Remedín

Escribo cuando Valladolid amanece con la friura de los inviernos de toda la vida. Escribo cuando me acabo de enterar –por esos raros acasos que alían a la informática con viajes ineludibles y acaban esquivando las noticias-- de la muerte de una persona muy querida. Escribo, pues, con una doble consternación: la de haberme enterado demasiado tarde de la mala nueva y la de no haber podido acompañar en el dolor a sus allegados más directos de forma también más directa. Escribo sin que estas líneas pretendan oficiar de alegato exculpatorio, o de cubrir el expediente de un obituario de urgencia. Escribo porque, como bien saben los allegados aludidos, acuso en el corazón y siento en el alma el aldabonazo con que me ha despertado esta mañana que parte a febrero por la mitad.

Ha muerto en Sevilla Remedios Gago. Dicho así, a las gentes del común, incluso a las del mundo del toro –salvo a las muy instruidas en su reciente historia—la noticia podría carecer de un impacto inmediato, por tanto, hay que apresurarse a precisar su verdadera identidad: Remedín, la esposa del torero Manolo Vázquez. La esposa, digo, que no la viuda, porque ella jamás asumió la muerte de su muy amado esposo como una separación total, como una cuestión irrecuperable, a tal punto, que conservó como preciada reliquia --¡vivo!—su número de teléfono. El mismo número que ocupa mi agenda con el nombre del torero, por lo cual, lo marcaba con frecuencia para que Remedín me contara sus cosas… hasta que, irremediablemente, la congoja le iba ganando espacio a la nostalgia.

Hace unos pocos días le pregunté por ella a su hijo Manuel, y su gesto, más que sus palabras, me llenaron de preocupación. Hoy acabo de confirmar los peores augurios, y me rebela el hecho de no poder abrazar a Manu y a sus hermanas, todos ellos tan queridos para mí y para quien ocupa el primer lugar en mi vínculo familiar, que ellos tan bien conocen. Ya comprendo que los abrazos por escrito pueden llegar con debilidad, pero, en este caso la lejanía no es más que una circunstancia. La distancia no es el olvido.

Con el adiós de Remedín podría parecer que se ha desenganchado definitivamente esa cadena de dos sólidos eslabones que componían la hija del apoderado Andrés Gago –el de Arrusa, como decía ella—y la de uno de los baluartes de la dinastía de artistas más preclaros de Sevilla, capital; pero qué va. La imagen de Remedín y Manolo yendo de bracete por las calles del mundo es tan irrepetible que, para quienes conocimos a los protagonistas en las distancias cortas, tiene bien ganada la categoría de imborrable. Si no pecara de irreverente, me atrevería a decir que Remedín, antes de ese encuentro que la fe cristiana asegura con el Todopoderoso, le pedirá al barbudo apóstol que tiene las llaves de la Gloria que la reúna primero con su manolováquez.

Escribo estas cosas, en un día que --en el orden más comercial que eclesiástico--, el calendario ha querido señalar como el de los enamorados. También es casualidad.