Dos versiones del toro del 600

Ayer, cumpliendo la empecatada –con perdón– costumbre que imponen los lazos familiares y afectivos, salí de Madrid tomando rumbo sur, porque el Corpus y Toledo entran de lleno, como dicotomía irrenunciable, en mi calendario personal.

Me perdí, por tanto, la corrida de Las Ventas y los toros de Juan Pedro Domecq que llevan el hierro legendario de Fernando Parladé, aquél ganadero fugaz, pero de enorme influencia en el desarrollo de la ganadería brava española, como todo el mundo taurino conoce; un hierro, por cierto, del torero Domingo Ortega, que como la mayoría de toreros que se embarcan en tan proceloso cometido, se pegó un talegazo monumental en su faceta de ganadero.

He leído cuanto he podido al respecto –dentro de la multiplicidad difícilmente mensurable que recoge ese saco sin fondo que son las redes sociales–, por tanto, después de aventar cuestiones y contrastar criterios, saco la conclusión de que algunos parladés de este siglo XXI, los que tienen trapío de verdad, son seiscientos; no me refiero al número de reses que pastan en el Alentexo portugués, sino al promedio de kilos que pesaron los seis enormes ejemplares de la raza bovina que envió a Madrid Juan Pedro Domecq Morenés. Seiscientos, o más. Es la tara, el tonelaje físico del toro que se escancia por los toriles de Las Ventas. A mí no me rechazan ni uno, parece que pensó el ganadero. Y, por lo visto y leído, acertó. La corrida del seiscientos, salió esplendorosa y galana al ruedo de la Monumental.

Como no es justo, ni necesario, hacer crítica basándose en referencias y visualizaciones a posteriori, y apelando a la metáfora automotriz, solo me permitiré una reflexión: una tara tan formidable, solo puede desplazarse a satisfacción con un motor de potencia especial, el que cuente con una carga de combustible –en este caso de casta y fuerza— proporcional al peso que ha de desplazar y a los movimientos, esfuerzos y castigos que habrá de afrontar. Un cúmulo de valores de tan difícil conjunción que solo se encuentran en casos excepcionales. No es necesario ser especialista en tauromaquia, ni profesional del toreo, ni ganadero para entender esta cuestión. Cualquier biólogo o zoólogo avalará tan elemental planteamiento.

Naturalmente, en Toledo fui por la tarde a la corrida del Corpus, que es tanto como transportarse a otra galaxia, donde habita un apéndice de ese ignoto Planeta de los Toros sacado del ingenio de Díaz Cañabate. Allí se me representó el toro de los años 60del pasado siglo: terciado, bravo, noble y con el fuelle justito para soportar la fatiga de la lidia. El toro de los 60, concomitante con aquél Seat pequeñito, apellidado con esos tres dígitos, que revolucionó la industria automovilística española y era muestra de boyantía económica, de signo externo que identificaba a una naciente burguesía.

En la Plaza toledana, de amplio ruedo, que cumple 150 años de existencia, el toro del 600, versión cohecito utilitario, propició una sucesión de suertes de suprema elegancia a cargo de Enrique Ponce, un capítulo más del amor propio y ambición de El Juli y la pelea jubilosa de un recién llegado con las mejores hechuras, el joven torero Álvaro Lorenzo, aupado ruidosa y sentimentalmente por el paisanaje. Con independencia del número de trofeos –una carretada–, la gente disfrutó de lo lindo y es muy probable que vuelvan el año que viene.

Entre tanto, en Madrid, el toro del 600, versión trailer, se movía pesadamente sobre el ruedo empinado de Las Ventas y la tarde se murió contra las tablas del aburrimiento, solo alterado por la entrega de Juan José Padilla, y el palizón que le propinó uno de sus toros.

Entre el torete y el buey, no me den a elegir, porque es una apuesta con trampa. Es como pedir posicionamiento entre radicales extremos. En la bisectriz del ángulo está la solución; una solución que se antoja difícil mientras la óptica de Madrid se dispare hacia lo jurásico, sin que se vislumbren opciones razonables.

Toledo y Madrid fueron ayer dos versiones –dos visiones—del toro del 600: aquélla de añejo pretérito, esta otra de próximo futuro.

Si a este toro que ya está adquiriendo perfil de esteriotipo en la Plaza de Las Ventas –y subiendo…–, le aplicáramos la letra de aquella canción escrita por Moncho Alpuente que hacía una tierna apología del gomas que rodaba alegremente hace medio siglo por las paupérrimas carreteras de este país, podríamos decir: Adelante, toro del 600, la nueva fiesta nacional, es tuya…