“Toreabilidad” de los Cuadri, en la Corrida del Día Después

Había en la Plaza una cierta pereza, un hálito de pesada indiferencia, un absentismo de resaca. La ganadería de Cuadri, tan fiel a su idilio con la afición de Madrid, ha tenido que afrontar la carga del recuerdo explosivo y memorable de la corrida del día anterior, con la inminencia que representa darse de bruces con el día después. Después de aquello, se entiende. Las comparanzas , en estos casos, son inevitables.

Y no es que la corrida que llegó desde los campos de Trigueros, elegida con su proverbial esmero por ese magnífico ganadero que es Fernando Cuadri haya defraudado; al contrario, más bien ha sorprendido con una línea de comportamiento que intrínsicamente hubiera chocado con la idiosincrasia de don Celestino: ha tenido toreabilidad. Oye esta palabreja aquél letrado que se metió a criar toros bravos –insisto, bravos—y le da un síncope.

Iban saliendo los toros a la arena de Las Ventas y no podían negar la originalidad de su encaste. Son los toros que el señor Cuadri empezó a forjar en sus tierras allá por el año 46, con un popurrí de sangres, a saber: los santacolomas de Ibarra (antes del cruce con Saltillo) vía Pérez de la Concha y Félix Suárez, los urcolas de Curro Molina, y aquellas cuatro vacas gamerocívicas de Belmonte que fueron adquiridas a José María Lancha. Metan ustedes todos estos ingredientes en la coctelera del cortijo Juan Vides y les sale un toro hondo, badanudo, de morrillo prominente y cuellicorto, mirada agresiva, cuerna acapachada y pelo negro zaíno, algunos con listas apenas perceptibles a lo largo del espinazo. Esto es, un Cuadri.

Los Cuadri de los años 60 eran bravos, esencialmente bravos, y por tanto codiciados por las figuras de aquella época. Los Cuadri de ahora son –dicen—duros de pelar, difíciles de manejar con los trastos de torear. Serán otros, porque los que ayer se lidiaron en la Monumental madrileña los pillan aquellas figuras de hace cincuenta o sesenta años y les forman la mundial.

Se dice todo esto sin menoscabo hacia la capacidad de los tres toreros que ayer formaban cartel de la antepenúltima entrega torista de esta feria de San Isidro; pero el ambiente también cuenta en estos casos. Y el ambiente, repito, era de relajación extrema. Tan es así, que ninguno de los toros fue ovacionado de salida, y eso que lucían su magnífica estampa y nada más pisar la arena, llegaban como rayos a los burladeros de la barrera, embestían con codicia a los capotes y se arrancaban a buena distancia a los caballos de picar. En otro tiempo, se hubiera producido la pequeña algarabía del clásico remedo de tentadero, tan del gusto de la conspicua afición, con la gritería de rigor que impone la puesta en suerte a larga distancia y el emplazamiento del caballo de picas en el extremo opuesto de la línea que forma el diámetro del ruedo exactamente con la puerta de chiqueros, para buscar con precisión de teodolito la llamada contraquerencia, de tal suerte que, si por circunstancias lógicas y propias de la lidia (los toros y los caballos no están obligados a conocer la geometría descriptiva), se desplaza el caballo cuatro o cinco metros para acá o para allá, se alborota el gallinero de los geómetras: ¡sacrilegio, se ha roto la contraquerencia!

Estas y otras chorradas tiene uno que aguantar en esta Plaza desde hace varias décadas; pero sin embargo he de confesar que me interesa la cuestión de la vindicación de la suerte de varas como termómetro del poder y la bravura del toro de lidia. Y los Cuadri eran –son—unos cualificados examinandos.

Sin embargo, ayer apenas se estimuló este capítulo de la lidia, que tiene su aquél. Y a pesar de que la mayoría de los toros galoparon hacia los petos protectores inducidos por el cite del picador, y que algunos pelearon bravamente, empujando con los riñones en tensión y el rabo empinado, el torismo oficial de la Plaza no despertaba del marasmo generalizado.

A mi entender, esa fue la causa de que los Cuadri se rebelaran contra la facción que consideraban adicta a su causa y decidieron hacer un guiño a la contemporaneidad: vamos a darles, como castigo, una buena ración de toreabilidad.

Ocurrió, sin embargo, que algunos toreros tenían la mosca detrás de la oreja, y creyeron que era una zuna más, una picardía de aquellos torazos de negrura satinada y mirada de carbón de encina. Verbigracia, Luis Miguel Encabo, que consiguió entrar en el cartel de esta corrida para –según él—conmemorar el vigésimo aniversario de su alternativa. Y a fe que salió animoso, lanceando con garbo al toro que abrió el festejo, para después pasear la suerte de banderillas al modo que trajera a España el mexicano Carlos Arruza y después practicaran los venezolanos hermanos Girón: cuarteando con una especie de slalom sobre las punteras de las zapatillas, antes de llegar al embroque. Los pares no pasaron de discretos, pero permitieron ver la toreabilidad del Cuadri y su encastada y brava acometida, a pesar de lo cual, este Luis Miguel de cabello ya agrisado tomó sus precauciones, y aunque muleteó con evidente oficio y sacó tal cual pase estimable, su labor no pasó de discreta. Peor aún fue su actuación en el cuarto, que fue el único que hizo una pelea desordenada en varas, esperó en banderillas y sacó a relucir su casta defensiva en la faena de muleta. Un Cuadri de los que piden el carné. Encabo, ya con el suyo a punto de caducar, no se dio coba. En ambos pegó un mitin con las espadas, pinchando en el costillar y manejando la de cruceta con evidente impericia.

