¡Menuda papeleta!

Así, en líneas generales, sin matizar y a tenor de lo escaldado que uno se siente con el agua fría de la decepción, puedo decir –y digo– que no creo en las gentes que detentan el poder. Creo en las personas. Tengo grandes amigos –algunos grandísimos—directa o indirectamente implicados en los dos grandes partidos que han gobernado este país durante esta primera cuarentena democrática. Hubo, incluso, alguno que jugó de extremo por ambas bandas, sin que por ello dejara de ser más buena gente que la mar. Por tanto, no haré el más mínimo juicio de valor acerca de quienes aspiran a ejercer el poder con declaraciones programáticas –todos prometen, prometen, prometen…–, porque la mayoría no son sino meros trampantojos de la realidad. Cada cual –¡faltaría más!– que elija conforme a su idea del ordenamiento de la sociedad, valiéndose de ideologías, simpatías, antojos, experimentos o castigos, que de todo habrá. No soy, ni seré jamás, aficionado al proselitismo.

Sin embargo, me preocupa grandemente el futuro de uno de nuestros valores patrimoniales y un hecho cultural incontrovertible, reconocidos ambos por el actual poder legislativo, es decir, está recogido en la ley: la fiesta de los toros. En este sentido, tenemos a tiro de piedra unas Elecciones Generales de enorme importancia, diría que trascendentales. Estábamos acostumbrados al rifirrafe secular del toros, sí–toros, no que generalmente terminaba en nada, pero el cariz que últimamente está tomando la cuestión ha ascendido a la esfera política. Palabras mayores. Jamás estuvo esta Fiesta tan deteriorada, tan contestada, tan oprimida y sobre todo, tan atacada por los poderes públicos. No han hecho más que asomar la patita por debajo de la puerta de los pasados comicios autonómicos y locales, y ya se han producido los primeros exabruptos contra la Tauromaquia. Siempre vienen del mismo lado.

Este es un país maravilloso, a pesar de todo. No hay más que salir afuera para comprobarlo. Y su fiesta de los toros, también. En España, quiérase o no, el toro bravo es una de nuestras señas de identidad. Y el toro bravo existe porque existe la Fiesta que lleva su nombre. Sin embargo, el barriobajerismo con el que es tratado por algunas fuerzas políticas produce verdadero sonrojo. Nuestros jóvenes políticos especialmente, de este tema ni saben, ni huelen ni entienden, probablemente, porque hemos hecho una labor pedagógica lamentable. Y además, está de moda ir a la contra. Queda bien. Mola.

Basta leer los programas de los partidos políticos que se presentan a estas Elecciones para comprobar –por mucho que algunos traten de enmascararlo—las intenciones de alguno de ellos de acabar con la Tauromaquia en España. Y lo pueden conseguir, que nadie se equivoque, porque la cantinela del maltrato animal da para mucho, y es la bala cautiva que puede mandar a la Fiesta al desolladero en un santiamén. ¿Hacen falta nombres? Por supuesto que no.

Lo que no tiene vuelta de hoja es que del resultado que ofrezcan las urnas en la noche del próximo domingo depende en gran medida el futuro de la Tauromaquia. Ello sería, no lo duden, una catástrofe cultural –y económica—de incalculables dimensiones. No se trata de utilizar la estrategia del miedo, como algunos denuncian cuando les cantan cuatro verdades que deterioran sus pretensiones. Es la pura realidad.

El problema es hasta qué punto uno debe renunciar a sus convicciones por salvar a sus aficiones. Este es el busilis de la cuestión. Un cargo de conciencia. ¡Menuda papeleta! (Nunca mejor dicho).