Torear para la nada

En la rica fraseología del lenguaje taurino, a quienes se emplean con denuedo en el uso de los utensilios de torear, sin apenas alcanzar lisonjas de los que presencian su obra, hace ya varias décadas que se les estampó un remoquete bien ilustrativo: pegapases. ¿Qué o quién es un pegapases?, pues el que une dichos pases de forma mecánica, como el que pega las etiquetas en serie en el sinfín de la cadena de montaje de un producto comercial. Dicho de otra forma: pegapases es el que va pegando los pases entre sí, uno tras otro, mediante movimientos ortopédicos, sotto voce, o con rictus silabeados, sin fe, que es como rezaban las beatas de mi pueblo las letanías en los velatorios: ora pro nobis, ora pro nobis, ora pro nobis…

Bien entendido que en esto de la jerga de la gente del toro –tan original, ella– el vocablo pegar es sinómino de dar o ejecutar; ocurre, sin embargo, que cuando se emplea el verbo pegar pegado al sustantivo pase, se convierte en un adjetivo calificativo que lleva implícita su cargazón peyorativa.

Y no es que dar un pase sea cosa baladí. A esos espectadores que se incrustan entre el público y motejan a los toreros, incluso a los más o menos incipientes, les pones delante de una becerra a dar un solo pase y pegan un petardo mayúsculo: ¡pum, petardo! Así que dar muchos, muchísimos pases, debería condicionar su dificultad en la lógica proporcionalidad, pero lo cierto es que surte el efecto contrario: la pesadez de lo anodino, cuando se sirve en serie, acaba siendo invadido por la turbiedad de la desesperanza.

Ayer, en Las Ventas, se lidió una buena novillada de Lorenzo Fraile, con su segundo hierro de La Ventana del Puerto. La mayoría de los espectadores ni se percataron del cambiazo, porque piensan que en esa casa ganadera, todo es lo mismo, en lo que al encaste se refiere; pero nada más salir el primer novillo, su morfología denunciaba una procedencia bien diferente a los clásicos atanasios/lisardos del Puerto de la Calderilla. Eran utreros bien comidos, de carnes rematadas, patilargos y agalgados, con una altura de cruz bien evidente que denotaba el linaje de Juan Pedro Domecq, por la vía de Aldeanueva. ¿Acaso se enteró usted, amigo enterado?

Fue un acierto la unificación del hierro, porque el material bovino fue excelente, propicio para que los muchachos que aspiran a alcanzar el máximo rango de figuras de la torería se consagraran en el que yo llamo el Pentágono del mundo de los toros. De los seis novillos, cinco embistieron por derecho, con sus matices, naturalmente. Cinco posibilidades de triunfo para una terna fresca de ilusiones, y uno más, el quinto, que fue el garbanzo cutre que echó el Fraile en la olla del cocido madrileño de Las Ventas, pero que también sirvió de banco de pruebas para catalogar el bagaje de los novilleros en situaciones menos favorables.

El primero de estos tres jóvenes espadas que salió a la palestra fue Alejandro Marcos, un salmantino que causó una excelente impresión en sus anteriores salidas a este ruedo. El primer novillo le presentó una atosigante embestida, sin dejarle apenas resuello para relajarse entre pase y pase, así que el muchacho se lió la manta a la cabeza y empezó a pegar pases en series sobre ambas manos a la velocidad que imponía el animal, que era mucha. Marcos torea poco, pero sabe torear. Lo que le falta es sentido de la medida, algo comprensible en quien quiere apurar al máximo la oportunidad de actuar en Madrid y tener la fortuna de enfrentarse a un novillo bravo, que embiste con codicia. Le dio lo menos treinta o cuarenta pases de muleta, algunos de correcta ejecución, pero en el ambiente empezó a crearse el estigma del pegapases. Para colmo, en un descuido, el de La Ventana del Puerto se lo echó a los lomos en una violenta voltereta, con caída preocupante cabeza abajo y la consiguiente conmoción cerebral. Conmoción, también, en la Plaza. Los recientes acontecimientos tienen a la afición taurina con el ánimo soliviantado cuando suceden este tipo de percances. Por fortuna se recuperó Alejandro, volvió al ruedo y derribó al astado de una eficaz estocada. Le pidieron la oreja, pero el presidente, con buen criterio, no la concedió. El cuarto fue muy mal picado –en realidad, toda la corrida lo fue—y peor lidiado. El novillero salmantino volvió a ofrecernos una ensalada de pases sin el menor relieve, pero dio la impresión de que sus facultades estaban mermadas, porque tiene un buen concepto del toreo. Démosle, por tanto, un voto de confianza.

