldabonazo en Madrid, cuando sus respectivos apoderados llamaran a la puerta de Vista Alegre y le dijeran que el tema ya estaba resuelto: mano a mano.

El público de Bilbao tenía razón en la sonora pitada, pero erró la dirección del tiro. Los destinatarios de la sonora reprobación no se alineaban en el desfile multicolor, vestidos de luces, sino en el confortable burladero del callejón.

Sin embargo, lo que más me entristece es el golpe bajo que supuso para la sensibilidad de un torero como López Simón sentirse blanco de las iras de una muchedumbre encolerizada en una plaza de tanta responsabilidad, entes de enfrentarse al llamado toro de Bilbao, el más aparatoso y agresivo que sale al ruedo de una plaza de toros. ¿Por qué a mí?, pensaría el torero mientras caminaba cabizbajo sobre la arena cenicienta de esta Plaza. Pues porque a juicio del publico que abucheaba era, de los dos (Garrido es más nuevo, más virgen en estos rifirrafes), el responsable más directo. ¿El torero responsable? Los responsables serán, en todo caso, su apoderado, el empresario y los más o menos neguríticos de la citada Junta Administrativa; pero el pobre Alberto acusó el golpe bajo y entró en fase depresiva… vamos, lo más idóneo para ponerse delante de un torazo con dos pitones descomunales. Los doctores, con buen criterio, decretaron su retirada de la lidia, mientras López Simón lloraba en el callejón por el doble padecimiento de infortunio e injusticia.

La lamentable situación posibilitó la intervención de José Garrido en un destajo imprevisto, y le valió para pedir a voz en grito un puesto entre los grandes, a pesar de que, una vez más, el sujeto que ocupa la presidencia de Vista Alegre dictó sentencia sumarísima ateniéndose a la norma reglamentaria que faculta el ejercicio de su insufrible la parcialidad para conceder el segundo trofeo de un mismo toro, pedido en esta ocasión por abrumadora mayoría. Menos mal que lo arregló en la posterior actuación del muchacho.

El caso es que, antes de que su compañero José Garrido disfrutara de un legítimo triunfo, mermado por la citada parcialidad del juez de Plaza, a Alberto López Simón apenas le llegaba el aire a los pulmones, un nudo en la garganta presionaba su pecho y apenas podía contener las lágrimas. La pitada había superado su fortaleza física y mental. Estaba derrotado prematuramente. ¡Qué poco se identifican los públicos con la sensibilidad de quienes van a jugarse la vida al sol de una tarde de toros! ¡Qué poco entienden de su vulnerabilidad! Pero, sobre todo, ¡qué injusto es culparles de los tejemanejes de quienes les organizan la vida y, quizá, la muerte!

Escribo de estas cosas cuando apenas faltan cinco horas para que López Simón se vista de luces y reaparezca, al parecer ya recuperado del yuyo de Bilbao en San Sebastián de los Reyes para enfrentarse a ¡seis toros! en solitario. O sea, que el muchacho acaba de salir de un bajón anímico y le meten en un sobresfuerzo físico y mental tremendo, a las puertas de Madrid.

Le deseo toda la suerte del mundo, pero me parece un despropósito descomunal. Ojalá triunfe, pero poner al límite las constantes sicosomáticas de un enfermo recién dado de alta es, como poco, una temeridad.

Por si acaso, habrá que poner este domingo alguna vela más al Cristo de los Remedios, titular de esta feria taurina y devoción oficial del Sanse madrileño…, pero ¡qué barbaridad!

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