La tarde antipática

Dando por cierto que, de siempre, el público que acude a los tendidos de las plazas de toros ha tomado las riendas del espectáculo, apropiándose del rol que, en pura lógica, debería corresponder a los actores protagonistas que pisan la arena del escenario y arrogándose con ello el dominio del desarrollo de la corrida, no está de más asegurar que si tal participación sonora y vinculante traspasa las primarias líneas de lo que en mi niñez enseñaban en las escuelas españolas bajo el epígrafe de Urbanidad, tales manifestaciones se convierten en una patulea de gallinero, en un remedo de esa sacrosanta facultad tan preciada y apreciada por los humanos que llamamos libertad de expresión.

Hubo un tiempo en España, durante los Gobiernos de la Regencia de María Cristina –concretamente el primer año del siglo XX–, en que se creó un Ministerio llamado de Instrucción Pública y Bellas Artes, cuya cartera ocupó el murciano Antonio García Alix; un Ministerio que se ocupaba, sencillamente de instruir y educar a los españoles de la época de Antonio Fuentes, Bombita y Machaquito. No estoy muy seguro de que aquella Instrucción Pública causara efectos terapéuticos en el comportamiento de quienes se aposentaban en el graderío de las Plazas –las broncas y algaradas son algo consustancial con el público de toros–, pero tengo para mí que la Educación es uno de los valores primordiales del hombre (y de la mujer, claro está) en la sociedad contemporánea, y que algo debe estar fallando en este país, cuando se han perdido las formas de manifestarse públicamente, incluso en la olla caliente de los cosos taurinos, donde la tantas veces invocada democracia se convierte en una dictadura hostil y torturadora de unos pocos hacia el resto de abrumadora mayoría, que también tiene derecho a presenciar el desarrollo del festejo sin la interferencia chirriante de una tabarra lacerante para los cinco sentidos del cuerpo humano.

Improviso este exordio para poner en situación acerca de lo ocurrido en una tarde de toros en Madrid, con figuras del toreo en el cartel y con la sustitución al completo de los toros de la ganadería anunciada, dos ingredientes maravillosos para ir a la Plaza con la fusilería presta y el gatillo fácil. Nada nuevo. Se anunciaron toros de Jandilla y Vegahermosa (más de lo mismo) y se acabó lidiando una corrida completa de Vellosino. Nada nuevo, tampoco. Se rechazan unos toros y se reemplazan por otros que aprueban los técnicos y la autoridad competente. Ni es la primera vez que ocurre ni será la última.

Que quede claro: en ferias de este calibre, como la de San Isidro, es la Empresa quien elige las corridas de toros, componiendo el menú que ofrece a los toreros que pretende contratar. Así, pues, los toreros no hacen otra cosa que posicionarse en la elección del ganado de la oferta. Después, si esa corrida no pasa el fielato del reconocimiento, habrá que responsabilizar a los veedores de la Empresa o, en su caso, al propio ganadero, que supuestamente no ha enviado a Madrid toros en las condiciones que exige su máximo rango. De nuevo la Empresa ha de encontrar material toruno de garantías para suplir la contingencia suscitada, a veces, con demasiada premura. Los toreros, entonces, están es su derecho de anular la relación contractual que suscribieron en su día, y los aficionados en el de exigir el importe de las localidades adquiridas.

Pues bien, ayer los Domecq de Jandilla y Vegahermosa resgresaron a sus hermosas fincas y una escalera de toros grandullones viajaron de urgencia a los corrales de Las Ventas. Ninguno de los tres toreros se apeó del cartel y, que se sepa, no se devolvió ni una sola localidad. Aún así, al comenzar la corrida la Plaza era un volcán de protestas, un hervidero de improperios…¿Hacia quién o quienes? La incógnita se despejó en seguida: hacia el Juli y Perera y, por simpatía –en el sentido físico de los cuerpos que comparten y aúnan acciones y comportamientos—hacia López Simón, pero especialmente hacia el primero, pieza suculenta en esta Plaza para tirar a tenazón.

De todo ello se podría desprender que un sector de la afición de Madrid se quejaba amargamente por no poder presenciar el juego de los jandillas, que militan—es un decir– en la Champions y, en consecuencia, por tener que tragar con los vellosinos, que se inscriben –es un decir, también– en la Segunda División; pero aseverar tal cosa sería un ciclópeo contrasentido, motivo por el cual espero que se entienda la ironía.

