El brillante broche de Miura

Está bien que una feria de tan altísimo rango como la de San Isidro de Madrid se cierre con una corrida de Miura. Cerrar con Miura es como prender en el lujoso vestido de ceremonia de una dama de máxima alcurnia de la Corte –y Villa— un broche de rica argentería rescatado del joyero de la abuela. Puro abolengo. Pieza de museo. Tesoro de la cabaña brava de un país. Palabras mayores. Un respeto.

Porque es eso precisamente, respeto, lo que imponen los toros de Miura. Unos toros que bien pudieran protagonizar un episodio de la celebrada serie de televisión El Ministerio del Tiempo, en el cual se invita al espectador –al aficionado a los toros, en este caso- a un viaje al pretérito, para encajarlo en la mentalidad del presente. Una quimera que se hace realidad todos los años en los ciclos taurinos más importantes del mundo: torear al toro de antes con la tauromaquia de ahora.

Los miuras que ayer se lidiaron en Las Ventas bien pueden identificarse con el estereotipo de los que pasaportaban Lagartijo, Frascuelo, Guerrita y compañero mártires –es frase también estereotipada– de las épocas subsiguientes, con la diferencia sustancial que aquéllos toros eran apiolados a la mayor brevedad posible, y estos –que nada tienen que envidiar a sus antepasados en presencia y en esencia—han de ser toreados de capa y muleta con los ritmos y secuencias que impone la tauromaquia contemporánea.

De todo ello se deducen dos cosas: que los ganaderos, señores hijos de don Eduardo Miura Fernández, han mantenido fidelidad a un tipo de ganado de lidia, sin apartarse un ápice de la pauta marcada por sus miembros familiares de generaciones anteriores durante más de siglo y medio (que se dice pronto), y que los toreros actuales son mucho mejores toreros que los que aplaudieron sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Así de claro.

Hay que ser muy buen torero y un hombre muy valiente, para echar la bamba del capote al hocico de estos toros huesudos, altiricones, de patas de acero y mirada penetrante, que nada más aparecer en el ruedo son capaces de desguazar de un pitonazo dos metros cuadrados de barrera. Hay que tener madera de héroe para tomar la muleta con la mano izquierda y aguantar –sin el más mínimo respingo– esas décimas de segundo en que se viene encima una mole cornuda que habrá de conducirse hasta más allá de la cadera, so pena de ser vapuleado sin contemplaciones. Trasladado todo esto a la disciplina deportiva del ciclismo, es como pretender que uno de nuestros ciclistas actuales bata el record de la hora en un velódromo moderno con el velocípedo que inventó el alemán Karl Drais, que por ahí se andará en contemporaneidad con Antonio Miura.

Bueno, pues eso fue lo que vimos ayer en la Plaza de Las Ventas del Espíritu Santo: torear al natural a un miura de hechuras decimonónicas con la misma donosura, serenidad y templanza –si no más—que la empleada frente a un juampedro de nuestra época.

Rafael Rubio, apodado Rafaelillo, es un torero murciano cortito de talla –física– que se maneja muy bien con este tipo de ganado. Les tiene cogida la medida, dicen; pero yo digo que para coger la medida a los toros de Miura hay que ser un sastre superdotado en todas las habilidades que el arte de la costura demanda. Un miura es una incógnita. Tan pronto te pega tres arrancadas francas como un gañafón intempestivo. No fue ciertamente el caso del primer toro –primero-bis, en realidad– un guapo mozo miureño al que le dio por embestir con derechura y largueza que era un primor. Un miura para bordar el toreo al natural… siempre que se tenga la natural sangre fría que requieren estos casos. Rafael la tuvo, y dibujó hasta cuatro tandas de pases naturales que fueron pura delicia. Erguida la planta en el cite, necesariamente había de encorvarse para trazar el arco del pase que le permite su escasa envergadura. ¡Qué bien toreó a este toro Rafaelillo!, pero ¡qué pedazo de toro, embistiendo con extraordinaria nobleza! Con razón se queja nuestro Eduardo Miura actual: ¡Y luego dicen que mis toros no embisten! Fue una pena que lo pinchara con tanta reiteración y el premio se limitara a una fuerte ovación.

La antítesis del toro de Miura fue el sobrero de Valdefresno: sencillamente, un buey. Más feo que Picio, con cinco años largos en lo alto del lomo, con la papada colgando desde el belfo, era una mole de carne con cuernos… que, sin embargo se dejó pegar pases, tomando los engaños con bondadosa resignación, un tanto blandito, para más inri. Rafaelillo se los pegó, pero había desaparecido la emoción del riesgo del toro anterior. Un toro jugado en cuarto lugar que da eso, lugar, a que me vuelva a preguntar, ¿por qué se deja correr turno? Imagínense que este primer sobrero hubiera sido seleccionado por sus buenas hechuras y excelente nota y se devuelven los toros segundo o tercero, ¿qué sobrero debería lidiar el matador de turno? Debería ser obligada la salida del sobrero, sí o sí, para evitar este tipo de conflictos innecesarios.

