Victorinitos

Una corrida de Victorino, sobre todo en Madrid, siempre debe ser un aditamento de primera calidad. De los que lustran un cartel. Un aliciente. Este año, con más motivo, después del zambombazo de Sevilla, con el indulto del toro Cobradiezmos, sobre el cual han corrido ríos de tinta, y los que correrán. Así pues, había expectación desbordante, al punto de agotar prácticamente todas las localidades. Victorino de nuevo en candelero, tirando de la taquilla. ¡Aleluya!

Por la mañana, en medio de una gran concentración de aficionados, Victorino Martín Andrés recibió un emocionante homenaje, con el descubrimiento, en el zaguán de la Puerta Grande de Las Ventas, de un azulejo que hace justicia a su intachable fidelidad y perseverancia por la recuperación y reforzamiento de un encaste –al que ha dotado de un sello personalísimo– y su contribución al engrandecimiento de la cabaña de lidia española. He escrito y declarado en multitud de ocasiones que lo considero el mejor ganadero de bravo del siglo XX. Y me quedo corto.

Ahora bien, tal reconocimiento no empece hacer una llamada de atención acerca de la observancia que esta Plaza tiene a gala mantener en lo que respecta a la presentación del ganado que luce un hierro tan emblemático y en feria de tanto lustre. La corrida que lidió Victorino por la tarde no estuvo a la altura de las circunstancias ni del acontecimiento. De los seis cárdenos, silletos, degollados y veletitos, cuatro deberían haber guardado turno para viajar a otros escenarios. Si el público de Madrid exige a las ganaderías, digamos, de nivel medio o bajo unos toros corpulentos, robustos y aparatosamente armados, los victorinos han de poner el mingo a todas ellas. Ya comprendo que hay otros compromisos por satisfacer, de alto rango y poder competitivo, pero como reza la frase castiza, Madrid es Madrid.

Los tres últimos toros adolecieron de escasa presencia y mínimo armamento, y tampoco el primero fue un mozo temible por su aspecto. Otra cosa fueron los comportamientos, también de lo más variado, como se apuntará más adelante.

Si nos atuviéramos al primer tercio de la lidia, toda la corrida, con ligeras excepciones, empujó en varas con mayor o menor codicia, pero empujó al caballo y al caballero como lo hacen los toros bravos: metiendo la cara de frente y abajo y apretando con los cuartos traseros. Dicho esto, hay que valorar la actuación de algunos picadores, como se recoge en la reseña que oficia de epílogo de la presente crónica. Abundaron –rara avis—lo puyazos en su sitio, junto a otros de lacerante castigo, principalmente trasero. No hubo toro que facilitara la labor de los banderilleros; antes al contrario, casi todos les pusieron en fuga, al punto de verse números de pánico colectivo, un espectáculo poco edificante del que hay que salvar a Miguel Martín, un subalterno que ha echado una feria extraordinaria.

Hechas estas puntualizaciones, el juicio crítico a los toreros también se instala en una escala de valores bien diferente, a tenor con los bóvidos que tuvieron delante. Uceda Leal, se puso delante de una verdadera alimaña, un toro escurrido que sufrió un lacerante castigo de puyazos traseros y se quiso comer a quienes le intentaron colocar banderillas. Una prenda. Deambulaba el animal por el ruedo con ademán abstraído, despreciando capotes y persiguiendo a todo aquél que se le pusiera a tiro. Nada que hacer. Uceda lo macheteó por bajo durante un minuto escaso y montó la espada, lo cual desató la iracundia del personal. ¿Qué quería dicho personal, habida cuenta de que el toreo al uso de derechazos y naturales era literalmente imposible? ¿Más muletazos de castigo? El torero se lo quitó de en medio con habilidad y la bronca se debió oír en la parte norte de Sanchinarro. Salió más decidido a lancear al cuarto, un toro asaltillado, muy ofensivo de pitones, que fue protestado por su escasez de carnes. Probablemente fueran la dimensión de los cuernos lo que infundiera respeto, pero también es justo reconocer que el toro embistió con docilidad y su puntito de flojera, aunque humilló lo suficiente para que José Ignacio apuntara algunos pases de inconcreta resolución, lo cual soliviantó al público. Mala suerte, y mala tarde, la de Uceda Leal, que hasta falló con la espada, su arma más segura y más certera.

