Tribulaciones de un crítico taurino

Cuando una corrida de toros entra en barrena y discurre por el cauce de la más absoluta indolencia, la salida de la Plaza se envuelve en una laxitud amorfa, displicente, indiferente. No hay gestos hoscos, malhumorados o crispados, sino la plácida resignación de lo inapelable:

–¿De donde vienes?

–De los tooooros…

Se van los toreros al alcance de sus coches de cuadrillas con paso ligero, como queriendo que pase de ellos el cáliz de su propia frustración, acompañados de un rumor sordo y opaco o, lo que es peor, del silencio, que también es el cómplice invisible del fracaso. Se van las gentes desencantadas y a la vez desenfadadas, como si lo ocurrido fuera una consecuencia previsible, un infortunio habitual, el cerocerismo de un partido infumable.

–¿Qué tal la corrida?

–¡Bah!…

Los protagonistas se ausentan, y corren hacia el cobijo de una ducha confortante; se desalojan los graderíos y los espectadores buscan el refugio de domicilio habitual o el quitapenas de unas cañitas en el bar de enfrente; pero ¿quién se acuerda del crítico taurino?, ¿quién se apiada del sujeto que ha de colocarse ante el teclado del ordenador para tratar de contar un hecho insustancial, una banalidad, una historia sin argumento?

Llamas a la redacción de cierre, y te preguntan:

–¿Qué tal ha salido hoy la cosa?

–¡Ufff…

Entre la cosa y el ¡ufff!… hay dos horas y media que contar. Ahí te quiero ver, escopeta. Aquí tienen al crítico, a solas con su propia soledad. En casos como estos, la soledad del crítico, se lo aseguro, es patética. Cómo envidio y admiro a aquéllos críticos, cronistas o revisteros de antaño, que, con independencia del resultado del festejo, se colocaban ante lo que Clarito llama el toro ensabanao y astifino de las cuartillas y hacían una magnífica pieza en prosa –además en un plis-plás– sobre la mesa de la cantina de la estación de tren y se la entregaban al maquinista –propinilla incluida—para que alcanzara la edición del día siguiente. Qué fenómenos de la literatura taurina fueron Sobaquillo, don Modesto, don Pío, Corrochano y tantos otros, alguno de los cuales, como El Barquero rizaba el rizo y escribía en verso. ¡Increíble!

Y aquí me tienen a mí, mísero e infelice, sin saber cómo meterle mano al marrajo de una corrida soporífera, tratando de emplear el artilugio de Lope de Vega para escribir el soneto que le encargó Violante: Burla, burlando, ya he cubierto un espacio sin hacer alusión al tema que me compete, en un burdo remedo de la magistral esgrima literaria del Fénix de los Ingenios.

Hago, pues, de tripas corazón, me lanzo a una prospección profunda de este magín que ha embotado la tarde de toros en cuestión y desparramo como buenamente puedo estas líneas, en las que es menester consignar la estampa caballuna, altiricona, ensillada y cornalona de los toros de El Pilar, los domecqs de la Casa de los Fraile, que no es un convento, sino la explotación ganadera de este apellido repartida por la finca El Puerto de la Calderilla, en la muy conocida localidad salmantina de Tamames. Todos los toros eran colorados, pero no todos fueron bravos, ni mansos; ni fuertes, ni flojos; ni nobles, ni aviesos; no sé si me explico. Vamos, que la corrida tampoco se comió a nadie, pero a casi nadie interesó.

Si poco interesaron los toros, menos aún los toreros. De El Fandi, no se encuentra nada especial que destacar, porque se las vio con un manso que embistió descompuesto y lo atropelló por sorpresa en los capotazos de recibo y después repartió miradas desconcertantes que se agravaron por las ráfagas de viento que tanto molestaron a lo largo de la tarde, y, después con un toro grandón y muy bravo en el caballo de picar, pero desfondado en el tercio final, al que Fandi banderilleó con más acierto que al anterior y lo pasó de muleta con las mejores intenciones de agradar a un público que le tiene puesta la proa desde hace varias temporadas. No obstante, se le agradece al torero su facilidad para meter la espada y acabar por la vía rápida el trance final.

