La ética de la estética: cumbre de Manzanares en Madrid

Ayer, en la Plaza de Las Ventas de Madrid, el arte del toreo experimentó un proceso de vivificación, de exfoliación de su epidermis, de aplacamiento de ventoleras intempestivas e improcedentes. El arte del toreo, cuando se presenta con explosiva limpidez, sin alharacas ni estúpidos dogmatismos, cuando trasciende más allá del escenario a través del cordón umbilical de la emoción, encuentra su verdadera razón de ser, su inmarcesible contextura de obra fascinante.

Ocurrió en el quinto toro de la tarde, de una tarde primaveral y luminosa, con la Plaza engalanada a base de guirnaldas y reposteros y con el público ocupando hasta las escalinatas de los tendidos, gradas y andanadas. Lleno rebosante, ambiente de acontecimiento… como tantas otras tardes de toros de máxima expectación que el ambiente hostil y refractario de una parte de este público de Madrid se encarga de conducir al imbornal del desagüe.

Salió al ruedo el toro Dalia, con el hierro de Victoriano del Río, lustroso, engallado, robusto, con sus 580 kilos de carne bien repartidos en su bella anatomía y dos cuernos luengos y finos, echados para adelante. El torero José María Dols Samper, Manzanares, recogió las primeras carreras de esta bella bestia con unos capotazos suaves, de figura encorvada y muñecas flexibles, antes de embraguetarse con él en un fajo de verónicas excelsas, abrochadas con el lazo sutil de la media que echa la esclavina del capote hacia la cadera. Acude presto el toro al caballo de picar y Pedro Morales, el hijo del viejo Chocolate, le colocó dos varas en un breve lapso de tiempo, mientras Dalia metía los riñones y empujaba con furia al centauro agresor; después, Manzanares se dejó ver en los medios y dibujó un quite por chicuelinas en el que se enmaridaron el ceñimiento y el garbo. El toro era un torrente de bravura, y mientras Suso bregaba con sutileza y se cumplía con eficacia el tercio de banderillas, me pareció observar una cierta excitación en el torero alicantino, esa premura que suele preceder a los grandes acontecimientos. Tomó los avíos y su fue a brindar al público…

Fue un brindis prosopopéyico, de los que barruntan el triunfo. Fue, también entonces, cuando Dalia comenzó a embestir y Manzanares se puso a torear.

No me pidan relación cronológica de las suertes. Cuando un toro embiste con esa bravura, cuando derrocha tanta codicia y regala tanta nobleza, y cuando un torero se abandona a la dulce laxitud que le transmite el estro que le embarga, las anotaciones de urgencia que se garrapatean en un pedazo de papel serían poco menos que una profanación. Solo miré al ruedo. No tenía ojos para otra cosa, al punto de que me exalté hasta la imprudencia, y ocurrióme lo que al aficionado que presenció la faena de Chicuelo al Corchaíto, de Graciliano, el año 28, en la vieja Plaza de Madrid. Tenía el hombre en sus manos un cucurucho de altramuces, que a los pocos minutos rodaban por el suelo junto a un rebuño de papel de estraza. En mi caso, saltó el programa oficial a la localidad de delante y el boli a la de atrás. Así que hablo de memoria, pero con la imagen de aquellas series de pases naturales de una belleza brutal, deslumbrante. El torero, dejando tiempos y espacios con movimientos ampulosos, solemnes, a la espera de que amainaran las insolentes rachas de viento, y el toro, jadeante pero con la mirada fija en la figura bordada en oro y en el utensilio rojizo que arrastra por la arena, esperando el reto, el cite, el estímulo que le invita y le excita a la vez. Allá va el toro, galopando, a encontrarse con la franela, y ahí está el torero, grácil y esbelto, marcando la pauta del pase natural, corriendo la mano izquierda con una lentitud inaudita, sintiendo de cerca el bufido y las entrañas calientes del animal. Y así, uno tras otro, fueron desgranándose los naturales de Manzanares ayer en Madrid, el manjar más exquisito que uno ha podido catar en su Plaza Monumental… y en las del resto del mundo. Nunca –lo confieso– vi torear con tanta majestad, tanta armonía, tanto empaque y tan despacio, tan despacio, tan despacio. ¿Y ustedes quieren que yo me entretuviera en contarlos? Los tengo aquí, grabados en el rincón del cerebro que he reservado para conservar lo irrepetible.

