La suerte del kamikaze

Ayer, en Madrid, el torero vasco Iván Fandiño nos ofreció una nueva versión de la suerte del kamikaze. Digo nueva porque, hasta el momento conocíamos las versiones, practicadas puntualmente por toreros de otros tiempos, con otros modos, otros gustos y otras circunstancias; pero la que nos sirvió en bandeja Fandiño es, definitivamente, nueva.

¿En qué consiste la suerte del kamikaze? Pues, básicamente, en una temeridad que persigue un objetivo muy concreto, dentro de una situación límite: el todo o la nada, la derrota o la victoria. La suerte del kamikaze es tan vieja como la propia Historia del Hombre, y está encasillada, por lo general, en el capítulo de heroicidades patrióticas; pero, en el caso que nos ocupa –el que se aplica al toreo—no deja de ser la explosiva aparición del arrebato para lograr un urgente provecho para el sujeto que lo protagoniza.

Cuéntase que fue un torero mexicano, llamado Luis Castro y apodado El Soldado, quien la mostró al pueblo español de aquellos años 30 del pasado siglo, entrando a matar con un pañuelo sobre su mano izquierda, porque en la derecha apuntaba con su espada al morrillo del morlaco. Después, otros cambiaron pañuelo por zapatilla o montera o, simplemente, el dorso de la mano, que era como le gustaba al inolvidable Antonio José Galánel loco Galán—finalizar sus faenas de muleta para amarrar el triunfo en tardes especiales.

En Pamplona, una tarde sanferminera vi cómo Ángel Gómez Escorial se echaba encima de los pitones de un toro de Miura, a cuerpo limpio, en un toma y daca de infarto; y hace muy poco, el propio Iván Fandiño se jugó el físico de esta guisa en las mismísimas Ventas del Espíritu Santo. Ayer, en la segunda corrida de la temporada taurina madrileña, Fandiño nos ofreció una variante: la suerte del kamikaze, pero con todo, es decir, muleta incluida.

Sucedió en el último toro de la tarde, una tarde de aspecto primaveral, aunque de cuando en vez soplaba un rasca de los que te emparentan con el trancazo. Para entonces, el sol había acabado el pabilo de su vela y Fandiño comprendió que era el momento de quemar las suyas. O todo o nada. Y debió pensar: me tiro encima de los cuernos y el morrillo del toro para lograr la estocada definitiva, y sea lo que Dios quiera.

Pero, ¿qué va a querer Dios en un día como este, Domingo de Pascua, sino la felicidad del creyente y practicante de su fe? La fe con que Iván Fandiño se zambulló en la suerte del kamikaze fue estremecedora, tanto como la imagen que ofreció de inmediato, con el rostro y el vestido tintos en sangre, del toro, por fortuna. El día del Resucitado, por esta vez, se hizo extensivo a un humano vestido de luces. Un kamikaze ileso es poco menos que un milagro.

Lo malo fue que la espada quedó traserísima y contraria, porque eso de tirarse encima del cerviguillo de un toro bravo con la muleta por delante de la entrepierna será una suerte muy temeraria, angustiosa, pavorosa, lo que ustedes quieran, pero para envasar la espada en el lugar idóneo de la anatomía del cornúpeta y salir indemne de tan atrabiliaria situación hay que tener eso, mucha suerte. Una suerte que ya parecía haber gastado el torero cuando se echó el capote a la espalda para realizar un quite por saltilleras al primer toro de la corrida y salió enganchado, zarandeado, volteado y corneado sin que apenas le rompiera el pitón el raso y el bordado de su vestido vainilla y oro. Pero, no. Fandiño, por lo visto, tiene su cupo de fortuna a buen recuado, de lo que yo me alegro.

Y ahora, me pregunto: ¿Para qué tanto, señor? ¿Para qué tanto riesgo inútil? ¿No hubiera sido menos riesgoso, y más rentable, ejecutar el volapié en la forma que dictan las normas clásicas? Allá películas. Iván quiso hacer un alarde que sorprendiera y le deparara el trofeo largamente perseguido en la lidia de tres toros y se empleó con la espada en plan kamikaze. No le valió más que para recoger una ovación. Tó pa (casi) , que decía el del chascarrillo.

