David Mora triunfa en Madrid con un toro de bandera

Cuando intentábamos acomodarnos trabajosamente en nuestra localidad, por mor del apresuramiento de los espectadores rezagados, los toreros ya habían iniciado el paseíllo. Tarde de reventón, aunque no se agotaran las localidades. Tarde de expectación, de las que se presiente la apoteosis. La mayoría –a qué negarlo— tenían los ojos y la mente en Roca Rey, unos, atraídos por la novedad que está en boca de todo el mundo mundial, incluso de los no aficionados a los toros; otros, bien pertrechados de munición para abatir cualquier conato de encumbramiento de quien es, según todos los indicios, la revelación de la temporada. Así es Madrid, taurinamente hablando.

–Hoy, la corrida está estigmatizada por la Santa Sede del público de Las Ventas –sentenció un buen aficionado de mis cercanías–; David Mora, lleva una bula bajo el brazo; Roca Rey, el pergamino de un anatema.

En esas estábamos todavía cuando saltó al ruedo el segundo toro de la tarde. Bello de hechuras, con un carné de identidad –cinco años bien cumplidos– que invitaba al respeto proverbial de la mayoría de edad. El programa de mano especificaba la pigmentación de su piel: negro meano, chorreado en morcillo y axiblanco. Su nombre, Malagueño, su peso, 563 kilos, sus primeras arrancadas, de incendiada bravura. David Mora le ofreció el capote y el toro se lo comía por abajo. Se arrancó Malagueño al caballo de picar y el piquero, Israel de Pedro, le colocó dos excelentes puyazos. A la salida del segundo, Andrés Roca Rey realizó en los medios un escalofriante quite por saltilleras, limpias y solemnes, con el toro acariciando los bordados de su vestido con la pala del pitón, pero parte del público ahogó los clamores de admiración con gritos de desaprobación. Entonces, David Mora, engallado, replicó por gaoneras, también emocionantes, muy ceñidas, rematadas con una brionesa, y la Plaza crujió de entusiasmo. Fue la primera puesta en escena de la sanción prestablecida por la Santa Sede de Las Ventas. Mi convecino, tenía razón.

El público de Madrid había obligado a saludar a David desde la raya del tercio, nada más deshacerse el paseíllo, en justo reconocimiento al calvario sufrido por el torero –dos años largos de inactividad–, tras el percance sufrido en este mismo ruedo en aquella maldita portagayola. Por tal motivo, después de que Pedro Calvo clavara en alto las banderillas y Ángel Otero se luciera en la brega, el matador cruzó el ruedo y se fue en busca de los médicos de la Plaza, para brindar al cirujano jefe, Máximo García Padrós, la faena del toro que esperaba con la mirada fija en el burladero de la tercera suerte.

Entonces, se produjo una sinrazón que, como tal, tiene difícil explicación. El toro había mostrado un comportamiento excepcional en los dos primeros tercios de la lidia, pero el torero, en vez de iniciar su faena en terrenos más abrigados, se empeñó en cambiar el viaje del animal en los medios con el estereotipado pase cambiado, que parece estar grabado a fuego en el menú de los trasteos de muleta de la torería contemporánea. Malagueño, observaba aquella figura de manzana y oro que avanzaba hacia sus dominios, hasta que ya sobre la cal de las rayas, se consumó el despropósito: con la distancia apurada al máximo, el toro no podía obedecer el toque del cambio y cogió de lleno al torero, propinándole una voltereta espectacular, de la que David Mora salió maltrecho, dando la impresión de que había sufrido alguna fractura, por los gestos de dolor y por la imposibilidad de manejar las piernas. Menos mal que fue una falsa impresión. David de pronto se incorporó, se pasó a Malagueño por estatuarios y después avanzó hacia las afueras con trincherillas y pases de la firma que desataron un alboroto en los tendidos.

El resto fue una doble sinfonía: la del toro, embistiendo con encastado viaje y una admirable derechura, con los pitones buscando los flecos de la muleta y la bravura desbordando el propio trazado de las suertes, y la del torero, definitivamente acoplado con tan excepcional ejemplar de la raza de lidia. Unas suertes cosidas una tras otra, a derechas e izquierdas, interpretadas bajo el imperio del sentido común, tan poco común en esta Plaza, esto es, simplemente dejando torear al torero. Fueron varias tandas de pases en redondo y de naturales desmayados, dejando la franela muerta a la salida del muletazo para ligar el siguiente, que fueron fraguando la ansiada apoteosis, la espléndida actuación de un torero espléndido. Estocada y dos orejas incontestables. La vuelta al ruedo a Malagueño, aún más incontestable.

Con la Puerta Grande asegurada, David Mora trató de redondear su histórica tarde con el segundo toro de su lote, un castaño feote de tipo, que no se empleó en varas y al que Ángel Otero colocó dos pares de banderillas superiores. Brindó a Mario Vargas Llosa e intentó domeñar una embestida áspera, con los cuernos por encima del estaquillador de la muleta, pero sin ápice de emoción. Era como tratar de saborear un rebojo de pan después de haber gulusmeado un manjar. Mora, siempre alentado por el público, trasteó con dignidad y compostura y metió media espada con decisión, antes de meterse en el callejón, a la espera del final apoteósico que disfrutaría al final de la corrida.