Miguel Abellán se las vio de primeras con un toro de bella lámina que empujó en varas como un tejón, aunque corneara excesivamente en el peto durante la segunda vara. Antes, Abellán lo toreó a la verónica con lances de buena compostura y se fajó valeroso con el victorino durante una breve faena de muleta, en la cual se pudo ver el carácter avispado del guapo animal. Duro de pelar, el toro. Serio, formal y solvente, el torero. Mejor aún estuvo Abellán en el quinto, el mejor toro, con mucho de la corrida de Victorino. Muy protestado, y con razón, por sus menguadas carnes, lo cierto es que el cornúpeta lució fijeza y embistió humillado, mucho y bien. También Miguel estuvo mucho tiempo con él, pero el público se metió con el torero, en un acto de palmaria injusticia, o de ignorancia, vaya usted a saber. Anotamos unos naturales largos, templados y ceñidos, dos series con la derecha en redondo que le salieron redondas, y un final también por naturales, citando de frente, que no encontraron en el tendido el eco que merecían, por su impecable trazo y generosa pulcritud. Mató mal al toro, es cierto, tan cierto como que este torero fue, una vez más, víctima de una incomprensible extravagancia. ¿Hasta cuándo?

La tarde era de compromiso total, diríase que definitivo, para la conciliación de El Cid con la afición de Madrid. Un Cid en horas bajas que salió a por todas desde que se abrió de capa para saludar por delantales al primero de su lote, un toro que se arrancó de largo por dos veces al caballo, permitiendo ver su encastada acometida y la destreza y precisión de un picador que colocó el puyazo de la feria: Juan Bernal.

Parecía que la faena podía tomar vuelo en sus prolegómenos, y a fe que Manuel toreó de muleta con enorme decisión, especialmente en las dos primeras series con la diestra y en algún pase natural, ayudándose con la espada, por la cosa del viento. A pesar de su evidente esfuerzo, a El Cid se le iba yendo el triunfo a medida que el victorino se adueñaba de la situación, y aquello terminó con un bajonazo. Primer cartucho fallido. El sexto remoloneó, esperó y rebuscó al torero hasta que lo atropelló de mala manera, por fortuna sin consecuencias. Fue uno de los toros complicados que echó ayer Victorino al ruedo de Las ventas. Unos toros exigentes, incluso los que posibilitaron el lucimiento de los espadas; pero unos toros que no llenaron los ojos expectantes de los espectadores más que de desencanto por su juego y de frustración por su estampa.

Es muy probable que los más serios y hermosos quedaran en el campo, comiendo hierba junto a Cobradiezmos. Hasta Madrid llegó por carretera un buen paquete de victorinos en tono menor. Exigentes, eso sí, pero victorinitos.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigesimoséptima de abono. Ganadería: Victorino Martín: Corrida muy desigual de presentación, con cuatro toros escasos de trapío y dos más acordes con lo que Madrid exige; también los toros tuvieron comportamientos diametralmente opuestos, desde los bravos y encastados, como el tercero y el quinto, a los dóciles y algo blandos como el cuarto, aunque acabó desarrollando sentido, lo mismo que el avispado segundo o la alimaña que abrió el festejo y el probón e incierto que lo cerró. La corrida, aunque tuvo un notable comportamiento en el caballo de picar, no respondió a las expectativas. Espadas: José Ignacio Uceda Leal (de oliva y oro), pinchazo y casi entera (Bronca) y estocada caída y dos descabellos (Silencio), Miguel Abellán (de blanco y plata), dos pinchazos y estocada trasera (Silencio) y media caída, dos pinchazos más y descabello (Aviso y silencio) y Manuel Jesús, El Cid (de verde botella y oro), estocada baja fulminante (Ovación) y estocada caída (Silencio). Entrada: Lleno. Cuadrillas: destacaron picando Juan Bernal, Pedro Iturralde, Jabato y Manuel Jesús Ruiz Román, y en la brega y banderillas, Miguel Martín. Incidencias: Tarde veraniega, con rachas de viento que molestaron con frecuencia a los toreros. Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio por la muerte del torero mexicano Rodolfo Rodríguez, El Pana.