Tres cinqueños y cuatro toros rebasando los 600 kilos salieron por la puerta de chiqueros, algunos con más de 100 kilos de diferencia. Una escalera. Los hubo blandos y fuertes, bravos y mansos, de variado pelaje y aparente cornamenta; pero casi todos fueron protestados, hasta conseguir que el último volviera a los corrales, operación que actuó de elixir contra la inverecundia colectiva.

Con este panorama se pusieron delante de la corrida los toreros. El Juli pareció doblegarse ante el ambiente hosco que le acompañó en su primer trasteo, pero se superó ante el cuarto, uno de los toros bravos de Vellosino. Fue un cuatreño de 628 kilos, enmorrillado y badanudo, de gran trapío, al que colocó Diego Ortiz un soberano puyazo. Después Juli lo pasó de muleta haciendo oídos sordos a los dicterios que le llovían desde las alturas, y a fe que logró dos tandas de pases en redondo y otras tantas al natural, largas, templadas y de largo trazo, que aquél torazo aceptó con notable entrega. Cuando la pasión estaba al rojo vivo montó la espada, pero pinchó; de no haberlo hecho, seguro que se lleva una oreja del toro al esportón, aunque en la Plaza se formara la de Dios es Cristo. La última tarde de Julián en Madrid fue una estación más del Calvario que ha de recorrer desde hace ya unos años en Las Ventas. Son ciclos.

Miguel Ángel Perera se llevó un lote infame. El primero de fue noblón, pero se rajó a las primeras de cambio, y el quinto un toro de una sosería desesperante, tomando los engaños con la cara a media altura. Podría decirse que estuvo digno y valiente, si no fuera porque es una de nuestras figuras del toreo más contrastadas. Estar así, en Madrid, no conduce a ninguna parte, pero tampoco se podía mejorar la actuación con semejante material.

Y Alberto López Simón se las vio de primeras con un castaño cinqueño y abanto, que empujó al caballo con los pitones en la silla de montar y rompió a bravo en la muleta. López Simón cuajó tres tandas jaleadas, pero dio la impresión de que el toro se fue al desolladero con una bolsa de muletazos por abrir. Mejor aún fue el sobrero de Domingo Hernández. Bravo, noble y codicioso. El toro de la corrida. El torero de Barajas esta vez, le recetó un sin fin de pases que apenas tuvieron eco en el tendido, y si lo tuvieron no fue para que el torero escuchara lindezas, precisamente.

Salimos de la Plaza todavía con el come-come de la manifa que se traían de casa organizada algunos espectadores. Fue una tarde antipática. La más desabrida de la feria. Y todo porque se echaron para atrás los toros de una ganadería de las llamadas comerciales ¿O era por otra causa?…

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Decimonovena de abono. Ganadería: Vellosino, sustituyendo a las anunciadas de Jandilla/Vegahermosa. Corrida de desigual presentación y variado comportamiento; bravos tercero, cuarto y quinto; nobles, flojos y descastados, primero y segundo. El sexto fue devuelto por doblar las manos tras el segundo puyazo, pero apuntó una embestida humillada y codiciosa; le sustituyó uno de Domingo Hernández, bien presentado, de encastada acometida y notable recorrido. Espadas: Julián López, El Juli (de Rioja y oro), pinchazo hondo y tres descabellos (Silencio) y pinchazo, estocada y descabello (Ovación), Miguel Ángel Perera (de celeste y oro), estocada (Silencio) y pinchazo y estocada caída (Silencio) y Alberto López Simón (de oliva y oro), pinchazo, estocada y dos descabellos (Aviso y aplausos) y estocada sin puntilla (Silencio). Entrada: Lleno. Cuadrillas: Destacaron en banderillas, Curro Javier, Vicente Osuna, Jesús Arruga y Javier Ambel, y con la vara de picar, Diego Ortiz. Incidencias: Tarde nublada, de suave temperatura. Asistió al festejo el Rey emérito don Juan Carlos, a quien brindaron los tres matadores. Le acompañaban en la delantera del tendido preferente, la Infanta doña Elena y el torero Enrique Ponce.