Más que falacia, es estupidez

Hace tiempo que tomé la decisión de no prestar demasiada atención a los arreones antituarinos que se desatan en España en cuanto la temporada de toros se pone en marcha, en ese pertinaz y pretencioso afán de algunos colectivos humanos por tranquear la Tauromaquia, de invocar su abolición y de insultar, denigrar, amenazar y agredir sin recato alguno a cuantos la defendemos, la comprendemos y la disfrutamos. Creo que darle excesivo pábulo a estas algaradas, más o menos violentas, favorece sus pretensiones, alimenta sus postulados y enardece su espíritu redentorista. He de confesar que padezco una especie de síndrome de hartura por la cuestión, y me apereza el hecho de tener que responder, desde el respeto y la comprensión, a unos postulados que están anidados en el desconocimiento –y, por ende, en un enfoque desenfocado– y de soportar la acerada réplica de toda suerte de denuestos, dicterios y venablos, envueltos en procacidades aberrantes. Afortunadamente, la recién nacida Fundación del Toro de Lidia, para defensa de la Tauromaquia está demostrando una diligencia y eficacia sin precedentes en estos asuntos, llevando a los tribunales de Justicia a quienes coartan nuestros derechos y libertades.

Sin embargo, cuando abrimos la puerta de este mes de mayo y comienzan las ferias taurinas de Madrid, hete aquí que aparece en el felpudo del umbral el anuncio de una exposición pictórica nada menos que en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el recinto acotado de su Calcografía Nacional, auspiciado por una Plataforma llamada Capital Animal que se autoproclama plural de arte, cultura y pensamiento, para proponer, gestionar y recibir proyectos centrados en la concienciación sobre los derechos de los animales.

El caso es que la sacrosanta Real Academia de Bellas Artes de este Madrid de mis amores ha prestado sus salones a un grupo de esforzados artistas, hombres y mujeres del mundo de la cultura (según ellos/ellas), y aquí, el firmante, no pone la más mínima objeción acerca de la legitimidad de tal suceso. Me parece estupendo que los colectivos humanos se organicen y defiendan sus ideas con la limpidez que exige cualquier iniciativa que no coarte, lesione u ofenda al resto de quienes no participan de sus postulados ni se prestan a un ingenuo y gratuito adoctrinamiento.

Ahora bien, que estos individuos e individuas –¿se dice así, no?— hayan presentado un montaje de amplio espectro titulado Otras Tauromaquias, en el cual veinte artistas se arrogan la potestad nada menos que de REINTERPRETAR a don Francisco de Goya y Lucientes, en un insolente intento por desmontar lo que ellos/ellas llaman el mito de la afición a los toros del genial pintor aragonés, no es un alucinante acotamiento o limitación sobre hechos históricamente constatados, es, simplemente, un insulto a la inteligencia, o lo que es peor, una audaz enmienda a la plana de nuestros más reputados historiadores, críticos de arte, biógrafos y panegiristas de un artista genial, español y universal. Hay que ser muy legos o muy retorcidos para hacernos creer la trola de que Goya, en el fondo, es el precursor del antitaurino actual. ¿Cabe mayor estupidez?

Para apuntalar tal aserto-insolencia, un sujeto que pinta asegura que un inglés llamado Nigel Glendinning propone a un Goya crítico y más cercano al ambiente antitaurino de su época (¿?), y que sus cartas al mejor amigo de su vida, Martín Zapater, invitándole a ir a los toros se redactaron en su juventud, cuando todavía no se había quedado sordo…

Seamos serios. Recuerdo que hace casi veinte años, con motivo de mi participación en un documental sobre Goya que estaba realizando en España la BBC de Londres, dejé grabada mi opinión sobre los grabados de su Tauromaquia y acabé confesando mi convicción de que don Francisco tuvo que ser torero, en la dimensión que su afición y facultades le permitieran en aquella época de arriscados matatoros. Porque Goya, en efecto, hizo sus pinitos capote al brazo, garapullos en ristre y espada en mano, en novilladas esporádicas o encerronas de poca monta, pero toreó.

Aquellos artistas del pincel o de la pluma que han dejado una excelsa obra sobre el arte de torear, saben muy bien que sin haber toreado, aunque sea de salón, no se pueden plasmar las suertes en los diferentes soportes y variadas técnicas de pintura o dibujo. Conste que lo digo desde mi modestísima posición de mero aprendiz del arte del apunte: si no sabes componer la figura, no puedes captar la entraña de un arte fugaz, ni siquiera copiando de una fotografía, por muy figurativo que sea el estilo del grafista.

