Los “alcurrucenes” pincharon en hueso

Dejemos clara una cuestión de principio: la corrida de Alcurrucén fue un desfile de mansos de distinto tipo y condición, una variada gama de pigmentos que destiñen la casta del toro bravo, convirtiéndole en una muralla difícilmente franqueable para quienes pretendan crear con semejante materia viva el arte dinámico del toreo. Y permítanme que traiga de nuevo a colación el hincapié pertinaz que tantas veces he esgrimido y preconizado como peana primordial donde asentar la valoración de cuanto sucede en el ruedo: al torero siempre hay que juzgarlo, para bien o para mal, en función del toro que tiene delante. Este es el fundamento que debe prevalecer en la sanción de todo aficionado que de tal se precie. Se recalca, por tanto, en este elemental silogismo, desde el convencimiento de que la cuestión, expuesta, más que de principio, es de principios.

Ayer, en efecto, fueron saliendo al ruedo de Las Ventas los toros de encaste Núñez –con la oportuna y casi testimonial remezcla de torrestrellas, y juampedros de los hermanos Sampedro—que los hermanos Lozano han transformado en una creación propia de la zootecnia española del toro de lidia. Toros bajos de agujas, ampulosos de carnes y morrillo, ensillados de lomo, cuerna arremangada o cornidelantera y estrechos de sienes. Toros que, a juzgar por otras comparecencias de reciente recuerdo, se mostraban parcos de movimientos y remisos a aceptar la pelea en sus primeras escaramuzas por el ruedo, pero que paulatinamente iban calentando motores tirando del depósito de combustible de su casta brava, cuyo fondo era bien generoso. Es el toro elaborado en su día por Manuel Rincón, partiendo de refinados parladés, que posteriormente recriaron los hermanos Núñez, consiguiendo una de las ganaderías más prestigiosas de España, por su bravura y nobleza, los toros del berreíto característico que proporcionaron triunfos clamorosos a las principales figuras el toreo de varias generaciones del siglo XX.

Con esa masa, cocieron los Lozano su prolífica ganadería en el horno de Alcurrucén, con Pablo como hornero mayor. Una ganadería que se ha ido desdoblando en tres hierros diferentes, para mayor gloria de sus propietarios.

Por tal motivo, la doble presencia del hierro matriz en esta feria de San Isidro no puede extrañar a nadie. Hay material de sobra en los campos de Córdoba, Cáceres, Badajoz y Toledo para surtir ciclos taurinos de todo tipo y condición, incluso los que juegan en la Champion League del toreo, con Madrid a la cabeza.

Por presentación, ningún problema. Toros en tipo, trapío asegurado. Por comportamiento… ahí está el bendito misterio del ganado bravo. Ayer, en Las Ventas, los alcurrucenes protagonizaron un extraño oxímoron taurino: pincharon en hueso.

Por tanto, resuelvo que aquél grito, ¡pum, petardo!, ensayado por un grupito que se asienta en el tendido y actúa como el diestro poco avezado que trae hecha la faena a la Plaza, no debió estar dirigido a un torero en cuestión, sino al ganadero que envió a Madrid un lote de toros malo de solemnidad, desabrido carácter y repulsivo comportamiento; pero como es proverbial en este país, en casos como éste, el ganadero se va de rositas. Toda la carga negativa del público es para los toreros, o para el presidente, o para los veterinarios, o para Perico el de los Palotes.

Ni El Juli, ni Castella, ni mucho menos el joven José Garrido, pudieron sacar mejor partido a tan abrumadora carga de descastamiento. Salían los toros abantos, correteando distraídos por el ruedo y todos –toreros incluidos—pensábamos que había que esperar, que esto de Núñez es así, que después sacan a relucir su fondo de bravura, casta, poder y nobleza y proporcionaban triunfos de clamor. No en el caso de la corrida de ayer. Tras la abantez consuetudinaria apuntada, los toros se topaban con el caballo y salían rebotados hacia predios más tranquilos de la Plaza. Parecía que se venían arriba en banderillas y después echaban el freno, se agarraban al piso como se agarran al paladar las almendras garrapiñadas de Villafrechós. Ahora, díganme: ¿Qué se puede ofrecer con semejante material bovino? Pues una lidia a la antigua, sobre las piernas y matarlos guapamente por arriba, dirán los aficionados más conspicuos, los que se pasaron toda la tarde recriminando a los del chispeante, en algunos casos de forma grosera. Pero, no se engañen: si tal acaso ocurriera, la bronca hubiera sido general y estentórea.

