Entre una nube de tristeza

Me he dado un plazo razonable –una semana, más o menos—para incidir sobre el hecho luctuoso que ha conmocionado al mundo de los toros, y al mundo, en general: el que tuvo por lamentable protagonista al torero Victor Barrio. Escribía entonces desde el dolor, la rabia y la impotencia que expele toda fatalidad. Escribía apresuradamente, conmovido por la tragedia, pero consciente de que, de inmediato, aparecería otra tragedia adentrada en la mitología griega y se abriría la célebre Caja de Pandora que subyace en ese nidal llamado Redes Sociales, donde la cobardía empolla sus defecaciones sobre el cascarón de la ira, el odio, el resentimiento o, sencillamente, la frustración y asistiríamos a la arcada de una vomitona insoportable.

Lo predije, pero en una postrera invitación a la misericordia, imploré: un respeto, por Dios. Vana plegaria.

Lamentablemente, para esta gentuza Dios está en permanente fuera de juego. Mi propio artículo obtuvo algunas –muy pocas, por fortuna—respuestas soeces, pero nada más certificarse la muerte del torero, desde el minuto uno, no cesaron de tabletear las baterías de la Red, cargadas con la munición más diversa y a cual más perversa. Por ser sobradamente conocidas y reproducidas para escarnio de la especie humana, obvio las burradas más agresivas. Ahora, a siete días largos de la conmoción general y del alboroto provocado por la deleznable algarabía, me siento invadido por una densa nube de tristeza.

En la mañana del lunes 11 de julio, cuando repartíamos abrazos, condolencias y adhesiones en las estrechas y empinadas calles de Sepúlveda, en medio de la tenebrosa procesión que encerraba el cuerpo de Victor sobre nuestras cabezas, el torero salmantino Domingo López Chaves, me pregunta: ¿Servirá esto para algo?, a lo cual respondí, entre la resignación y el apenamiento, con un monosílabo acentuado: .

Reflexionaba entonces acerca del inmediato futuro de aquella familia, desgarrada, rota por el dolor, de aquellas mujeres enlutadas y aquellos hombres aturdidos. Imaginaba cómo sería este lunes, una semana después de la imponente manifestación de duelo, cuando haya amainado la desazón y la calentura, cuando ya no llamen los medios de comunicación a los afectados más directos, sencillamente porque la noticia ya es menos noticia. Entonces habrá empezado otro viacrucis, el de la realidad que trae la celeridad del olvido. Y la realidad es que una familia segoviana ha quedado partida por el dolor, medio muerta en vida, y que una chica joven y bella se ha convertido en la imagen terrible de una viuda prematura. Como en el título de la célebre película española, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, película dirigida por mi buen amigo Agustín Díaz Yanes, hijo, por cierto, de un torero.

Es verdad que los llamados estamentos taurinos no solo se han conmovido, sino que se han movido en busca de una ignota justicia, sobre todo la Fundación del Toro de Lidia. Algunos de sus miembros, se han reunido hasta con el Ministro de Justicia, en funciones, para tratar el tema de la impunidad en Internet. Y el Ministro, al parecer, les ha dicho que sí, que ya están los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en la tarea de identificar a los deleznables sujetos que insultan, difaman y prorrumpen horripilantes denuestos. Que están en ello, vamos.

Pero no nos engañemos: se localizarán, identificarán y, en su caso, sancionarán con una multita o amonestación pública los infames insultadores. El Código Penal, digan lo que quieran, no contempla como delito estas aberraciones, y por tanto solo incurren en responsabilidad civil. Habría que cambiar la Ley de la vía penal, y para cambiarla se necesita el consenso de los representantes del pueblo soberano en el Parlamento. ¿Y qué puede ocurrir? Pues que una gran mayoría se pondría de perfil o votaría en contra. Ojalá me equivoque, pero no olviden que algunos sujetos –y sujetas—protagonistas de escándalos mayúsculos o emisores de mensajes terribles o truculentos, de la más insoportable perversión, nos están gobernando en las principales capitales del país amparándose en la españolísima manga ancha de la sacrosanta libertad de expresión.

La mítica Caja de Pandora guardaba los males que aquejaban a la Humanidad. Se abrió por curiosidad y salieron sapos y culebras. Dice el relato mitológico que, en el fondo, quedó un poso llamado Elpis, o sea, la esperanza. Permítanme que, en este caso, lo dude. En este mundo nuestro parece que el odio ha desatado un desiderátum incontrolable. Vean o lean si no lo que recogen a diario los medios de comunicación: Odio y muerte.

Odio y muerte también en España, la España partida en dos de Antonio Machado que puede helarle el corazón al españolito que viene al mundo. Es la España del frentismo que lejos de apaciguarse parece rebrotar cada año con mayor fuerza. La muerte de un torero ha puesto una vez más al descubierto hasta qué punto nos odiamos cordialmente.

Aquí me quedo, entre mi nube de tristeza, esperando que alguien eche un capote.