Hubo otro toro de Miura espectacular, tanto por estampa como por carácter: el sexto. Ojeador de nombre, con sus 647 kilos tan bien repartidos dentro de su enorme longitud que su figura parecía enjuta. Un torazo que desató la admiración del público en cuanto se hizo presente sobre la arena. Un camión de toro que chocó hasta tres veces –la última, desde los medios– con la retroexcavadora de picar, entre el regocijo del público, que, incluso solicitaba –supongo—que se le colocara en suerte por cuarta vez, para satisfacer a cuatro o cinco espectadores, tan amantes ellos de estos espectáculos propios de tentadero de machos. Resultado: Ojeador salió de aquél triple encuentro con una sangría considerable y, poco a poco –como es lógico—fue espaciando las arrancadas, incluso ensayando derrotes defensivos que anularon cualquier intento de lucimiento del torero. El torero fue Pérez Mota, que, por cierto cumplía ayer 32 años y necesitaba un triunfo en Madrid como el comer. Un triunfo que se evaporó en el peto del caballo de picar, porque de nada sirvieron los intentos por conducir aquella mole encornada bajo el señuelo de la muleta, y porque la nobleza también está limitada por la fatiga y el castigo. Al público, a parte de este público, le importa un pimiento que un torero se estrelle con un toro a medio fundir, con tal de gozar con sus galopadas hacia el caballo. Eso está muy bien, pero siempre con medida, porque los picadores ven un miura bajo su bota y le pegan con la puya como si lo fueran a prohibir. Eso ocurrió ayer con Ojeador, que, al final, se llevó las palmas. Los pitos, tan fuertes como injustos, para Pérez Mota. ¡Encima!

Tampoco encontró material propicio el del cumpleaños en el tercer toro, que, por el contrario, se fue sin picar y se mostró revoltoso y listo.

Javier Castaño fue recibido muy cariñosamente por el público y se esforzó por corresponder a tan gratificante y espontánea reacción. Su primer toro salió abanto y barbeando tablas, manseó en varas y se empleó sin ningún celo ante la muleta, cortando los viajes. Siempre valeroso, Javier, en cambio se aturulló con las espadas. En el quinto, el más terciado de la corrida, aguantó miradas y parones sin conseguir encandilar a la afición. Lo mejor, la estocada: sin puntilla.

Dicho queda que un miura es cosa seria, por tanto, todo lo que se le haga en cualquiera de los tercios de la lidia, si halla el lucimiento, tiene doble mérito, por lo menos. O eso es lo que consideraron en su día –hace más de un siglo– Bombita y Machaquito, cuando intentaron imponer la cláusula contractual de que sus honorarios serían dobles en caso de tener que enfrentarse a tan temible hierro. No prosperó la argucia, pero la valoración de la magnitud del premio sigue vigente. Por tal motivo, hay que destacar a los subalternos que se emplearon con destreza, valor y elegancia en su cometido, especialmente a Fernando Sánchez, que puso la Plaza del revés con sus portentosos pares de banderillas, paseando la suerte con sin igual donosura.

Tanto él como sus compañeros de a pie y de a caballo que ayer brillaron en la última tarde de la feria, también merecen la medalla del honor que representa crear arte sobre un soporte de máximo riesgo. Si el alimento básico de todo artista es el aplauso, en este punto arranco con el mío. Y no me canso.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigésimo novena y última de abono. Ganadería: Miura: Corrida en la tipología de este peculiar encaste, es decir, toros altos de cruz, agalgados, pasilargos, armados con cuernos de ancha mazorca y escaso macizo y de comportamiento temperamental. El que abrió Plaza fue devuelto por flojo y corrido el turno se lidió el reseñado como cuarto, que fue bravo en el caballo y tuvo nobleza y recorrido por el pitón izquierdo; el segundo, barbeó tablas y manseó en varas, embistiendo al paso y remolón; el tercero, poco picado, desarrolló sentido y, por tanto, peligro en los tercios finales; el quinto fue el más terciado, apuntó cierta nobleza al principio, pero acabó con media arrancada, y el sexto fue un torazo alto y largo que tomó tres puyazos arrancándose a gran distancia, pero el duro castigo propició que fuera acortando paulatinamente su recorrido en la muleta. En cuarto lugar se lidió u sobrero de Valdefresno de impresentable estampa: un buey cinqueño, cuellicorto y acochinado, que fue noblón y blando. Espadas: Rafael Rubio, Rafaelillo (de nazareno y oro), cuatro pinchazos y estocada (Aviso y ovación) y buena estocada y descabello (Silencio), Javier Castaño (de nazareno y oro), tres pinchazos, media y cinco descabellos (Aviso y silencio) y estocada casi entera (ovación) y Manuel Jesús Pérez Mota (de grana y oro), Estacada caída y descabello (Silencio) y más de media defectuosa (Silencio) Entrada: Lleno. Cuadrillas: Se lucieron picando Agustín Collado, Juan José Esquivel y Francisco Vallejo, en la brega Marco Galán y en banderillas, Álvaro Oliver, Raúl Ruiz y, especialmente. Fernando Sánchez. Incidencias: Tarde soleada y veraniega. Javier Castaño –que ha superado una dura enfermedad– fue obligado a saludar al finalizar el paseíllo. Asistió al festejo el Rey emérito don Juan Carlos,  la Infanta Elena y su hija. Los toreros brindaron al monarca sus primeros toros.