El primero de la corrida, un toro cuajado, gordo y bajo, que sentó de culo al caballo de picar de un topetazo para salir de naja en los subsiguientes encuentros, solo permitió al confirmante José Garrido dibujar unos delantales en el quite y un comienzo de faena esperanzador, con el toro aceptando el reto del torero arrodillado en los medios. Fue un espejismo. Aquellas embestidas de corto recorrido, parándose el toro a mitad del muletazo hicieron imposible el sueño de triunfo que traía este joven matador, en su primera comparecencia en la Feria. El aguerrido Garrido salió a jugarse la vida en el último de la corrida, un toro lavado de cara y escurrido, que curiosamente apenas encontró rechazo en el tendido. Y fue tela de malo, también de mediano viaje, protestón y esaborío, con el que el muchacho atropelló la razón de forma incomprensible –las ganas están reñidas con las prisas, y la temeridad inconsciente habita en el absurdo–, en un extraño quite con el que pretendió rizar el rizo: faroles de rodillas empalmados con caleserinas también genuflexo. O sea, opositar a un horripilante desenlace, sin garantía para obtener éxito alguno. Un despropósito. Habrá que ser indulgente con Garrido, en aras al momento en que se produjo, y habrá que valorar su enorme disposición ante aquél cornúpeta, que se le quiso llevar por delante en varias ocasiones, durante la imposible faena de muleta. Habrá, por tanto, que esperar a una más asequible y nueva oportunidad.

Al Juli y a Castella les mantuvieron a raya una parte del público durante sus dos actuaciones. Más a aquél que a éste, pero el incordio a ambos fue notable. Lo cierto es que El Juli trató de exprimir las pocas embestidas que le ofrecieron aquellos ejemplares de Alcurrucén, parados, remolones y sin clase. Faenas de constancia y probaturas, sin volver la cara en ningún momento, que solo obtuvieron repulsas y dicterios, mezclados con alguna contrarréplica de los aficionados más competentes y comprensivos. Castella realizó una inteligente faena al único toro de los Lozano que se desplazó en pos de la muleta, solo a ratos, los que aparecían tras las pausas y los tiempos que le dio el torero para que recuperara energía. Fue lo más notable de la tarde, pero acogido con una desconsideración impropia de tan asolerado escenario. Castella trazó los únicos naturales limpios y los pases en redondo más ligados que se vieron en la tarde, algo que también intentó en el quinto, pero este pájaro fue un manso que tiraba gañafones al diestro y al siniestro que se pudiera delante.

Para que se hagan una idea de cómo discurrió la tarde de toros de ayer en Madrid, uno de los momentos más celebrados por el público lo protagonizó un inoportuno voceras, cuando recriminó a Sebastián el esfuerzo que realizaba con el deslucido segundo toro de su lote y la respuesta ingeniosa y potente que recibió de otro espectador: ¡por qué no te callas! La risotada fue general, Castella hizo un gesto de aprobación con el pulgar hacia arriba y don Juan Carlos –autor de la célebre frase en un contexto bien diferente, pero con otro voceras irrespetuoso por destinatario— esbozó una larga y significativa sonrisa.

Ahora bien, dicho todo esto, hay que consignar que buena parte del público comprendió el esfuerzo de los toreros, despidiéndoles con abundantes aplausos y que en esto del toro conviene hacer un ejercicio de prudencia y medir los calificativos, evitando generalizar sobre las ganaderías. La de ayer, fue mala de solemnidad, sin paliativos; pero los Lozano vuelven con sus toros el martes, en uno de los carteles estrella de la Feria. Siempre sostuve la creencia de que los toros tienen días, como el reloj del chiste. Ayer no fue el de Alcurrucén; pero igual a este segundo lote le da por embestir y…

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Decimocuarta de abono. Ganadería: Alcurrucén: Corrida excelentemente presentada, salvo el sexto, de muy escaso trapío. Toros muy en tipo del encaste Rincón-Núñez, esto es, bajos de cruz, y bien armados con cornamentas engatilladas, pero en conjunto mansos, descastados y de nulo juego, salvo el tercero, que embistió a ráfagas. Salieron abantos al ruedo, no permitiendo el toreo de capa, y sueltos del caballo de picar, testimoniando su absoluta falta de casta brava. Llegaron al último tercio parados y renuentes, la mayoría con media arrancada. Espadas: Julián López, El Juli (de verde botella y oro), media trasera y una rociada de descabellos (Aviso y pitos) y estoconazo (Silencio), Sebastián Castella (de azul noche y oro), pinchazo y estocada trasera y desprendida (Aviso y aplausos) y estocada( Silencio) y José Garrido, que confirmaba alternativa (de espuma de mar y plata), estocada desprendida (Aviso y aplausos) y dos pinchazos y estocada (Aviso y silencio). Entrada: Casi lleno. Cuadrillas: Antonio Chacón colocó un arriesgado par de banderillas. Incidencias: Tarde calurosa. Asistió el Rey emérito don Juan Carlos, acompañado de la Infanta Elena y la hija de esta, a quienes brindó José Garrido la faena del sexto toro. Juli y Castella, también brindaron al monarca.