Esos pases naturales –¿cuatro, cinco tandas, quizás seis?–, van a ser punto de referencia, de inflexión y de reflexión para los años venideros, principalmente para quienes tuvimos la fortuna de disfrutarlos en directo, de sentir la embriaguez de la emoción con una intensidad desconocida.

Después vinieron más muletazos en redondo, pases de trinchera, de la firma, ayudados por bajo… todos ellos de colosal magnificencia, y la estocada cuidadosamente preparada para la suerte de recibir, que se consumó al encuentro. Pocas veces se habrá visto en Madrid un consenso tan unánime en la petición de premios. Dos orejas incontestables. Siguieron flameando los pañuelos, unos pensaron que pedían el rabo, otros la vuelta al ruedo del toro, que por cierto, mereció sobradamente, auque no se la concedieran.

Eso, señores, es un toro bravo y encastado con todas las de la ley, y eso otro es un torero de una pieza, un artista inconmensurable. Esos son, en definitiva, los elementos que concurren en la floración de la obra de arte: el Arte del Toreo.

José María Manzanares solo tenía contratada esta comparecencia en la feria de San Isidro. Se lo jugaba todo a una carta. Le sonrió poco la fortuna en el segundo toro, un cinqueño herrado con el marchamo de Toros de Cortés, el otro hierro de la casa ganadera de Victoriano del Río. El toro más esaborío del lote enviado por el ganadero madrileño. Pronto se vio su tendencia a acostarse por el pitón derecho, motivo por el cual, a pesar del viento, Manzanares comenzó echándose la muleta a la izquierda; pero el veterano burel no había olvidado sus perversas tendencias y el torero optó por abreviar. Fue entonces cuando parte del público comenzó el afilamiento de la cuchillería para rematarle en el quinto. ¿El quinto?: No matar. Ya vieron lo que ocurrió.

Ahora, recupero mis utensilios para narrar sucintamente el desarrollo del resto de la corrida, y debo citar la buena actuación de Sebastián Castella, primero, ante un toro noble, pero escaso de fuerza, al que consiguió endilgar unos naturales de largo trazo y buen porte que, sin embargo, el público no valoró con justicia. En el cuarto, toro de gran trapío, pero remolón para tomar los engaños, la faena de Castella tuvo enorme mérito, apurando el escaso fondo del toro de Victoriano hasta meterse entre los pitones en el tramo final. Quienes pitaron al torero francés son tan irreverentes como incongruentes, porque fueron los mismos que cerraron la boca anteayer durante la corrida lamentable de Saltillo. No importa. Sebastián es una figura consolidada y tiene bien probada tal categoría en este mismo escenario, el año pasado, sin ir más lejos. Se va de la feria sin el triunfo que siempre buscó con ahínco, incluso apuntándose a una corrida de las llamadas duras. A él, al torero, sí que le han tirado duro y a la cabeza. Es lo que tiene este Madrid taurino en su último cabalgar entre dos siglos.

