Los Magos de Aguascalientes

América, la América taurina, es el horizonte al que miran los toreros de esta parte del globo terráqueo cuando cae la hoja de octubre del calendario. El otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, como reza el verso de Joaquín Sabina. ¡Ah, el invierno!, cuán duro es para las gentes del toro. Las canales, dicen en su particular jerigonza los viejos subalternos, solo se alivian con el salto al vacío sobre el océano y un puñadito de corridas.

Hasta América vuelan toreros del más diverso rango, desde los que por acá no huelen un pitón hasta las figuras. Aquéllos, se buscan la vida incluso en plena temporada española, por razones obvias, y estos, las figuras, cada vez espacian más sus apariciones por aquellas tierras, donde, por lo general, se les recibe con enorme generosidad y un palmario derroche de bonhomía hospitalaria… aunque los dineros cada vez ralean más en la bolsa del regreso.

Desplazarse a miles de kilómetros del terruño tiene –además del muy generalizado miedo a volar de los toreros—sus contras, especialmente las que tocan al corazoncito. Por ejemplo, estar en Cali el día de fin de año y salir escopetados de la Plaza para llegar a tiempo de que el canal internacional de TVE ofrezca las campanadas de la puerta del Sol de Madrid, es una aventura, una gincana para vivirla… y para entristecerse, sobre todo porque seis horas después, alguien golpea doce veces con un cacillo el perolo de la cocina del hotel y se hace el simulacro de tomar las doce uvas a la hora adecuada. No hay color. Es una algarabía forzada, fingida. Conozco algunos toreros, de oro y de plata, que la cogieron llorona, por aquello de los padres, los hermanos y, en muchos casos, de los niños. Aunque los toreros españoles se sientan los reyes del mambo, no es lo mismo.

De reyes, de niños y de toreros, precisamente, quería hablar, ahora que en España parece que hay un empeño desaforado por laminar viejas tradiciones, a tal extremo, que se ha pervertido y ensuciado uno de los pocos tesoros que nos van quedando a los humanos: la ilusión que incuba la inocencia. No haré apología de cuestiones ideológicas en una u otra dirección, simplemente dejo constancia del apenamiento que me produce el desencanto en el rostro de los niños. Renunciar a un cuento de hadas, a una leyenda blanca que ilumina la pupila de un espíritu virgen es una gamberrada sin escrúpulo que no puede tener atenuante. Dinamitar la cabalgata tradicional de sus principales aditamentos y destronar a los Reyes Magos de Oriente que tanta ilusión les hizo hace varias décadas a los que ahora los trasplantan por una performance ridícula o en un travestismo patético, encarnado –y tan encarnado– en unas Magas histriónicas, va mucho más allá de la frivolidad. Solo falta que, en las próximas ediciones, este circo progresista enarbole una pancarta que advierta: Los Reyes, son los Padres. Todo sea por la transparencia.

A lo que iba. Me llega una fotografía de los Reyes Magos que han salido a la calle en la ciudad mexicana de Aguascalientes, uno de los grandes centros taurinos del país. Son los toreros Arturo Macías, Joselito Adame y Juan Pablo Sánchez, hidrocálidos ellos, que han querido acercarse a una benemérita institución llamada Hogar Villa de la Asunción para llevar un cargamento de juguetes a niños con escasos recursos que se hallan allí acogidos. Lo normal en estas fechas. Lo normal en las gentes del toro, que nunca fueron dudosas de su esplendidez y generosidad con los menos favorecidos por la fortuna en la vida. Me encanta la imagen. Me encanta el misterio que guardan estos Magos de Aguascalientes, que tantas veces visten de luces, tras el improvisado disfraz. Tres toreros, con sus capas coloradas y sus monteras convertidas en coronas arropando a una tropa de chamaquitos que miran a sus majestades con candor, arrobados y agradecidos.

Habrá quien piense que estas cosas las escribe un meapilas, un retrógrado, un arqueólogo del pasado funesto, un intransigente con el nuevo rumbo de la sociedad. Nada más lejos de la realidad. Quienes me conocen, saben bien de mi respeto por creencias, postulados e ideologías. Pero, que quieren que les diga, la cosa de los niños, me puede. En el fondo, soy un sentimental.