Carmena y los toros

El Ayuntamiento de Madrid, a pesar de la monumentalidad preciosista y barroca de su nuevo emplazamiento, es una jaula, dicho sea sin ánimo de ofender. Una jaula no de funcionarios, sino de especímenes dirigentes que coexisten en revoltón en un constante choque frontal de ideologías que se repelen a todas horas y por todos los rincones del suntuoso edificio, como las pelotas aquellas de acero que rebotaban contra los artilugios electrónicos de las máquinas recreativas de los años 60. Los habitantes de la jaula municipal madrileña parece que se miran de reojo, como si se esforzaran por mantener el tipo, por disimular la aversión que les produce el contacto congregacional con quienes piensan de manera distinta, en aras de la santa democracia, que es el maná de la convivencia entre gentes civilizadas.

Ocurre, sin embargo, que esa aversión se manifiesta especialmente en el día a día de la facción alineada en la parte más alejada –en el sentido estrictamente posicional-- de la izquierda política, precisamente la que enarbola la vara de mando: Ahora Madrid, cuya capitana es una venerable señora llamada Manuela Carmena, especialista en ocurrencias y pronunciamientos, desbarros y patinazos que podrían mover a la hilaridad si no fuera por la gravedad que desprende el saber que emanan de la cabeza que ostenta la máxima autoridad en la capital de Reino de España.

Se mueven entre el disparate y el objetivo impenitente de las cuentas pendientes de saldar, por ese extraño empecinamiento, esa obsesión por darle la vuelta a la tortilla de buenos y malos que comenzó a cuajarse en la sartén de este país hace exactamente ochenta años. Es una soga asfixiante y retrógrada que acaba descabezando mentalidades preclaras y buenas intenciones, que sin duda las habrá en los políticos de nueva generación.

Un disparate mayúsculo –uno más-- de Carmena and Company es la pretensión de convocar un referéndum para constatar si Madrid quiere toros o no los quiere, probablemente porque tendrán sondeos que darían ganadora a la parte que quiere suprimirlos. De inmediato, la Federación Internacional de Tauromaquia advirtió de la incompetencia de un Ayuntamiento para impulsar tal medida y su demanda por vía penal a quien o quienes la planteasen, por contravenir la legislación vigente. Carmena –que ¡es juez!—no debe tener ni idea de tal situación jurídica, pero frenó la pretensión. Y no solo eso, sino que ha tenido que proclamar formalmente que los toros en Madrid y su feria de San Isidro son un Bien de Interés General, a propuesta de la portavoz del Partido Popular, respaldada por el PSOE y Cuidadanos, aunque los de Ahora Madrid y adláteres votaron, naturalmente, en contra. Ahora Madrid, ya se sabe, ha logrado suprimir la subvención a la Escuela Taurina de la Casa de Campo y se niega a proteger y potenciar la Tauromaquia, incluso al margen del tema económico, porque, dicen, no se ajusta al modelo de ciudad que quieren construir.

Para que se entienda: en Madrid, ahora, resulta que las fiestas del Orgullo de LGTBI han sido pomposamente declaradas Bien de Interés General, y se pretendía que las Fiestas de Toros por San Isidro fueran suprimidas de un plumazo. Y ustedes se preguntarán, ¿qué es LGTBI?, pues la referencia a una Asociación que aglutina a lesbianas, gays, transexuales, bisexuales y otros transgéneros adyacentes. Y antes de que se me tiren al cuello los integrantes de tan respetable colectivo y algunos afectos a la causa, me apresuraré a decir que me parece muy bien que el LGTBI haya sido proclamado Bien de Interés General, si así lo consideran Ahora Madrid y quienes sostienen su permanencia en el solio de la Alcaldía. Lo voy a repetir, por si no ha quedado claro: todo lo que se acuerde democráticamente en un Pleno Municipal es de obligado acatamiento, aunque no se comparta. Ahora bien, ¿por qué Carmena no propuso un referéndum para someter a la opinión pública el grado de interés que pueden tener para los madrileños --¡y las madrileñas!, que no se me olvide-- las fiestas de LGTBI?

Habida cuenta de que en la plaza de Cibeles de Madrid y sobre la fachada de su magnífico Ayuntamiento estuvo desplegada –no sé cuantos días—la bandera arcoíris del citado LGTBI, supongo que Carmena ordenará que se derrame sobre el alzado principal una gran bandera de España con el logo del toro bravo durante la feria de San Isidro, para que nadie pueda dudar de su democrático talante. Si así no fuere, habrán de demandárselo quienes han secundado la petición del primer partido de la oposición.

Pero muy probablemente no lo harán, porque los antitaurinos –que también votan—son muy drásticos, activos y violentos, y porque de hacerlo la alcaldesa haría juegos malabares para salirse por la tangente, habida cuenta de que, en gran medida, los antis –taurinos, sistema o lo que fuere-- están muy cercanos a su ideología y no conviene encocorarlos, ¿verdad, Carmena? Una cosa es la política y otra el politiqueo, la poltrona y las cosas de comer, sobre todo para los que medran en su derredor.

Venga, Carmena, anímate y acude a Las Ventas en una tarde de toros de la feria de San Isidro. Aunque solo sea para repartir ceniceros entre los fumadores de puros. Lo ibas a pasar de buten.