Joaquín Galdós viene de Sevilla de formar un alboroto en la Maestranza. Desde luego, suyos fueron los momentos más artísticos de la tarde. Torea a la verónica con un embroque bellísimo, un excelente juego de brazos y una cadencia de cante grande. El saludo al segundo toro –toros fueron, en apariencia, los seis novillos—levantó los primeros oles rotundos de la tarde, repetidos en el quite por este mismo palo, como réplica al ejecutado por Juan de Castilla en su turno. Después, realizó una faena excesivamente prolongada, aprovechando al límite las buenas arrancadas del novillo, que llegó ya exhausto al trance final de la estocada. De entre el largo metraje de su trasteo, espigamos algunos naturales y pases en redondo que muestran su clase de buen muletero; pero le dio tantas series de muletazos, le pegó tantos pases al precioso y gran novillo de La Ventana, que acabó entrando por allí el relente del pegapases. Y no es eso. El quinto, ya está dicho, fue el peor, con diferencia. Galdós, volvió a dejar en el ruedo la estela de un haz de verónicas de bella composición y su evidente afán por no salir de Las Ventas con el esportón vacío. Fue malo el novillo, deslucido a más no poder, acabando por salir de naja hacia las tablas, pero tampoco mereció el golletazo con el que el peruano lo envió a la garrucha del desolladero.

Juan de Castilla entró –con justicia—en el cartel para sustituir a Luis David Adame, que resultó corneado en este mismo ruedo hace una semana. Fue, de los tres, el que más tiempo estuvo ante la cara de sus novillos. Lo intentó todo, con capote y muleta y tuvo enfrente el lote más propicio: un novillo que parecía hecho cuesta arriba, pero que descolgó la cabeza para embestir con excelente tranco y otro, el sexto, que salió suelto del caballo de picar y después se deslizó persiguiendo la muleta sin volver la cara y haciendo el avión al encontrar la tela. Novillo de taco gordo, con el que el colombiano llevó a cabo una labor excesivamente dilatada, movido, sin duda, por su encomiable empeño en demostrar su capacidad y por ameritar su puesto en el cartel. A Castilla le trata cariñosamente el público de Madrid, y solo se enfadaron con él cuando se empeñó en rematar su trasteo con las inevitables bernadinas, que están siendo colofón de las faenas de la inmensa mayoría del inmenso plantel de toreros de esta Feria. ¿No hay otra forma más original de acabar? ¿No hay otras suertes más vistosas y no menos arriesgadas? Si el bueno de Bernadó cobrara derechos de autor, se hubiera hecho millonario.¡Qué inmensidad de bernadinas, señor!

Pero para inmensidad, los pases –solo de muleta– que se llevaron al otro mundo los novillos de La Ventana del Puerto. Echando números, 10 series de muletazos, a 4,5 pases por serie, suman 45 pases, por 6 novillos, igual a 270 pases. Esos fueron –pase más, pase menos– los que pegaron los novilleros a los novillos, sin que el público se arrebatara de emoción. Como si no pasara nada. Nada de nada. Con todos los respetos, torear para la nada, cuando los toros son bravos y embisten y los toreros son los productos más relevantes de la cantera, invita a la cavilación. Es lo que tiene mirarse en el espejo del pegapases.

Lo dicho: ora pro nobis (rogad por nosotros).

¡Roca Rey, haz algo!

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Decimoséptima de abono. Ganadería: La Ventana del Puerto: Corrida de novillos completa con este hierro, sustituyendo a los del Puerto de San Lorenzo anunciados en cartel. Muy bien presentada, en tipo del encaste Domecq de Aldeanueva y de excelente juego en general, salvo el quinto. Cumplieron en varas, algunos apretando de firme; el primero, bravo y de atosigante embestida; el segundo protestón en varas pero bravo y codicioso en el tercio final; el tercero, también de excelente juego; el cuarto, peleó mucho y bien en el caballo de picar y aguantó una larguísima faena; el quinto, de embestida incierta y rajado al final, y el sexto manseó en varas y llegó con largo recorrido a la muleta. Espadas: Alejandro Marcos (de Ribera del Duero y oro), estocada (Aviso, petición y vuelta) y tres pinchazos, estocada y descabello (Aviso y silencio), Joaquín Galdós (de canela y oro), estocada caída (Silencio) y Golletazo (Silencio) y Juan de Castilla (de turquesa y oro), dos pinchazos y estocada (Aviso y silencio) y pinchazo y estocada (Aviso y silencio). Entrada: Dos tercios. Cuadrillas: Destacó en banderillas Manuel Macías. Incidencias: Tarde primaveral, sin viento. Juan de Castilla sustituía a Luis David Adame, herido en Madrid el pasado lunes.