Un triunfo de Puerta Grande

Por fin el toreo se ha echado a la calle. De forma masiva. Abrumadora. Habrá quien entre en la clásica guerra de cifras, los unos, magnificando, los otros minimizando. Como siempre. Pero lo de Valencia ha sido, sencillamente, histórico. Estamos aquí. Que se sepa.

Por primera vez, se han movilizado todas las huestes de ese ejército multiforme que componen los llamados estamentos taurinos, con las primeras figuras del escalafón de toreros al frente, con los ganaderos, apoderados, empresarios y, sobre todo, los miles y miles de aficionados que han tomado las calles de Valencia para gritar –sin ira—eso mismo: ¡estamos aquí!

Imponía la marea humana, con sus banderas españolas llevando incrustado el escudo por el que mejor se nos identifica en el mundo: el toro de lidia. Las muchedumbres imponen cuando se aprietan en las calles y corean consignas, cuando se nota ese prurito de rebelión que da que pensar a quienes las contemplan desde el flanco de las aceras. Da que pensar a los indiferentes o escépticos, porque se nota que estamos hasta los mismísimos de tanto acoso, de tanto insulto gratuito, de tanta violencia verbal y física a quienes nos acercamos a las plazas de toros en tardes de corrida, incluso dentro de la Plaza misma.

Valencia se volcó ayer a favor de la Fiesta. Y sin que nadie nos subvencione, sin que recurramos al escrache que practican esos libertarios que quieren cercenar las libertades de la gente del común. Valencia ha reunido a todo quisque, que es lo difícil y lo importante, a los profesionales y a los que de verdad subvencionan esta expresión de nuestra cultura popular, los que pasan por taquilla. Y todos, al unísono, con el clamoreo que tanto se echaba en falta para, al menos, acallar la verborrea que tantos años nos trae por la calle de la Amargura, la que --llevo años denunciándolo—nos avasalla sin que nos echen una mano desde los poderes públicos.

Ah, los poderes públicos. Apañados estamos si pensamos que van a proteger lo que expresamente manda proteger y potenciar la Legalidad vigente, sobre todo los que han acogido en su seno a elementos pertenecientes a la zocata más trasnochada y visceral.

Esta mañana, en TVE, he oído a una política de toda la vida, oronda ella, con aires de pasota y marchosa, bien arrostrada a la referida tendencia, que los manifestantes de ayer en Valencia iban a la plaza de toros a disfrutar con el asesinato de un pobre animal. ¡Qué barbaridad, cielo santo! Ya lo decía mi madre: no hay nada más atrevido que la ignorancia.

Sin embargo esta señora puede presumir de libertad para emitir ese juicio, con el amparo que le brinda tan irreflexivo corolario. La comprendo perfectamente: ni entiende el arte del toreo ni tiene el más mínimo interés porque alguien se lo explique. Es la imagen viva de esa cerrazón a la que también están enganchados quienes se han zambullido en el mundo mágico de las mascotas –y, por supuesto, los que de él extraen pingues beneficios--, flotando en un marasmo que tiene por lema humanizar a los animales y animalizar a los humanos.

Seamos realistas: nos ganan por goleada. Hemos perdido, al menos, una generación que sea capaz de ver a la Tauromaquia como un bien de interés cultural y una obra de arte dinámico y efímero, en la que actúan un soberbio ejemplar del muy remoto bos primigenius y otro no menos soberbio ni menos remoto del homo sapiens, ambos patrimonio de este bendito país. Nos hemos encerrado en nuestra propia mismidad, como decía Ortega y Gasset, haciendo gala de un dogmatismo ramplón y practicando esa falsa educación pedagógica, que tan bien discernió García Lorca en el año 35 del pasado siglo.

Pero esa es otra cuestión. La puesta al día de la Tauromaquia es la asignatura pendiente de este curso caótico que dura ya demasiadas décadas.

De momento, lo que ayer sucedió en Valencia es un paso firme, sólido, imprescindible para emprender un nuevo rumbo. No podíamos estar callados ni un minuto más. Los aficionados a los toros somos gente de bien, dentro de esa cabalidad que proporciona el entendimiento de una cuestión, ciertamente, proclive a suscitar reticencias. Pero una cosa es la reticencia –lógica, por otra parte—y otra la indecencia de quienes pretenden coartar no solo ese entendimiento, sino nuestra propia libertad.

Libertad, fue la palabra más coreada en la manifestación de ayer. Al amparo de esa libertad debemos emprender ahora el duro camino del reciclaje, para lograr que la fiesta de los toros se instale de nuevo sin prejuicios en nuestra sociedad y recupere el lugar que le corresponde dentro de la jerarquía de las Bellas Artes, como tácitamente está reconocida por el Poder Legislativo. Para ello, contamos con una Fundación recién creada, en la que tengo puestas mis esperanzas y mis complacencias.

He esperado con morbosa curiosidad el tratamiento que a la gran manifestación de Valencia le dan los diarios de tirada nacional y las emisoras de radio y televisión. ¡Bingo! Todas las emisoras, sin excepción, han recogido la noticia, y casi todos los grandes periódicos de tirada nacional –incluidos los digitales, entre ellos, el nuestro--, a portada, con fotografía de grandes proporciones. Hace unos años esto hubiera sido impensable, una quimera.

Ha sido, pues, un triunfo de Puerta Grande. A partir de este momento, ni un paso atrás, que es de malos toreros.