"Deseadito", no era Toro de Madrid

Deseadito

 

Veinte años después de que el Joselito contemporáneo protagonizara una histórica tarde de toros en el ruedo de Las Ventas, actuando en solitario ante seis toros de diferentes ganaderías –siete, con el sobrero--, José Miguel Arroyo Delgado se presentó en Madrid como ganadero. Seis toros de su hierro (dos, en realidad, motivo por el cual no alcanza antigüedad) con reminiscencias del asentamiento campero que el torero eligió en las cercanías de la Talavera toledana salieron al ruedo empinado de la Plaza. Seis toros de pareja presentación, algunos de los cuales no fueron recibidos con agrado por ciertos espectadores, al considerar que no se ajustaban al estereotipo del Toro de Madrid, un toro de abundante romana y luenga cuerna que pase el fielato de la exigencia del público madrileño, esa atávica fórmula de exacción que es consustancial con el emblemático escenario taurino de la villa y corte de las Españas, el toro que busca también mi querido amigo y excelente aficionado Eduardo Coca.

Resulta que, de un no lejano tiempo a esta parte, el toro también ha de tener denominación propia. Si los vinos la tienen de Origen, el toro bravo la tiene de Destino. Ambos, tienen que ver con el paladar o el sentido del gusto de quienes detentan el privilegio de su cata. Los toros, pues, no son tanto de este o aquél ganadero, sino de Bilbao, Pamplona, Sevilla… o Madrid. Denominación de Destino.

Si viviera Luis Fernández Salcedo, el mejor cronista del campo bravo de todos los tiempos, ya hubiera escrito unos deliciosos ensayos inspirados en el sino y el destino de los toros, que no es lo mismo. El sino del toro de lidia, es el ruedo, pero el destino su emplazamiento. Ya imagino el virtual y bucólico diálogo vacuno que la prodigiosa imaginación de Fernández Salcedo pondría al servicio de su pluma: Mira qué presumido es Deseadito, se cree que es Toro de Madrid…

Sin embargo, Deseadito no lo era. Llevaba el hierro de El Tajo, tenía unas jacarandosas y armónicas hechuras, bajo de agujas, fino de cabos, un precioso pelo negro, con salpicones de blanco, y una encornadura bien conformada y astifina. Seguramente los 492 kilos que anunciaba la tablilla hizo saltar prematuramente las alarmas… o no estaría rematado de atrás, que es la nueva versión anatómica que en el Ahora Madrid, versión torista, se tiene muy en cuenta: la redondez de la zona del culo.

Sin embargo, Deseadito fue un toro extraordinario, bravo, encastado y noble. Un toro de bandera que acudió como un rayo, y de largo, al caballo de picar en dos ocasiones, galopó en banderillas y no paró de embestir a la muleta del torero. Toro de Puerta Grande, sin duda, pero no de Madrid.

El susodicho toro saltó el ruedo en tercer lugar, y su matador, Juan del Álamo, salió a su vez a la arena como el boxeador que sale a la lona dispuesto a noquear de inmediato a su adversario: como un ciclón. Una larga cambiada de rodillas y una serie de lances de buen porte, ganando terreno hacia los medios, fue su bagaje capotero. Entonces ya empezamos a quedarnos prendados con el caudal de bravura del toro de Joselito, un torrente que arrasó –y evidenció—la injusta y precipitada protesta, motivo por el cual, probablemente, se minimizó la faena del torero salmantino, que puso ardor y firmeza en la labor, con series de muletazos ajustados, de buen trazo y bien rematados con bellos pases de pecho. Por dos veces clavó Deseadito sus buidos pitones en la arena, de tanto humillar tras los flecos de franela, pero su viaje, codicioso y largo, le brindó al torero un triunfo de los gordos; un triunfo buscado con loable empeño por el torero y que a poco se difumina, por el aviso recibido y porque la estocada, cobrada a ley, también fue protestada.

