El peso de las orejas

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En la jerigonza moderna taurina, las orejas que obtienen los toreros a guisa de póstumo trofeo, se miden al peso, no al pase. Ayer, Manzanares cortó dos (una y una) en la Maestranza de Sevilla, dos orejas cuvillas que pesaron poco. ¿Cuánto pesa una oreja de toro muerto en manos de un torero? Depende. Antier, por ejemplo, las que pasearon Escribano y Ureña debían pesar un quintal cada una, y fueron dos por barba.

Se entiende, naturalmente, que la atracción que ejerce la ley de la gravedad de Newton en la cosa taurina está en función de la levedad o intensidad de la actuación de los toreros en el ruedo… y del toro que tienen delante. Dos de Victorino, por ejemplo, fueron toros de altísima nota y excepcional, respectivamente, y cayeron en las afortunadas manos de Ureña y Escribano. Ayer, los dos mejores toros de la corrida de Núñez del Cuvillo fueron a parar a las de José María Manzanares, que es torero de Sevilla, cien por cien.

La corrida, antes de empezar era de resaca, que es la denominación que tomó aquélla del lunes posferial que se inventó Diodoro Canorea para mayor gloria de los guardiolas de doña María Luisa Domínguez Pérez de Vargas… hasta que la gente empezó a darle esquinazo a tanto toro yendo al caballo, para después –aparte Topinero—la mayoría no ir a ninguna parte. Corrida de resaca, pues, el jueves de farolillos, que es grande novedad. Lo de Victorino del día anterior había sido demasiado fuerte, y de ello hablaremos, con el detenimiento que merece el juicio reposado de las cosas, cuando la feria termine. Adelanto: indulto justo, a más no poder.

Salió el primer cuvillo y la gente empezó a hacer comparaciones. De momento, el toro abrió la boca antes de entrar al caballo de picar, para después embestir con desesperante borreguez, que es el resultado de la falta de casta. Castella, que es torero muy cuajado y está en el cenit de su carrera taurina, anduvo con él a gorrazos. Le sopló cuatro estatuarios, tieso como un palo, y sanseacabó. El toro no dio para más. Como tampoco lo dio el cuarto, que pareció tener más motor y echó el freno de mano, tras las dos primeras tandas de la faena. Imposible, para Castella. Tarde en blanco para un francés vestido de azul noche y azabache.

De catafalco vestía el joven José Garrido, que es alevín de yerba en la boca. Salió en tromba, a la desesperada, como si le fuera la vida en aquél envite, porque así de duras son las cosas en esto del toreo. Está en la Maestranza, ante una corrida de hierro bien ufano y flanqueado por dos toreros consagrado. La oportunidad era de ser o no ser. Su primer toro era de los que tienen mucho que torear, porque fue, con mucho el más encastado de la corrida de Cuvillo. Garrido le entendió bien por el pitón izquierdo y logró tandas de naturales de trazo forzado, pero meritorias, que el público apoyó con el jaleamiento que induce todo recién llegado… con intención de quedarse. Y se quedó quieto el muchacho, vaya que se quedó; pero entró a matar en terreno equivocado –sesgado entre las dos rayas—con la vista puesta en el morrillo y el toro le propinó un palizón considerable, del que salió con el catafalco de su vestido hecho unos zorros, tan es así que hubo de buscar de urgencia un repuesto, saliendo a torear al sexto con un pantalón de pernera estrecha, que cumplió la función que parecía destinada al clásico de monosabio que se enfundaban antaño los toreros valientes, proclives ellos a la voltereta. Sin embargo, este toro, el sexto, fue el peor, con mucho de la corrida. Salió suelto en varas y fue mansote, mirón e incierto. Menos mal que el aguerrido Garrido lo cazó de un bajonazo eficaz, porque en el anterior se hartó de pinchar y descabellar y por poco se lo echan al corral.

Los dos toros de nota –de alta nota—de la corrida se enrollaron en los papelitos de fumar que correspondían a Manzanares. Dos toros bravos y nobles, con recorrido. Uno, el segundo, con las fuerzas justitas, pero muy bien administradas por el torero, con pausas oportunas y series de corto contenido. José Mari lo toreó con su proverbial limpieza, largura y pulcritud, pero con evidente desahogo entre toro y torero. Sonaron olés, sonó la música y, la verdad, la faena tuvo momentos de tanta plasticidad como escasa emoción, pero el rayo de la espada de Manzanares fue definitivo para desatar el tremolar de pañuelos, por lo que la oreja fue justo premio. Otra se llevó del quinto, un precioso jabonero, también bravo en todos los tercios, soberbiamente picado por José Antonio Barroso. Un gran toro, con el que Manzanares repitió el guión anterior, un mimetismo que llegó hasta la estocada final, en lo alto, de espectacular efecto, lo cual provocó que algunos entusiastas manzanaristas pidieran la segunda oreja, lo cual hubiera sido desmedido premio.

Por todo ello, pareció que las dos orejas paseadas por Manzanares ayer en Sevilla llevaban puesta la ingravidez propia de los trofeos que subrayan triunfos de efímero eco. La cosa del peso está bien traída al lenguaje del toreo… a pesar de los pesares.

 

 

Sevilla. Real Maestranza de Caballería. Cuarta de farolillos. Casi lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, de correcta presentación, bajo de raza y flojo el primero, desfondado el cuarto, encastado el tercero y manso y deslucido el sexto. Mejores, con diferencia, segundo y quinto. Casi lleno. Destacó picando Barroso, en la brega, Suso y Javier Valdeoro, y en banderillas, Isaac Meca, Rafael Rosa y   Luis Blázquez.

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