La Providencia, es taurina

La Providencia, ese ser inmaterial al que invocan las gentes del toro cuando el peligro se coaliga, a tres bandas, con lo ininteligible y el infortunio, está de nuestra parte. Es taurina.

De no ser así, probablemente ni David Mora ni Saúl Jiménez Fortes hubieran hecho el paseíllo ayer en Vistalegre. El uno, Mora, porque sufrió un tabacazo tremendo en Las Ventas en el sanisidro de 2014, y Fortes, porque ya no tiene piel en su cuello por donde no haya transitado el abrasador viaje del pitón de un toro. Por dos veces se lo horadaron el año pasado, en Madrid y en Vitigudino. Y ahí los tienen, jacarandosos y pimpantes, trenzando el paseíllo en medio de una atronadora ovación. Claro que la Providencia --aunque no se viera, porque es etérea—también iba a su lado, marcando el paso, para luego sentarse en uno de los palcos bajos de esta Plaza, junto a un grupito de médicos especialistas en colaborar con los milagros, a quienes David brindó la muerte del tercer toro de la tarde.

Escribo Providencia con mayúsculas, porque me refiero a la que obra por mandato divino. La misma que ha dado fuerza a dos jóvenes toreros para vencer lo que cualquiera de los humanos daríamos por invencible, la misma que ha inspirado a médicos y cirujanos, y, para rematar la cuestión, la misma que ha determinado que el primer toro de la corrida de ayer, con el que David Mora tenía la gran prueba volver a los ruedos tras largo calvario, tuviera por nombre Insuperable. ¿Por nombre? No, más bien por adjetivo calificativo, porque así fue su caudal de nobleza y docilidad: insuperable.

Aquí algo tuvo que ver la Providencia, porque ni en el más dulce de sus sueños pudo imaginar David que, para su reaparición en los ruedos, ¡y en Madrid!, le iban a poner enfrente a la más almibarada pieza bovina de la raza de lidia. Toro para torear de salón, para recrearse en cada lance, en cada suerte, en cada gesto. Al límite de la invalidez, desde luego, pero la gente esta vez fue buena, comprensiva, razonable… como el toro que llevaba el legendario hierro de Parladé. ¡Qué buena gente son algunos toros de Juan Pedro! ¿Y esto es bueno o es malo? Depende…del momento y del protagonista que tengan enfrente.

Miren, la verdad es que también el toro tuvo la fortuna de caer en el lote del torero reaparecido, resucitado taurinamente, porque si llega a salir otra tarde en un cartel de figuras en Madrid, el buenazo de Insuperable se gana el infamante puntillazo en los corrales. Pero ahora díganme los que, de no darse la referida circunstancia, hubieran clamado al cielo contra Juan Pedro y contra el bicho viviente que andaba penosamente por el ruedo si no han gozado con el toreo maravillosamente despacioso de David Mora. Díganme si la belleza del arte de torear no transmite, por la vía de la estética, el escalofrío de la emoción. Las verónicas, al ralentí, el toreo en redondo y al natural de una premiosidad escandalosamente hermosa. No crean que es fácil hacer el toreo con tan acompasada y lentísima armonía. Hay toreros que ni de salón son capaces de torear así.  

Empezó, pues la corrida, con el triunfo apabullante de uno de los toreros: David Mora. Ahora solo faltaba rematar la tarde con otro zambombazo. El tercero del festejo, sin ser toro complicado, fue más indócil que el anterior, ya desorejado y David puso empeño en dar muchos pases, hasta que el toro tornó su embestida en incierta. La Providencia, debía estar sesteando. Pero despertó.

