¡¡Viva Belmonte!!

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La historia se repite. Es la bella historia de una bella joven, llamada Mireia, cuyas hazañas sobre el agua dulce de una gran pileta me encandilan sobre manera, tanto como sus apellidos: Belmonte García.

Mireia ha ganado una Medalla de Oro en la prueba de natación, estilo mariposa, modalidad 200 metros, y uno la ve así, con sus ojos azul piscina todavía humedecidos por la emoción, con su dentadura atenazando el preciado metal del máximo premio y siente que le llega un repentino subidón de orgullo patrio, algo universalmente admitido, comprendido y practicado cuando se contempla en protagonistas del resto del mundo mundial con toda naturalidad, pero que aquí, en este bendito país, algunos lo ven con los ojos color negro mulato de un estúpido escepticismo progre, a tal punto, que pareciérame obligada la precaución de protegerlo –el orgullo patrio—tras el embozo que ha de envolver a toda situación vergonzante.

Mireia Belmonte García es campeona olímpica, y es española, nacida en Badalona, hija de granadino y de jaenera. Española, digo, a pesar de que los informativos de la televisión pública catalana, que emiten a costa de los impuestos de todos los españoles, hayan lanzado al aire la galerada de que las medallas de Mireia las ha ganado Cataluña, y no España, lo cual llenaría de estupor a ese mundo mundial aludido, que vio la bandera rojigualda grabada ostensiblemente sobre el gorrito de la nadadora y cómo, después del magnífico triunfo, a ésta le brillaba la mirada sobre el lagrimal mientras escuchaba el Himno Nacional Español, si no fuera porque la cosa es de una catetez tal, que solo tiene cabida en un campo donde se cultiva desde hace lo menos treinta años una endémica paranoia.

Como ya escribí hace cuatro años, esta Mireia nuestra lleva --¡qué casualidad!—los mismos apellidos que el diestro más importante de la Tauromaquia del siglo XX, don Juan, el Pasmo de Triana, el Juan Belmonte García de Chaves Nogales, el de Valle Inclán, Zuloaga, Sebastián Miranda y Ramón Gómez de la Serna, por citar algunos intelectuales de la época, todos ellos belmontistas acérrimos. Mireia, la española de Badalona, también ha dejado pasmados –pasmadas, en este caso—a sus rivales más inmediatas, todas ellas campeonísimas en lo suyo, que es apartar agua a una velocidad de vértigo. Y ahí la tienen, después de haber bordado una carrera sublime, recién vestida de oro, como los toreros.

El caso de Mireia no solo ha propiciado las situaciones surrealistas descritas, sino una divertida anécdota, esta vez fruto del apasionado relato de los narradores de TVE, cuando se jugaban los últimos metros de la prueba que acabó ganando la española. Alguien tergiversó el primer apellido y pronunció ¡Del Monte!, como la cantante María, lo cual ha provocado la creación de algunos memes realmente graciosos en las redes sociales.

No es nueva la cuestión. En el año 13, cuando Joselito el Gallo ya era un gallito de la torería andante, y un jorobeta de Triana empezaba a despuntar por el horizonte de la Fiesta con el estruendo de un terremoto, un gallista de pura cepa –y por tanto detractor primerizo del nuevo fenómeno—, subyugado por un triunfo estruendoso –uno de tantos-- del joven, poderoso y pujante José, se atrevió pronosticar la ruina y el desmoronamiento del que ya se postulaba como su rival más encarnizado, cuyo primer apellido no acababa de discernir: Después de ver esto, ¡a ver qué puede hacer ese Der Monte, que tanto ruido provoca!

Del fracaso absoluto del agorero se ha encargado la Historia, como se encargará de dejar en ridículo a quienes en su obsesiva tarea de hacer perversión de la realidad pretenden quitarle a España la joya de Mireia.

En el primer caso, una multitud se llevó procesionada la imagen chepuda y mentonera de un torero, bordada en oro sobre el Guadalquivir, según atinada frase de mí ídolo, Tío Caniyitas. En el segundo, la admiración colectiva y la alegría desbordante centró la mirada de todo un país en lo más alto de un podio olímpico, donde reinaba la esbeltez de una atleta superdotada, mientras la razón de su nacionalidad se abría, limpia, inequívoca, escueta y fehaciente.

En ambos, se impone el grito apasionado que dieron entonces los trianeros y ahora damos los españoles del mundo con toda la fuerza que es capaz de impeler nuestra capacidad torácica: ¡¡Viva Belmonte!!

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