La corrida de Martín Lorca, con dos toros a nombre de su yerno Escribano, fue de imponente seriedad y notable arboladura. Una moza. Llega a tener un punto más de raza y obtiene el rango de gran corrida de toros. No obstante, hubo toros que embistieron más o menos por derecho y uno, el tercero, paliabierto y temperamental, que metía miedo solo con la mirada. Con este toro Morenito de Aranda anduvo muy centrado en la primera parte de la faena, sometiendo los embates agresivos del de Martín Lorca, hasta hacerle tomar los flecos de la muleta con embestida humillada, lo cual pareció que iba para toro de bandera y faena de alto bordo. Sin embargo, el torero no terminó de imponer su autoridad y el toro empezó a reponer terreno en las embestidas. Aquello se fue diluyendo, completándose un trasteo que en la moderna jerga de la simplicidad crítica se califica de más a menos.

A menos, y muy poco a más, fue toda la corrida. Y eso que el abreplaza tuvo un franco pitón izquierdo, y Morenito le dibujó tres tandas de naturales de buen trazo que tuvieron su eco en los tendidos. Y poco más. Unos toros, porque se pararon y otros, porque flojearon, el caso es que el resto del festejo se cubrió con la buena voluntad de los matadores y buen hacer en general de los subalternos de a pie. Y ustedes se preguntarán, ¿entonces, a santo de qué, venía este mano a mano? Pues, miren, por lo menos vimos una corrida de toros de imponente trapío, en la que hubo toros que ofrecieron embestidas francas, nobles o encastadas; pero hay días que las cosas no se encarrilan a favor de obra y se van por el desagüe a las primeras de cambio. ¡Ah!, y vimos cómo Fandiño se empleó afanoso en un quite al tercer toro, segundo del lote del de Aranda. Fue un quite con el capote a la espalda lleno de trallazos y enganchones, que terminó con el percal por los suelos, pero que el público premió con una ovación tremenda, diría que delirante. Morenito se picó y toreó --¡toreó!— por delantales con las manos bajas y pausados movimientos, dejando claro que el arte del toreo es algo más que arrebatos de valor incontrolados.

Lástima de corrida. Lástima de esfuerzos baldíos de los toreros. Fue un mano a mano insulso, a veces caótico. El mano a mano de la melancolía. Menos mal que se nos reveló la suerte del kamikaze. Ver para creer. Era Domingo de Resurrección.  

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Segunda corrida de toros de la temporada. Ganadería: Martín Lorca y Escribano Martín. Corrida muy seria, honda, cuajada y bien armada, pero baja de raza, salvo el tercero, de agresivo aspecto y temperamental, que acabo humillando y con notable recorrido. En general, cumplieron en el tercio de varas y algunos esperaron en banderillas. El primero, noble, el segundo parado, el cuarto, bravo y con fijeza, pero endeble y protestado por el público y el quinto, noblón por el pitón izquierdo. El sexto fue devuelto por manifiesta debilidad y sustituido por otro de José Luis Pereda, vareado de carnes y protestado, pero bravo y con recorrido. Espadas: Jesús Martínez, Morenito de Aranda (de rioja y oro), pinchazo y estocada (Aviso y ovación), estocada caída y descabello (silencio) y pinchazo y estocada (Silencio) e Iván Fandiño (de vainilla y oro), pinchazo y media (Silencio), estocada (Silencio) y estocada muy trasera y contraria, echándose encima de los pitones (Leve petición y ovación). Entrada: Media. Cuadrillas: Se lucieron en banderillas Iván García, Zamorano y Curro Robles, y en la brega, Juan Martín Soto; picando, Israel de Pedro. Incidencias. Los dos matadores actuaban mano a mano e hicieron el paseíllo desmonterados, al parecer, en memoria de las víctimas del atentado de Bruselas. Tarde soleada y fresquita, con algunas ráfagas de viento.