Después del triunfo obtenido el pasado martes, David Mora era esperado con expectación. Podría decirse que el lleno que registraba la Plaza se produjo al conjuro de su nombre, pero David, esta vez, no encontró la tecla con que enardecer a este público de Madrid, que le ha tomado adoración y signado como lo que en México llamarían su consentido y que acá significa –nada menos—tolerar lo que a los demás censuran: le dejan torear, simplemente, que no es poco. Sin embargo Mora no supo encontrar argumentos para corresponder a tan privilegiado trato, y muleteó entre las rayas al primero de su lote, un toro ensillado y cornalón, protestado por su afilada anatomía. Tuvo nobleza el de El Pilar, pero muy poca consistencia en una embestida que dejaba traslucir escaso peligro, lo cual no fue óbice para que le pegara una voltereta a David Mora en cuanto le perdió el respeto. Siguió el torero trazando pases y más pases sin que lograra interesar lo más mínimo, que es lo peor que le puede ocurrir a quien ha despertado ese interés. Alerta: mal asunto decepcionar tan pronto. En casos como este, es capital no perder el interés. El quinto fue un cinqueño, bello toro que peleó bien en varas y después fue protestado en cuanto dobló la manos. Noble y flojo el toro, insulso e inexpresivo el torero. Menos mal que cobró una excelente estocada; pero, ojito, ojito…

Algo parecido le ocurrió a López Simón, a quien persigue con contumacia su apoderado para hacer de consueta y dictarle a voz en grito giros, movimientos, pausas y distancias, posturas y ademanes. Una tortura para quienes lo presencian de cerca, aunque, al parecer, el torero lo toma de buen grado. Alberto López Simón (Simón, a secas, le llama el citado apuntador) se lió a pegar pases de muleta con la derecha y la izquierda, ligados los menos, aislados, los más, al primer toro de su lote, que también hizo un buen tercio de varas y se desfondó paulatinamente. Larga fue la faena, pero de muy escaso contenido. Tampoco protagonizó nada notable ante el sobrero de Salvador Domecq, que cumplió bien en varas y después embistió al paso. López estuvo valeroso, pero se eternizó con la muleta, a tal punto, que el público le forzó a zanjar la situación cuando se disponía a instrumentar una nueva tanda de muletazos. Y es que estábamos todos deseandito de que aquello terminara, porque el sopor es lo menos soportable de una corrida de toros.

Cuando este sobrero de Salvador Domecq se iba en pos de la muleta con viaje cansino y borreguil, parte del público comenzó a gritar, ¡toros!, ¡toros!… y a uno le recordó aquellos relatos de cornúpetas feroces que destripaban en el ruedo pencos al por mayor y la encendía afición exclamaba: ¡caballos!, ¡caballos!…

Miren por donde, he podido concluir una faena que, muy probablemente, me habrá salido espesa, vulgar e indigerible. Como la tarde. Es lo que hay.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigésima de abono. Ganadería: El Pilar: Corrida con el perfil del encaste Aldeanueva de El Raboso, esto es, toros longilíneos, altos de cruz, silletos, zanquilargos y de amplia arboladura. Todos ellos, colorados. Manso y descompuesto el primero, cumplidores en varas el segundo, tercero y quinto, y bravo el cuarto, pero todos ellos bajos de casta, nobles y aborregados en el tercio final, apagándose paulatinamente ante la muleta. El sexto fue devuelto por flojo y sustituido por otro de Salvador Domecq, que ni ganó ni perdió puntos con los titulares ya lidiados. Espadas: David Fandila, El Fandi (de nazareno y oro), mas de media estocada (Silencio) y estocada al encuentro (Silencio), David Mora (de celeste y oro), pinchazo y estocada (Aviso y silencio) y buena estocada (Silencio) y Alberto López Simón (de sangre de toro y oro), estocada (Aviso y aplausos) y estocada casi entera (Silencio). Entrada: Lleno. Cuadrillas: Vicente Osuna destacó bregando y Ángel Otero, Domingo Siro y Jesús Arruga, en banderillas. Incidencias: Tarde soleada, con molestas rachas de viento.