El otro suceso de la tarde lo protagonizó Alberto López Simón. Suceso, pero menos. El primer toro de su lote fue otro gran ejemplar de Victoriano, bravo, encastado y temperamental. Lo toreó Alberto con buen juego de brazos a la verónica, antes de que el toro se fuera como una exhalación al caballo de picas. Tomó un puyazo de bravo y se repuchó en el segundo encuentro. Alguien ordenó el cambio de tercio. Error. El toro llegó a la muleta con un brío descomunal, arreando en banderillas y pidiendo guerra en el último tercio. Simón, se fue a las rayas del 4 y comenzó la faena por estatuarios. Error: el toro se iba suelto en estos pases de guardabarrera, donde no hay sometimiento alguno ni se le muestra al toro el trayecto que ha de recorrer. Lo enmendó, después, en los medios, dejándole la muleta en la cara para ligar los pases en redondo y comenzó a calentarse la olla de Las Ventas. Casi toda la faena, con altibajos, transcurrió por ese lado. El toro, embistiendo con casta, poder y pies, mientras al torero no siempre le salieron limpios los muletazos; pero es evidente que algunos tuvieron ajuste, mando y temple. Montó la espada y se arrancó a gran distancia, clavó una estocada y salió prendido del embroque. Aquello debió impresionar al personal, porque se pidieron insistentemente las dos orejas, premio gordo que el presidente validó en una clara sobredimensión del mismo. La protesta fue tan sonora como generalizada; pero no hay tu tía. Dos orejas abren la Puerta Grande de Madrid, y esas las llevaba en sus manos López Simón, a pesar de los pitos. En el futuro, esos pitos no cuentan.

Trató de apuntalar –y justificar—el triunfo en el sexto, el otro de Toros de Cortés que completaba la corrida. Fue éste un castaño muy oscuro que protestó en varas y llegó a la muleta con mucha movilidad y embestida rebrincada. El torero le plantó cara desde el saludo a porta-gayola y tragó paquete en series cortas de muleta, pero de angosturas en el cite y en los remates. Cuando el de Cortés se vino abajo, Simón optó por el arrimón, liquidó al toro con una estocada en lo alto y el público se lo agradeció, de tal suerte que, en el cómputo global, no parecieron excesivas dos orejas apara este joven diestro de Barajas. Pero, en puridad, la segunda del tercer toro, sobró.

No obstante, se fue en hombros con Manzanares, y ambos salieron al careo de la calle de Alcalá, antes de cumplimentar al Rey emérito y a su distinguido acompañamiento en la pequeña y tradicional recepción del antepalco.

Así se alcanzó el gratificante punto final de una corrida de Beneficencia que fue altamente beneficiosa para la fiesta de los toros. La corrida que nos sorprendió con la ética de la estética, o lo que es lo miso, el advenimiento de la emoción por la vía de la estética. Una corrida, sencillamente histórica.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Corrida de Beneficencia, fuera de abono. Ganadería: Victoriano del Río (4), primero, cumplidor en varas, flojeó en diversas fases de la lidia; tercero, bravo y encastado, salió suelto del segundo puyazo y llegó temperamental a los tercios siguientes; cuarto, de gran trapío, encastado, a menos en la muleta, y quinto, de tremenda estampa, astifino y cornidelantero fue un toro completísimo en todos los tercios, para el que se pidió la vuelta al ruedo, y Toros de Cortés (2), segundo, cinqueño, manso en varas y acostadizo por el pitón derecho, acabó desarrollando sentido, y sexto, también de gran volumen y seria estampa, llegó presentando dificultades al tercio final, con embestida rebrincada, hasta que se fue apagando. En general, la corrida estuvo excelentemente presentada. Espadas: Sebastián Castella (de tabaco y oro), estocada tendida y trasera que el toro escupe y cinco descabellos (Aviso y silencio) y pinchazo y más de media defectuosa (Aviso y aplausos), José María Manzanares (de sangre de toro y oro), estocada (Silencio) y estocada al encuentro de efecto fulminante (Dos orejas clamorosas) y Alberto López Simón (de azul noche y oro), estocada saliendo prendido (Dos orejas, la segunda muy protestada) y estocada en lo alto (ovación). Entrada: Lleno de No Hay Billetes. Cuadrillas: destacó con la vara de picar José Antonio Barroso, y en la brega Jesús González, Suso. Incidencias: Corrida tradicional de Beneficencia, con la Plaza engalanada. Se utilizaron banderillas de lujo. Presidió el festejo desde el Palco de Honor, el Rey emérito don Juan Carlos, a quien los toreros brindaron sus primeros toros. Estuvo acompañado por su hija, la Infanta doña Elena y la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. Tarde calurosa y primaveral, con rachas de viento a partir del segundo toro.