Crónica apresurada de una fatalidad

Todo el mundo pendiente de Pamplona, de los encierros mañaneros que muestran el milagro repetido de todos los años, representado por un grupo compacto de toros bravos que se deja arropar por la cansina autoridad del cabestraje, abriéndose paso, trabajosamente, por entre la abigarrada multitud y, de pronto, la llamada de atención de las notificaciones del teléfono móvil tirotean al mundo taurino con un mensaje terrorífico, cuando la tarde empezaba a liberarse de la insolente calorina de estos primeros días de julio. El mensaje --repito, tremendo--, nos da cuenta de la muerte de un torero sobre la arena de una plaza de toros: Victor Barrio acaba de ser corneado mortalmente en Teruel. Cuando las cosas se comunican así, tan a lo bestia, la primera impresión es de incredulidad. ¡Cómo le va a matar un toro a un torero a estas alturas del siglo XXI! Y, sin embargo, a los pocos minutos, quizá segundos, la dura realidad nos deja anonadados. En efecto, el diestro segoviano Victor Barrio ha muerto en la enfermería de la Plaza, al ser prendido, derribado y corneado, cuando toreaba al natural al tercer toro del festejo correspondiente a la feria de la llamada Vaquilla del Ángel que se celebra por estas fechas en la ciudad del célebre torico.

Veo las imágenes ahora y compruebo cómo el viento hace flamear la tela de la muleta y el toro cárdeno bragado de la ganadería de Los Maños lo voltea y lo busca con saña en el suelo. Todo sucede en segundos, el pitón del toro, en certero viaje entra por el costado y le perfora el tórax, dejando exánime, inconsciente y abandonado a su suerte –a su perversa suerte-- a un muchacho vestido de grana y oro, que ya no puede siquiera percibir el abaniqueo del revuelo de capotes que entran al quite y los gritos de angustia de sus compañeros, al ver el boquete que ha abierto el cuerno en el costado del torero.

Cornada brutal y diana horripilante, que hace inútiles los esfuerzos del equipo médico por estabilizar al herido y tratar de intervenir de urgencia la herida. Una herida mortal de necesidad.

Estaba uno preparando un artículo sobre la testiculina de los toreros, a la vista de las tremendas cogidas que se están produciendo en el ruedo de Pamplona, y dudaba si la actualidad exigía más bien tratar el tema de la reaparición –fugaz, pero en toda regla—de Ortega Cano, un asunto que, ya adelanto, no me hace maldita la gracia, y mira por donde se cruzan los diablos que hacen guardia en el Destino para tener que pergeñar de urgencia la indeseable crónica de una fatalidad.

Porque de eso se trata, de una fatalidad, de la impotencia ante lo ininteligible, de la certidumbre de la única Verdad que no admite tergiversaciones ni malentendidos: en este mundo nuestro –el taurino--, la muerte anda siempre merodeando por el ruedo, única forma de mostrar la cara de lo auténtico. Esa Verdad de lo Auténtico que tanto les cuesta entender a la pléyade antitaurina, especialista en la violencia y la intransigencia, física y verbal, cuya contumacia está alcanzado proporciones de difícil mensuración.

La misma pléyade que es capaz de verter las aberraciones más horribles cuando aún está caliente el cuerpo sin vida de un muchacho nacido en un pequeño pueblo de Segovia que solo quería cumplir el sueño de interpretar el Arte magnífico del toreo, para el cual ya tenía acreditadas sus excelentes cualidades.

No es menester entrar ahora en panegíricos ni dirtirambos, sino en hacer constancia del riesgo que corren cuantos se visten de luces y lo apuestan todo en el albur de una tarde de corrida, en el novamás de la ruleta que comienza cuando el toro se hace presente sobre la arena.

Esto, señores, es así de grande, así de hermoso y así de triste. Un joven torero, alto y esbelto, de variado repertorio, que llamó poderosamente la atención cuando se presentó de novillero en la plaza de Las Ventas de Madrid, ha muerto al sol de julio sobre la arena de la plaza de toros de Teruel. Es muy probable que cuando pasen muchos, muchos años, las crónicas de la Historia Negra de la Fiesta insertarán este hecho luctuoso en su capítulo de víctimas de la Tauromaquia, sin que nadie se acuerde de la profunda tristeza que ahora nos embarga.

En este caso, el toro se alió con ese otro enemigo invisible, cuya aleatoria presencia es tan temida por los toreros: el viento. Esta otra crónica, apresurada y quizá atropellada, está cargada de amargura, rabia y dolor, los tres ingredientes que conforman el aderezo de toda fatalidad.

Es tiempo de reflexión, de recogimiento y de pesadumbre, qué le vamos a hacer. Pero también de serenidad y de imperturbable dominio de la realidad. Que nadie, escondiéndose en la revuelta oscura y cuasi impenetrable de las redes sociales que amparan la cobardía del anonimato, ose mancillar el nombre de un torero que acaba de perder la vida en el escenario por él elegido para vivirla y jugársela.

Un respeto, por Dios.