Por tal motivo, don Francisco de Goya y Lucientes tuvo que pasarse las horas muertas tomando apuntes en la Plaza de la Puerta de Alcalá, en la Mayor de Madrid o en la de la Misericordia de Zaragoza, a la que acudió de la mano del prócer y paisano Ramón de Pignatelli (y donde tiene asiento reservado a perpetuidad y en bronce  sobre el dintel de la Puerta Grande) para afinar el trazo sobre las temeridades de los miembros de la familia Ebassum, apodados Martincho, de los cuales pintó un soberbio retrato al óleo del que se llamó Antonio, el popular torero de Farasdués.

También alimentó su estro la lectura y proximidad de Nicolás Fernández de Moratín, autor de celebradas obras sobre Tauromaquia, como la oda a Pedro Romero o su Fiesta de Toros en Madrid, cuyos versos inspirarían a Goya los grabados de moros alanceando, o el mismísimo Cid Campeador.

Así, pues, no puede ser más esperpéntica la lectura torticera que se quiere hacer de la obra del gran artista de Fuendetodos, asegurando que se pueden encontrar indicios de su antitaurinismo en las cuatro litografías que Goya realizó en Burdeos en la última etapa de su vida, ya viejo y acosado por la escasez pecuniaria, en las cuales recrea, de memoria, al americano Mariano Ceballos, a un bravo toro, una plaza partida y un festejo popular –el clásico encierro de toros con cabestros–, estos últimos con abigarrada aglomeración de público. Cuatro espléndidas obras que algún sesudo miembro de Capital Animal entiende que son expresiones fehacientes de la fobia u horror que Goya sentía por la fiesta de los toros, en su postrero intento por redimirse de pasados escarceos por los escenarios taurinos. Vamos, que el genial pintor fue atacado de súbito –a la vejez, viruelas– por una especie de síndrome de Estocolmo. Tal resolución –¡REINTERPRETACIÓN!–, ¿cómo se debe calificar, falacia o estupidez? Me inclino por esto último.

Conclusión: quienes después de 200 años de la aparición de la Tauromaquia de Goya, pretendan presentar a su genial autor como un avanzado elemento antitaurino, encerrado en una extraña clandestinidad, son autores de uno de los esperpentos más colosales que se han producido en todas estas décadas de constantes ataques por quienes tienen puesta la mira del rifle de repetición en la fiesta de los toros. En esta ocasión, desde luego, la munición tiene pólvora mojada.

No obstante –aún siendo conscientes de que la Fiesta precisa una urgente puesta al día, liberándose de los tópicos y detritos que la anquilosan y la infectan– habrá que pasar al contraataque, y para ello pido la colaboración de la referida Fundación del Toro de Lidia, sugiriendo que plantee de inmediato, a quien corresponda, la cesión del mismo escenario para glorificar esos 200 años de la Tauromaquia de Goya con una magna exposición que reivindique el taurinismo expreso y contrastado del genial pintor, con datos fehacientes que ratifiquen su desbordante afición.

Sugiero también que participen artistas de acreditado prestigio, como el laureado pintor y gran aficionado Eduardo Arroyo y cantaores que pongan voz flamenca de verdad al arte del toreo –hay docenas extraordinarios–, en respuesta a la intervención de un tal Niño de Elche –del que dicen sus correligionarios que ha revolucionado el panorama musical con su cante subversivo (¡!)--, que canta una especie de tonás, cante de trilla o qué sé yo, pretendiendo un diálogo supuesto entre el libertador (que canta) y el reo (que muge). Al propio tiempo, por si cuaja la amenaza de Capital Animal de traer a dar una conferencia animalista al reciente Nobel de Literatura John Michael Cotzee, contraponer la de nuestro Nobel más activo en materia taurina, Vargas Llosa. Si fuera mano a mano, mejor.

Por cierto, ¿cómo es que Forges forma parte de esta Plataforma, si muchos años atrás era asiduo colaborador de la revista taurina El Burladero, de la cual cobraba unas buenas perrillas?

En fin, que parece que uno no termina de curarse de espanto, a la vista de la memez que va a estar en la agenda cultural de la cartelera de Madrid, en la cual se ofrece la falaz versión de un Goya antituarino durante buena parte del mes de mayo.

No se me ocurre mejor lenitivo que prepararme para ir esta tarde a Las Ventas. Se celebra el 2 de mayo, y la corrida es, cómo no, goyesca, en honor y recuerdo a don Francisco…el de los toros.