Por lo demás, la corrida transcurrió por la vereda de lo anodino. El primer toro, del El Tajo, también fue noble, de embestida suave… pero de las que no emocionan. Miguel Abellán, sobrado de oficio y buenas maneras, lo toreó de capa sin despeinarse, con lento juego de brazos y realizó un magnífico quite por salerosas chicuelinas. Abellán, --probablemente por anejos pleitos ajenos al ruedo--, tiene poco feeling con esta afición, pero es un torero excelente. Manejó los tiempos y los brazos como un veterano maestro, se pasó por la barriga a sus dos toros y mató con enorme decisión y precisión, pero su actuación solo se recompensó con una ovación a la muerte del cuarto toro, otro bravo toro de La Reina, que peleó gallardamente en varas y aguantó una larga y muy ligada faena de Abellán, solo jaleada cuando empezó a cruzarse y recruzarse ante la cara del toro, como dicen que hacía Arruza para provocar las embestidas de los toros tardos. En estos recruzamientos, llevados hasta la exageración, el toro seguía con la mirada los movimientos del torero, como diciéndole, ¿pero adónde vas? Sin embargo, una parte del público saludaba alborozado aquella exhibición de ortodoxia taurina. Un detalle: cuando herido de muerte con una estocada en lo alto, el toro se amorcilló y aguantó con la boca cerrada sus postreros hálitos de vida, Miguel se sentó en el estribo de la barrera, como hacía don Antonio Bienvenida en casos similares y los abuelos de quienes ocupaban ayer los tendido de Las Ventas se rompían las manos aplaudiendo; pues bien, algunos de los nietos de aquellos aficionados, también protestaron el gesto de Abellán.

Iván Vicente es un buen torero. Uno de los buenos toreros que están arrumbados en el baúl del recuerdo, con pocas opciones para manifestar sus cualidades y sus calidades. Al segundo toro, de La Reina, le realizó un espléndido comienzo de faena y cuajó muletazos de bella composición, algunos de plástica relajación que levantaron los oles más cerrados de la tarde, escuchando una gran ovación cuando clavó un certero estoconazo. Al quinto, que fue un tío, con cien quilos más que Deseadito –este sí era de Madrid--, le debió afectar el sobrepeso, porque después de protagonizar un vibrante tercio de varas, en el que también brilló con la puya Héctor Vicente, hermano del torero, llegó asfixiadito a la muleta y empezó a quedarse corto de viaje mediada la faena. La estocada, desprendida y trasera, ayudó al silencio que calificó su segunda actuación.

La tarde se cerró con el toro peor presentado –curiosamente apenas protestado—y de peor condición del lote enviado por Joselito. Feote de cara, paliabierto y cuellicorto, se empleó siempre con brusco viaje y al final huyó descaradamente a las tablas. Juan del Álamo se esforzó por intentar rematar su actuación, pero aquello --el toro-- se puso definitivamente a la contra. Una estocada caída y los aplausos finales para el torero pusieron fin a la tradicional corrida del 2 de mayo en Madrid, en la que destacaron en la brega y con las banderillas los subalternos Pedro Vicente Roldán, Miguel Martín y Jarocho. Corrida que tiene carácter de goyesca, rememorando la pasión por los toros de un pintor español de fama universal que en estos días está siendo poco menos que difamando –en cuestión taurina—en una sala de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

La rememoración por los tiempos de Goya se traduce en un vistoso ir a los toros en calesas, con aurigas, lacayos y pasaje ataviados a la usanza de los años de Ilustración. También los toreros y el personal de Plaza andan por allí vestidos –supuestamente-- de goyescos, pero algunos debieran cuidar más esta indumentaria; por ejemplo, Iván Vicente, que se presentó con unas taleguillas por debajo de las pantorrillas y unas medias de escaso espigón, negras como el betún, que parecían unos leguis de caballista decimonónico.

En cualquier caso, la tarde fue espléndida de temperatura, sin un ápice de viento. Una tarde soleada y primaveral de fiesta en la capital del Reino. Una tarde de toros en la que, lamentablemente, no salió el deseadito Toro de Madrid. Y si salió, de deseadito solo tenía el nombre.