El quinto toro era un dije, de preciosa lámina, lustroso de pelo y cuerna acapachada. Metía la cara a ras de suelo, con los ollares de la nariz levantando granitos de arena del ruedo y las palas del cuerno tanteando la tela de torear. Lo que se dice un tacazo de toro, en todos los sentidos. Tuvo la fuerza suficiente para aguantar una lidia incesante y fatigante, porque fue muy bien picado por Israel de Pedro y porque hasta el sobresaliente Chapurra le veroniqueó con garbo en el quite que generosamente le cedió el matador. David Mora realizó un deslumbrante comienzo de faena y prosiguió relajadísimo, transmitiendo al tendido la sensación de placer que le invadía. Alboroto de faena cumbre. Las ovaciones, de clamor. Hubo una tanta de naturales y algunos en círculo con esa misma mano que pusieron a la gente de pie. Tan a gusto estaba el torero, tan obcecado con su faenón y tan seguro de sí mismo, que se olvidó de que tenía delante un toro bravo… y el juampedro se lo echó a los lomos, por exceso de confianza. La voltereta puso lívido el rostro del torero, que se enredó en unas ajustadas manoletinas y se le fue el santo al cielo. La espada tardó en entrar y se esfumaron los trofeos. Tampoco es para encocorarse. La salida en hombros estaba garantizada. Y la recuperación y reivindicación de David Mora, también.

Jiménez Fortes, en cambio, no tuvo pudo triunfar. No tuvo toros y él parece tener prisa por realizar el toreo de parón, que popularizaran algunos toreros en los años 20. Fortes se para, y no se quita, motivo por el cual le quitan tantas veces los toros los pies del suelo. Es valiente a rabiar. Nos tiene en vilo. Le anotamos un ceñidísimo quite por chicuelinas a su primer toro y las angustiosas tandas de bernadinas con que suele epilogar sus faenas. Pero hay tardes que las cosas se tuercen para uno y se enderezan para otro. La de ayer venía de cara para su compañero de fatigas, a quien tuvo el buen gusto de brindar la muerte del último de la corrida.

Daba gusto ver al triunfador de la tarde en hombros por el ruedo, con su sonrisa de dentífrico restallando a la luz de los focos de Vistalegre. ¡Qué gran torero es David Mora! Fue un gozo verle recuperado física y moralmente, máxime después de este aldabonazo. La suerte, se lo debía y la Providencia toma buena nota de estas cosas, porque es taurina, afortunadamente.

Ahora, a ver qué le dan y cómo le tratan, en todos los aspectos, pero habrá de ser el propio torero quien, tirando de cualidades y calidades –que le sobran--, se ponga al mando de la Operación Reconquista; porque la Providencia, no descansa, pero tiene mucho tajo.

 

 

Madrid, Palacio Vistalegre. Feria de Invierno. Segunda de abono. Ganadería: Toros de Parladé. De correcta presentación, aunque muy baja de raza y fuerza. El segundo, devuelto por inválido, corriéndose turno y lidiándose el reseñado como sexto, también protestado por su inicial flojedad. Nobilísimo y al límite de fuerzas el primero, desfondado el segundo-bis, incierto el tercero, descastado, soso y mirón, el cuarto, bravo, noble y de preciosa estampa, el quinto, para el que se pidió la vuelta al ruedo, y calamocheante, el sexto, sobrero de Juan Pedro Domecq. Espadas: David Mora, (de verde manzana y oro), estocada, pelín ladeada (dos orejas), estocada caída (aviso y ovación) y tres pinchazos y estocada honda (vuelta al ruedo tras fuerte petición y aviso), Saúl Jiménez Fortes (de rioja y oro), media estocada y tres descabellos (aviso y aplausos), estocada muy tendida (aviso y ovación) y dos pinchazos y estocada (aviso y ovación). Entrada: Media. Cuadrillas: Perfecto en la brega y en banderillas Iván García. También destacaron con los palos José María Tejero y Ángel Otero. Picó muy bien al quinto, Israel de Pedro. Incidencias: David Mora reaparecía en los ruedos después de casi dos años de ausencia, tras su grave percance en Las Ventas y Fortes tras el gravísimo percance en el cuello que sufrió en Vitigudino. Los dos toreros fueron recibidos con una unánime ovación en el paseíllo y hubieron de saludar desde el tercio. Hubo gritos en los tendidos contra la Alcaldesa de Madrid, por suprimir la subvención a la Escuela de Tauromaquia.