Una corrida que, en sus comienzos, pareció redimir el fracaso de la ganadería de Alcurrucén del pasado viernes, porque el que el toro que rompió Plaza fue encastado y poderoso, agresivo y temperamental. Un toro antiguo, también cinqueño, que salió pidiendo el carné de torero a Diego Urdiales –un documento, por cierto, que tiene bien guardado y acreditado el arnedano–, para lo cual hubo de someterlo primero por bajo, reduciendo asperezas, para después torearlo por el pitón derecho en tres tandas muy meritorias, porque el toro, de vez en cuando, daba muestras de no haber atemperado sus embates, especialmente por el lado izquierdo. Faena de corazón y cabeza, de gran esfuerzo, por las dificultades del toro, que el público no valoró en su justa medida. Ahora bien, para dificultades, las que le planteó a Diego el cuarto de la tarde, un toro manso de solemnidad, un buey espantadizo que llegó sin picar al tercio final, al que, por fortuna, cazó el torero con una eficaz estocada.

¿Y Roca Rey? Pues ahí estuvo el hombre, tratando de que fuera derogado el anatema que le colocaron, antes de hacer el paseíllo. El primer toro de su lote fue un cinqueño que echó las manos por delante en los capotes y derribó al caballo de Manuel Molina, otro de los picadores que destacaron en la tarde de ayer. Un toro de embestida fluctuante y complicada, que esperó a los banderilleros y se fue tras la muleta del joven torero peruano con viaje incierto. A pesar de la contumaz respuesta negativa de parte del público, lo cierto es que Roca Rey se mostró seguro, valiente, impertérrito y dueño de la situación, iniciando la faena con unos bellos muletazos por bajo y trazando series ligadas de mucha exposición, por la incertidumbre aludida que mostraba el toro en su embestida. Mató de una estocada entregándose y gran parte del público le obligó a saludar una ovación.

El sexto protagonizó un momento de difícil interpretación: A la salida de un capotazo, se quedó inmóvil, como petrificado, con las extremidades abiertas y una ligera convulsión. Creímos que se había malrotado, descoordinado, estropeado para la lidia; pero, no, sorprendentemente se recuperó en unos segundos y destapó un carácter agresivo, acudiendo con arreones intempestivos a los cites de los toreros. Entonces Roca Rey tomó los avíos y se fue a brindar –como Mora– al Premio Nobel, Vargas Llosa, pero ¡le protestaron el brindis! Este detalle explicita el estado de la cuestión. Y la cuestión es que este diestro recién llegado, exhibe  unas formas y un fondo de fehaciente personalidad, lo cual le permitió plantar cara a este toro reacio y a la defensiva, sin que le cambiara el rictus de su rostro ni se le moviera un alamar. Como colofón entró a matar como una vela y hundió el acero hasta los gavilanes por el mismísimo hoyo de las agujas. Fue la estocada de la tarde y, por el momento, de feria. Se va de Madrid con la cabeza bien alta y con una proyección extraordinaria de cara al futuro. Lo quieran o no, es, de momento, el reclamo más importante de los carteles… hasta que el cuerpo aguante. Le sobran cualidades, desparpajo, afición y ambición.

La corrida finalizó con David Mora en hombros, atravesando la Puerta de Madrid de la Plaza de Las Ventas. La puerta soñada por todos los toreros. Bien merecido lo tiene, por su calidad como artista y por su perseverancia. La fortuna le premió con un toro de bandera y el supo poner en el pináculo de este monumental palenque su bandera de gran torero. Y yo me alegro.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Decimoctava de abono. Ganadería: Alcurrucén: Corrida con cuatro cinqueños, muy seria y de juego bien distinto. Cuarto, manso sin paliativos; quinto, de mansedumbre rebrincada y áspero carácter y sexto, temperamental, desconcertante y deslucido. Primero, encastado y poderoso y tercero agresivo e incierto. En segundo lugar se lidió el toro de nombre Malagueño, de bravura excepcional en todos los tercios, un toro “de vacas”, premiado con la vuelta al ruedo. Espadas: Diego Urdiales (de tabaco y oro), pinchazo, media y cuatro descabellos (Aviso y silencio) y estocada (Silencio), David Mora (de verde manzana y oro), estocada (Dos orejas) y media estocada (Ovación) y Andrés Roca Rey (de sangre de toro y oro), buena estocada y descabello (Ovación) y gran estocada (Ovación, previo aviso absurdo, cuando se tambaleaba el toro). Entrada: Casi lleno. Cuadrillas: Ángel Otero destacó en la brega y en banderillas, donde también se ovacionó a Pedro Calvo. Con la vara de picar, se lucieron Israel de Pedro y Manuel Molina. Incidencias: Tarde entoldada, con viento. Mora y Roca Rey, brindaron al Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. David Mora, salió en hombros por la Puerta Grande.