Fernando Robleño debió sorprenderse con la toreabilidad de su lote. El segundo de lidia ordinario fue bravo y encastado, tomando los engaños con tranco humillado y gran nobleza. Fernando aprovechó estas virtudes para lucir en algunas fases de su faena y lograr conectar con los adormilados tendidos, pero se le fue la mano con el estoque. El bajonazo fue de órdago. Antes de que saliera al ruedo el quinto toro salió un pájaro antitaurino para montar su número. Le redujeron algunos hombres de luces y de paisano, antes de que la Policía Nacional se pusiera a su disposición y recriminara con mirada airada a quienes le tiraron algún almohadillazo. Este breve altercado alteró los ánimos, soliviantó al personal y se minusvaloró el torerísimo comienzo de faena de Robleño, además de un par de tandas de valerosos naturales a un Cuadri de generoso y noble viaje, bien que de reducida bajura de cabeza. En el ambiente flotaba el run-run del hartazgo que producen este tipo de situaciones, de momento cometidas con la mayor impunidad. El caso es que el torero sufrió los efectos del cabreo colectivo, el toro muy toreable de Cuadri se fue sin pena ni gloria al desolladero y Robleño hacia la barrera arropado por un silencio desolador.

Los únicos aplausos de la tarde sonaron para premiar la actuación de Rubén Pinar, el torero tobarreño que hace tan solo seis o siete temporadas estaba presente en las ferias importantes y abría la Puerta Grande de las más exigentes, la de Madrid incluida. Está en fase de recuperación y fue el que mejor supo aprovechar la toreabilidad de la corrida, porque consiguió unas series de naturales al tercero de mucho aguante, mucho temple y mucho ritmo, antes de que el toro se agarrara al piso. Al sexto, también lo toreó con limpieza, sentido de las distancias y plausible mando. Además maneja la espada con contundencia. Le pilla esta corrida con otro ambiente y se le respeta más, se le valora más y se le premia mejor; pero, repito, la Corrida del Día Después es una cuesta más empinada que la del ruedo de Las Ventas.

Apunte final: las ovaciones más rotundas de la tarde se las llevó el subalterno Javier Ambel, un torero de plata al que conozco desde que era bien niño, por razones personales que no vienen al caso. Es muy buen torero, pero debe tener presente que las principales funciones de todo buen subalterno, son dos: buscar su lucimiento en la suerte de banderillas y el de su jefe de fila (el matador) mediante las tareas de brega. El público sabe valorar estas cosas y no es la primera vez que se hace saludar montera en mano a quien ha manejado el capote con solvencia, eficacia y elegancia, tratando de mejorar las condiciones del toro. Pero ayer, Ambel se puso farruco y altanero manejando el capote en la puesta en suerte de banderillas del tercer toro, y a fe que sus capotazos tuvieron templanza; pero no debe olvidar que torear andando para atrás es menos riesgoso que embraguetarse con el toro, avanzando, cargando la suerte y pasándoselo por la barriga, y que, después, su matador habrá de hacer lo mismo con la muleta en la mano izquierda. También el público debe tener en cuenta estas matizaciones, sin que ello signifique coartar el lucimiento de nada ni la torería de nadie. Hay un precedente en una feria de Sevilla con Martín Recio y Joselito de protagonistas. Pregunte…

El poeta Rafael Duyos marcó la pauta con el poema al famoso peón Blanquet, de la cuadrilla de Joselito el Gallo:

Blanquet, los músculos tensos,

siempre a punto pies y manos

para correr hacia el toro

con eficacia y con garbo.

Más que garboso…¡eficaz!

que es también muy necesario…

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigésimosexta de abono. Ganadería: Celestino Cuadri: Corrida de pareja presentación, muy identificada con el fenotipo del encaste Santa Coloma-vía Ibarra, es decir, toros de pelaje negro zaino, hondos y serios. El primero, bravo y encastado; segundo, noble; tercero, bravo en varas y noble en el tercio final; cuarto, incierto y encastado, embistiendo con la cara arriba; quinto, encastado y repetidor, y sexto, con movilidad, mejor por el pitón izquierdo. Espadas: Luis Miguel Encabo (de rosa y oro), pinchazo y siete descabellos (Aviso y silencio) y pinchazos de escandalosa colocación y once descabellos (Aviso y pitos), Fernando Robleño (de blanco y plata con los remates negros), bajonazo (Silencio) y dos pinchazos y estocada casi entera (Silencio) y Rubén Pinar (de grana y oro), buena estocada (Ovación) y casi entera perpendicular (Aviso y aplausos). Entrada: Dos tercios. Cuadrillas: Destacaron en la brega Javier Ambel, Raúl Ruiz y Candelas y con la pica, Agustín Moreno. Incidencias: La tarde calurosa y placentera, contó con el incidente de un antitaurino que montó su número antes de que saliera el quinto toro y fue reducido por el personal de cuadrillas.