Hermoso, don Pablo

A Pablo le han concedido, por fin, la Medalla. La de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

Pablo es, naturalmente, Hermoso de Mendoza, el punto de inflexión que pasará a los anales de la historia de la Tauromaquia como gran protagonista del capítulo que trata el difícil asunto de torear al toro en la Plaza desde una silla de montar. Primero fue Cañero, don Antonio, y después Hermoso, don Pablo. Que nadie se ofenda, porque entre medias cabe un fabuloso elenco de grandes jinetes que danzaron prodigiosamente con el rejón en la mano, galoparon con singular donosura y clavaron con gran precisión, exhibiendo un claro conocimiento de terrenos y distancias, permitiéndose, incluso, alardes inverosímiles, fruto de una doma que raya la perfección.

Hablo de España, porque en Portugal, como todo el mundo sabe, la cosa del rejoneo es primordial en el difícil ejercicio de burlar al toro. Allí, le llaman el arte de Marialva, en recuerdo de un hecho luctuoso acontecido a finales del siglo XVIII, en el que participaron como primeros actores un padre y un hijo, el primero de los cuales disfrutaba, a la sazón, del citado título nobiliario. En el vecino país, nadie discute este liderazgo ni oculta la dicha denominación, porque en la Historia no cabe la fábula, sino los hechos contrastados. Después llegaron los Nuncio, da Veiga, Lupi, Moura… y un interminable listado de ilustres nombres, todos ellos magistrales diestros en el citado arte; pero, aquí, en España, primero Cañero y después Pablo, dicho sea con el mayor de los respetos a apellidos tan emblemáticos como Peralta, Domecq, Vidrié… y algunos más de indiscutible valía, entre los que destaca por sobre los de la última hornada, quien lleva la Ventura por apellido.

Cañero, don Antonio, apareció en los ruedos españoles con su chaqueta de paño, su pañolón, sus espuelas, sus zahones y su sombreo cordobés, para sorprender a las muchedumbres de los años 20 del pasado siglo por su arriesgada forma de enfrentarse a los toros, a horcajadas en su silla vaquera. A los toros en puntas, que esa es otra, porque sorteaba con los matadores de a pie y utilizaba el mismo estoque para la suerte suprema de la muerte. Cañero, don Antonio, armó la tremolina, y llegó a ponerse a la cabeza del escalafón de matadores de toros en número de corridas toreadas. Podría decirse que la aparición en la escena taurina de este oficial de caballería cordobés, osado, tremendo y magistral en sus lecciones de equitación sobre las arenas de los ruedos, fue el pie de simiente más fecundo para popularizar esta nueva disciplina, a la que pronto se apuntaron toreros de a pie como el Algabeño, el mismísimo Belmonte y más tarde Carlos Arruza.

Digamos, pues, que ahí empezó todo, aunque pronto se convirtió en mero aditamento de la corrida –el número del caballito, según ingeniosa frase, si no yerro, del sarcástico Díaz Cañabate–, hasta que apareció a mediados de los años 80 un mozo de Estella llamado Pablo Hermoso de Mendoza que se empeñó en demostrar que también desde lo alto de un caballo se puede torear.

Tuve la fortuna de descubrirlo una tarde de toros en Valladolid. Iba a la cola de un largo cartel de caballeros en Plaza y me impresionó su actuación. Lo hemos recordado juntos en varias ocasiones. Al que suscribe, también le ganó para su causa éste rubiales, al que le bamboleaba el sombrero de ala ancha en su cabecita de ajo.

Su causa no era sino la demostración de que el Arte, con mayúsculas, no entiende de soportes. Ni el rejoneo tiene que ver con el toreo a caballo. Rejonear es eso: clavar un arma blanca de hoja de peral en las proximidades de la cumbrera del morrillo del toro con mayor o menor habilidad; torear, en cambio, es una conjunción de ritmos, el acto de atemperar la brusquedad de la embestida del toro con una serie de gráciles movimientos, capaces de embelesar al propio animal y, por supuesto, a quienes lo contemplan. En definitiva, entrar de lleno en el idílico paraíso del Arte.

De ello colijo, pues, que Pablo Hermoso de Mendoza es el primer jinete español –y mundial– que impuso el arte de torear de esta guisa, esto es, el primero en mostrar públicamente el Arte de Torear a Caballo.

Pero es que, además, esta modalidad artística se diferencia de la del toreo a pie en que entra en juego el dominio absoluto de un tercer elemento: el caballo. Y es que no solo hay que domar y dominar al caballo, sino enseñarle a torear. Difícil cuestión; primero, porque para torear hay que estar dotado de excepcionales cualidades, entre otras, la de atesorar valor suficiente para aguantar los embates agresivos del toro sin descomponer la figura. Ser torero, vamos.

Que yo sepa, ningún caballo ha nacido torero. Otra cosa es que pueda subyacer esta propiedad, escondida entre su maraña sicosomática. El problema es encontrarla, extraerla, potenciarla y disfrutarla. En esta cuestión Pablo es un maestro portentoso. Por la estrella de su cuadra, Cagancho, nadie dada un duro cuando comenzó a zurrarle la badana en el picadero… y se convirtió en el paradigma de los caballos toreros. Y así ha ocurrido con docenas de ellos, una tropa equina que hace las delicias de los públicos del mundo, incluso de aquellos que no tienen especial empatía con esta modalidad que ha logrado convertirse en corrida tipificada en la cartelería taurina.

Pablo Hermoso de Mendoza es el gran artífice del auge –de la eclosión—del arte de torear a caballo. Por tanto, no hay nadie más cualificado para disfrutar de este excepcional galardón que quien tiene bien acreditado el MÉRITO de incorporar el tradicional y clásico rejoneo al olimpo de las BELLAS ARTES. Todo ello así, con mayúsculas. Pablo Hermoso de Mendoza es un gran torero. Un gran artista. Y gracias a él, sus caballos –en mayor o menor medida–, también lo son.

En base a ello, permítanme que rescate unos modestos versos que dediqué en el programa Clarín, de Radio Nacional de España, al centauro artístico que forman en una plaza de toros caballo y caballero:

 

Con un toque de rodilla

con un giro de la hebilla

que se funde con la brida,

lacia y tensa, a la medida;

con esa sutil secuela

de la raya de la espuela,

quien te manda es el de “aúpa”;

y en una pirueta armónica

dibujas media verónica

con la seda de tu grupa.

Ser caballo, ya es ser bello;

ser torero, una pasión.

Fundir esto con aquello

es perfecta conjunción.

 Hay caballos que atesoran,

 de entrambas cosas, las dos.