Cano, la última hoja

En este verano, de calor sofocante y sangriento como pocos, mi amigo Paco Cano ha dicho adiós. Definitivamente. Se ha ido en silencio, con su carga desbordante de sherpa excepcional, de sabedor de la vida y de la fiesta de los toros como casi nadie.

La noticia se barruntaba desde hace unos pocos años, porque el estirón de un centenario, a día de hoy, todavía es necesariamente corto. La noticia es que se ha muerto Cano, Francisco Cano, el fotógrafo del toreo por excelencia, el retratista por antonomasia. Se ha ido de aquí sin que nadie haya sido capaz de rentabilizar su obra prodigiosa ni de recuperar el archivo gráfico más completo, más importante y más ilustrativo de casi tres cuartas partes de siglo de Tauromaquia, que se dice pronto. O más. Porque cualquiera sabe –ni él mismo lo sabía—quienes son los personajes que retrató Cano con su incipiente aparato de retratar, ni dónde ni cuándo hizo el click que impresionó aquél celuloide que llevó hasta la cubeta de revelado.

Tuve la fortuna, o el privilegio, de echar un vistazo a los arcones que guardaba en Alicante mi amigo Paco. En ellos metí la mano, revolví con sana curiosidad, pero con el convencimiento de que se me encarecía un imposible: reconocer ¡en negativo! unos rostros de gente del toro, de los años cuarenta y cincuenta, principalmente, vestidos de luces o de paisano.

Mira a ver si conoces a alguno de estos…, rogaba Paco, con gesto de impotencia; pero mi eficiencia se iba en seguida por el garete de lo imposible.

Ha muerto Paco Cano sin que –repito– su obra haya sido revisada y reconocida como debiera. Leo las necrológicas y compruebo –sin asombro, la verdad—que todo el mundo coincide en las fotos que hizo en Linares el día que el toro Islero hirió de muerte a Manolete, como el summun de su trayectoria, sin caer en la cuenta de que hay centenares, miles, de fotogramas, de un valor histórico incalculable. Mañana se cumplirán sesenta y nueve años de aquella tarde trágica de Linares y uno de la muerte de otro gran amigo, Arturo Beltrán, en cuya bodeguita de la plaza de Aragón de Zaragoza estuvo tantas veces sentado a la mesa el bueno de Canito, con su cámara al pecho y su ojo avizor.

En el año que ha muerto un torero en el ruedo de una Plaza, en el verano que comenzó con una brutal cornada a Manuel Escribano y en el que unos novillos mozarrones han propiciado una zarracina en la carne joven de los aspirantes a figuras del toreo que salieron a la arena de las Ventas, provocando un baño de sangre de tal naturaleza que hasta un empresario, Simón Casas, ha calificado esta sinrazón como una crimen de lesa humanidad, Cano se ha zambullido silenciosamente en el terreno lacustre de la eternidad.

Mal verano, este sangriento del 16. Más sangriento que aquél del 59 del pasado siglo que agitó la vena literaria de Hemingway, impresionado por la rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín y, sobre todo, por la leña que entonces repartieron los toros entre ambos cuñados.

Sin embargo, son muchas y variadas las razones por las cuales este 2016 puede pasar a la Historia de la Tauromaquia como clave para su inmediato futuro. Se espera para septiembre el fallo del Tribunal Constitucional que determinará la legitimidad o no legitimidad o la legalidad o ilegalidad –espero que sea esto último–de la prohibición de los toros en Cataluña. Se mueve la Fundación del Toro de Lidia, a la que se acaba de unir la imponente congregación que reinvindica los festejos pupulares, para defender los derechos de profesionales y aficionados, tan vapuleados en estos últimos años en medio de una inaudita impunidad. Se impone el ¡basta ya! de la sociedad española –aficionados o no a los toros—frente a la plebe que nos lleva insultando y zahiriendo varias décadas.

Me da en la nariz que este puede ser un año decisivo. El año que murió mi amigo Paco Cano, compañero de tantos callejones, de tantas conjeturas y de tantas confidencias. Se fue su esposa Maruja hace nada. Se fue él detrás, sin hacer ruido, dejando caer la hoja de sus ¡¡ciento tres calendarios!! bien cumplidos, a las espaldas. Me quedo con un arsenal de fotografías encallejonadas también en los vasares de casa. Ahí queda su firma: de tu amigo Cano. Para siempre.