Vito, el último romántico

La muerte de Julio Pérez, Vito me pilla al despertar de una mañana de calor sofocante y ventosa en Vilafranca de Xira, de camino al aeropuerto de Lisboa, y siento que se me ha ido uno de los baluartes que la fiesta de los toros suele guardar para preservar ese prurito de romanticismo, cada vez más exiguo, que contrasta con el imperio de los tópicos, el mercantilismo y la especulación, a la vez que enriquece el acervo taurino de nuevas generaciones de aficionados y de los jóvenes que se embarcan en la procelosa aventura del toreo.

Durante más de un cuarto de siglo, siempre he considerado que mi estancia en Sevilla sin echar un ratito con El Vito era una situación cojitranca, un viaje poco menos que perdido. El Vito era un bálsamo, el lenitivo que me redimía del muy cansino taurineo, del falso m’alegro verte, o del abrazo fútil, protocolario e intempestivo. Se me fue Bojillla en Madrid y el Potra en Sevilla, pero me quedaba El Vito… hasta hace apenas veinticuatro horas.

La última vez que nos encontramos fue en la embocadura de la calle San Eloy, cuando entre la marabunta que se aprieta en su angostura peatonal le divisé con su chacó cortito de ala, su pañuelo asomado al balcón de bolsillo superior de la americana y su jacarandoso caminar: Ahí viene El Vito.

El Vito, Julio Pérez, era inconfundible porque no paseaba: paseílleaba. Se paró ante mí con desparpajo, me saludó con su proverbial efusión y me comunicó su inmediato propósito con su muy cerrada y sevillanísima medialengua: Voy a asercarme ar Corte Inglé, pero mira…

Metió la mano en el bolsillo interior de la americana y desplegó un papelito con membrete de laboratorio, un documento ya cuarteado por el mucho uso en el que se informaba de su estado de salud, o lo que es lo mismo, el resultado de los análisis clínicos que se había hecho apenas cuatro días antes. Mi gesto de sorpresa por tan insólita información se acentuó cuando concretó algunas apreciaciones del dictámen médico: Mira el colesteró, superió y la tensión… ¡doce-siete, quiyo! Y no tuve por menos que felicitarle.

Ese era El Vito: un tipo impredecible, un practicante de la media verónica o la revolera con las cosas que tanto nos preocupan a los que ya vamos teniendo una edad. Y un presumido de tomo y lomo que estaba tan orgulloso de la mecánica funcional de su organismo como de su palmito de impenitente donjuán. Pero, sobre todo, de su rezumante condición de torero, de hombre del toro, de sabedor de las cosas que poca gente sabe, y de contarlas con un gracejo insuperable.

Julio Pérez, Vito fue un matador de toros de los años 40 que tuvo su puntito de popularidad, de apenas tres o cuatro temporadas, pero entró en las filas de los subalternos y en este escalafón de plata está considerado como una de las más grandes figuras del pasado siglo. Sobre todo con las banderillas. Le alcancé a ver muchas tardes, en aquellas corridas televisadas en blanco y negro, con la voz del maestro Matías Prats las órdenes de Jaime Ostos o Miguél Báez Spuny, Litri, formando una pareja banderillera sin par –¡menudo oxímoron!—con Luis González.

Pero mi conocimiento de tan singular personaje se concentra en las tertulias interminables en torno a su figura hegemónica, de gran protagonista, en el añorado vestíbulo del viejo hotel Colón, del aperitivo en El Cairo o en Donald, o en José Luis, o, simplemente, en los paseos desde cualesquiera de estos puntos neurálgicos de la Sevilla y Triana taurinas hasta la Maestranza, en las tardes de toros de la feria de Abril. ¡Qué cosas nos contaba El Vito! ¡Y qué bien sazonadas, con la sal y la pimienta de su lengua pícara andaluza!

Guardo celosamente el inmenso bagaje de tantos y tan buenos recuerdos, pero también la frustración de no haber conseguido contratarle para las tertulias taurinas invernales de Radio Nacional de España, por circunstancias bien ajenas a nuestras respectivas voluntades.

Me entero de que El Vito ha muerto a los 88 años, cuando estoy a punto de subir al avión, ¡pero qué octogenario más juncal! Lo siento en el alma, bien lo sabe Dios.

Estoy seguro de que habrá llegado allá arriba mostrando en la portería de la gloria las credenciales que atestiguan lo que pudiera considerarse una contradicción entre el mandato divino y el bienestar humano. No sería extraño que protestara: ¡Pero si tenía doce- siete, quiyo! …